Como el viento, la vida…

Yo no quiero ser roble,

quiero ser junco,

quiero ser la hierba

en la orilla del río

que nos lleva,

quiero engañar al viento

que quiebra las ramas secas

y arranca las hojas verdes,

que gime en los callejones

y golpea

los cristales con violencia.

Quiero engañarlo,

que piense,

que no merece la pena

desgastarse

con quien parece tan débil

como una brizna de hierba.

El recital

Fue un éxito. Todos los recitales lo son, pero este lo fue especialmente. Nos esperaban ilusionados, sus caras, su sonrisa abierta y sus gestos apresurados los delataban y nosotros nos sentimos especiales por ello. Recitamos nuestros poemas y cantamos nuestras canciones e, incluso, ellos también lo hicieron. Al terminar, como muestra de su agradecimiento, nos regalaron algunos trabajos hechos en sus talleres, unos marcadores de páginas troquelados y dos cuadros realizados con hilos, tan cuidadosamente pegados unos junto a otros como solo puede hacerlo alguien para quien el tiempo no cuenta o alguien para quien, precisamente, el tiempo cuenta solo cuando pasa.

Nosotros solo pudimos decir “gracias” muchas, muchas veces. Y prometimos volver. Y prometimos no olvidarnos.

La puerta esclusa se cerró cuando salimos, con un golpe seco y doloroso. Mientras recorríamos el patio miramos atrás, a la cuadrícula de ventanas de la fachada. Un hombre joven nos miraba salir, las manos aferradas a los barrotes, la cabeza apoyada en ellos. Quizás, aquella tarde, nuestros poemas y nuestra música le habían dado alas, pero él seguía allí, privado de libertad.

Rutinas

Cada tarde, antes de la hora del cierre del obrador, llegaba hasta la pequeña plaza y se sentaba en uno de los bancos de granito que bordeaban la fuente. Iba con tiempo, a sabiendas de que una cosa era la hora del cierre y otra, bien distinta, era cuando ella podía salir del trabajo.

A veces, observaba a los niños correteando alrededor, con el runrún del agua de fondo, otras, se fijaba en alguna madre joven que se sentaba a descansar -con cuidado de que las innumerables bolsas que colgaban de los brazos de la sillita de paseo no la volcaran- o aprovechaba el momento para darle un potito al bebé.

No le importaba esperar, incluso le había cogido el gusto. Llevaba años haciéndolo, tantos como los que llevaba ella trabajando allí. No consideraba una pérdida de tiempo esperarla; mientras lo hacía veía a los bebés y el afán protector de sus madres y pensaba en los niños que ellos no tenían aún y que, quizás, nunca tendrían, o se fijaba en los perros que se acercaban a olisquearlo o meaban en el césped y pensaba que sería agradable que, al llegar a casa los dos juntos, saliera a recibirlos un perrito ladrando y moviendo el rabo. Pero, sobre todo, pensaba en la sonrisa de ella al salir y verlo allí, solo por esa sonrisa merecía la pena esperar.

Yo tardé en darme cuenta, lo veía al pasar y llegó un momento en que asumí, después de tantas y tantas veces, que el hombre formaba parte de la plaza, como la fuente o los bancos o los árboles. Al cabo de meses así, un día acerté a pasar cuando ella salía, sonriente, del obrador y él se acercaba, radiante, a darle un beso en los labios. Después, algún día más los vi caminar de la mano, después del trabajo.

En mi propia rutina, los domingos y los festivos eran los días en los que él no estaba en la plaza, para volver el lunes a la rutina de ellos dos.

Sin embargo, un día entre semana de un mes de octubre, cuando la plaza ya estaba cubierta de hojas amarillentas que el viento arrastraba, no lo vi. No lo vi esperando en la plaza y en la trapa cerrada del obrador alguien había puesto un papel escrito a mano donde podía leerse “Cerrado por defunción”. Tampoco lo vi al día siguiente ni en la semana siguiente, por lo que deduje que, quizás, la muerta era ella. De esto hace casi dos años.

Al cabo de diez o quince días volví a verlo en la plaza, a la misma hora y en el mismo banco, y así, de lunes a viernes, hasta que un día acerté a pasar cuando el obrador cerraba; la mujer sonriente no salió hacia la plaza, entonces, él se levantó, esperó hasta que la trapa se cerró con ese estruendo que cerraba también su mundo y se marchó.

La rutina

La rutina me salvó de muchas cosas,

tantas veces,

de caer en la desesperación,

de dejarme apabullar por los problemas,

de darme tiempo para pensar

en lo que debía o no debía hacer,

de ordenar mi tiempo y decidir

qué era lo importante,

hasta que llegó un momento en que la rutina

jugó conmigo a estrangularme

y a coserme los párpados

para no mirar

más allá,

y, entonces,

me dejé llevar por la locura,

abrí las ventanas

y el siroco renovó el aire que respiro

y pude mirar más lejos,

y más cerca, mucho más cerca,

y decidí

quedarme donde estoy

ahora,

en este otoño ventoso y colorido,

próximo a las nieves del invierno,

pero que conserva aún,

como una reliquia,

los aromas de la primavera

del alma.

En la noche

Hace mucho tiempo ya que todos los gatos son pardos, aunque yo no soy consciente de ello.

De pronto, un aullido feroz me devuelve a la vida y ya solo existe para mí esa ambulancia que se aleja veloz hacia el hospital. Pienso entonces que esa sirena es un signo de vida, un signo de esperanza; ¿para qué si no, si el enfermo ya fuera un cadáver?

Y me alegro por él, o por ella, y también por mí, que, ahora, soy consciente de eso, de que estoy viva. Y cierro lo ojos otra vez, para soñar contigo.

Sobre mis hombros

Sobre mis hombros pesa

la eternidad del tiempo;

pesan todas las fatigas

y todos los dolores

de los que fueron antes,

hasta llegar a mí…

Como una losa de granito

sobre mi cuerpo inerme,

como la bota del soldado

que aplasta la flor

en la orilla del camino,

así siento estas horas sin ánimo,

sin fuerza para pelear,

sin vida…

hasta que una palabra amable

me despierta

y el lazo de un afecto

me permite respirar

el aire renovado de un día

como otros,

o no, distinto de los otros,

porque distinta es la luz

que me ayuda a caminar.

Nunca

Él nunca le dijo que la quería. Ella nunca se lo preguntó; tenía miedo de que le dijera que la quería mucho, y, en el amor, querer mucho es siempre querer menos de lo que hay que querer.

Ahora ya nada importaba, tan solo quedaba este desgarro que no le dejaba vivir: ¿y si ella nunca llegó a saberlo? ¿y si, en el momento de su muerte, no tuvo la certeza de cuánto la había querido? Y, apretando los puños, volvía a gritar en silencio: “Te quiero. Lo sabes ¿verdad? Te quiero.”

Paseos con Pepín. Individualidades

Los domingos, Pepín y yo paseamos un poco más tarde por la mañana. Salimos muy temprano cada día, cuando apenas la ciudad despierta, y solemos encontrarnos con caras conocidas, porque siempre somos los mismos los que andamos por ahí a esas horas.

Los domingos, no; los domingos salimos más tarde y nos encontramos con gente que ya no tiene cara de ir medio dormida ni de ir a trabajar.

Este último domingo, mientras Pepín olisqueaba los maceteros de petunias, los pies de las papeleras y las esquinas meadas, yo me dedicaba, como siempre, a observar. En principio, no me fijé en la mujer, sino que me llamó la atención el hombre que, a dos o tres metros de cruzarse con ella, la miró fijamente, pero no a la cara. La miré a ella, casi ya de espaldas a mí, y pensé que no tenía un cuerpo escultural ni llevaba ropa llamativa, pero, de refilón, pude apreciar el bamboleo que le provocaba no llevar sujetador.

El hombre caminó unos metros más y se volvió, esta vez, para mirarla por la espalda. Aún volvió la cabeza dos veces más, como para refrescar la imagen primera.

La mujer siguió su camino sin ver siquiera al hombre que la miraba y el hombre siguió el suyo sin verme a mí. Pepín me miró, esperando, y los dos volvimos a casa.

Un hombre corriente

Soy un hombre corriente

que camina

y se alimenta

y trabaja

como todos los demás;

que quiso

creer en Dios

pero no fue posible;

quizá Dios pensó

que no merecía la pena

llegar al fondo de

un hombre tan corriente…

Soy un hombre corriente

que quiso vivir

enamorado

para sentirse inmortal,

y quiso mucho, y,

probablemente,

a él también lo amaron,

pero camina solo,

al lado o delante o detrás

de su sombra…

La sombra de un hombre corriente.       

De las memorias de Ismael Blanco

Los tiempos

Hubo un tiempo, Isabel, al poco de marcharte, en que el dolor era tan intenso que, por momentos, sentía que no podría resistirlo. La angustia lo ocupaba todo. Quizás éramos demasiado jóvenes entonces, demasiado jóvenes para enamorarnos, o, quizás, demasiado jóvenes para soportar tanto dolor…

Las rutinas me permitieron sobrevivir, caminaba por la calle como un autómata, pasaba los semáforos cuando la gente se movía, sin comprobar que, efectivamente, estuvieran en verde, comía lo primero que pillaba, a la hora que tocaba y porque alguna regla interior me forzaba a ello. Creo que el instinto de supervivencia me dictaba lo que debía hacer, sin preguntarme. Si hubiera tenido que tomar decisiones en aquellos momentos, no habría podido hacerlo; sencillamente, estaba bloqueado…

Tardé un tiempo en poder reaccionar, en tomar perspectiva. Y, cuando lo hice, me di cuenta de que solo tenía, teníamos, pasado. En el tiempo pasado ya, habíamos sido muy felices pero el presente fugaz, había destruido nuestro futuro. Y eso era lo más doloroso, Isabel, perder el futuro común que habíamos imaginado.

Porque el pasado feliz no nos servía aún de consuelo, y el futuro solo era una nube negra que todo lo envolvía, un pozo tenebroso desde el que me llamaban las voces de las sirenas…

De las memorias de Ismael Blanco