De botica

Abrió el cajón de arriba en el mueble de la cocina y sacó dos blísters plateados. Apretó sobre cada uno de ellos y sobre la encimera de granito cayeron dos cápsulas desiguales y pulidas, de colores llamativos. Llenó un vaso con agua del grifo y bebió hasta la mitad para tragarlas. Luego, volvió al cajón de la cocina, todavía abierto, y rebuscó hasta el fondo. Sacó un frasco de plástico blanco, abrió la tapa blanca y dejó sobre la palma de su mano derecha un comprimido blanco también. Lo lanzó al fondo de la boca y bebió el medio vaso de agua que quedaba. “Todo controlado”, pensó “Todas mis enfermedades a raya”.

Entonces volvió al dormitorio y cogió el teléfono móvil; encendió la pantalla y buscó la función de teclado. Marcó un único número durante unos instantes y se lo acercó a la oreja. Unos segundos después dijo en voz alta: “Buenos días. Tú eres mi píldora para el alma”. Y sonrió.

Limosna

Dijo “Buenos días” sin esperar respuesta. Como cada día, en la entrada del supermercado; apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, la misma cazadora y la misma gorra. Decía “buenos días” porque los clientes no reparaban ya en el bulto junto a la puerta y aquel saludo amable y poco comprometido le hacía visible de nuevo.

Me acostumbré a verle allí, y a comprarle alguna cosa para comer a la vez que compraba para mí. Tardé meses en preguntarle si tenía niños para comprarles dulces o chocolate, pero no me atreví a preguntarle si también le gustaban a él, como si no tuviera derecho a comer más que lo imprescindible. Ni me atreví a preguntarle si comía cerdo o se lo prohibía su religión y me limité  a evitar comprar nada que pudiera comprometerlo. Tampoco me atreví nunca a preguntarle cómo se llamaba, porque no me sentía con derecho a invadir su intimidad, y porque tenía miedo de que aquel chico se hiciera demasiado concreto para mí, y me remordiera demasiado la conciencia por dejar que las cosas pasaran de aquella manera. Porque ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos cuando, a la salida, le tendía lo que hubiera comprado para él, tanta era la vergüenza que yo sentía.

Llueve

Jarreaba agua detrás de los cristales. Miró abajo,  a la calle desierta y ahogada; sólo una chica corría protegiendo inútilmente su cabeza bajo un portafolios. Por la esquina atravesó la calle una figura desdibujada por la cortina de agua, chapoteando a cada paso, sin prisa ya, vencida por el aguacero. Y nadie más. La ciudad de cemento y ladrillos se dejaba lavar violentamente y la suciedad anegaba las alcantarillas.

Bajó sin paraguas y sin el gorro para el agua que colgaba en el perchero. Bajó deprisa, antes de que descampara, poniéndose la gabardina por las escaleras. Llegó a la plaza y se colocó en medio, los brazos abiertos y la cara hacia arriba. La lluvia le golpeó el rostro con fuerza y cerró los ojos. Sintió que el chorreo le arrancaba la corteza oscura que la estaba asfixiando y pudo por fin respirar. Al momento empezó a caer ya una lluvia fina, abrió los ojos y se retiró el cabello pegado a la cara.

Empezó a salir el sol.

Conformidad

Se conformó.

Se conformó con lágrimas cuando supo ver que aquello tenía fecha de caducidad.

Se conformó con angustia cuando recorrió el camino hasta el final previsible.

Se conformó con sosiego cuando tiempo después le vio salir de casa, volviéndose a cada momento para no irse del todo.

Y se conformó, sobre todo, porque siempre le quedaría el mes de abril. Y saberse una fugaz sonrisa en la vida de él.

Y ser una sonrisa, aun siendo fugaz, en la vida de aquel hombre, siempre sería algo extraordinario.

 

25 de marzo

El niño nació mañana. El 25 de marzo de 1954. Le pusieron el nombre de sus dos abuelos maternos, el del abuelo asesinado en una cuneta y el de la abuela muerta cuando mi madre era una niña aún. Como si el niño fuera el eco de los dos muertos. En realidad, apenas tuvo nombre y apenas tuvo vida, porque cuando tenía algo más de tres meses, el médico del pueblo, que era un gran médico, no supo ver que la angustia de una madre primeriza era algo más que eso, y, cuando quiso darse cuenta, se lo había dejado morir de una otitis complicada.

La ausencia del niño ha vivido con nosotros durante todos estos años. La ausencia del niño, del hijo, del hermano, ha sido la mano que manejó los hilos de nuestra existencia, sin darnos cuenta.

La niña que le siguió fue presa del temor obsesivo de mi madre, que la convirtió en un bebé malcriado y excesivamente dependiente, y mi hermana necesitó muchos años, demasiados, para cortar ese cordón umbilical y ser ella misma. Y  mi hermano, el más pequeño de mis hermanos, nació con el nombre del otro que apenas llegó a vivir, para restañar las heridas de mis padres y cumplir sus esperanzas. Que todo era machismo entonces.

En cuanto a mí, yo he vivido mi vida sabiéndome en deuda con el niño muerto. Cuando yo tenía tres meses, mi madre desoyó los consejos del gran médico, y otro médico que no podían pagar me drenó los oídos para que no muriera como él. Recuerdo, de niña, escuchar cómo mi madre me lo contaba, y cómo enterraron a mi hermano el día de la Virgen del Carmen. Y yo me sentía responsable de esa muerte que ni dios ni la virgen quisieron evitar. Y recuerdo, cuando niña, visitar el cementerio el día de los santos y pedirle a mis padres que me llevaran ante la tumba del niño, y quedarme muy quieta delante de un montoncito de tierra sin marca alguna, sin ninguna identificación más que el sentimiento de gratitud que brotaba de mi corazón por aquel héroe muerto. Y recuerdo haber crecido con aquella ausencia que había intercambiado mi vida por la suya, haber crecido sin el manto protector de un hermano mayor al que siempre eché de menos.

Y le echo de menos aún, como si fuera un poso que siempre queda en el fondo. Y le recuerdo especialmente cada 25 de marzo y cada 16 de julio, desde que tengo memoria. Incluso ahora, cuando el 25 de marzo ya no es nada en la memoria de mi madre.

Tú también puedes

Se levantó de la cama como si hubiera saltado al vacío, sin referencias del mundo real. Asentó los pies en la alfombra y apoyó las manos en el borde del colchón, esperando el momento de poder sentir, de poder recordar, de poder mirar con aquellos ojos que le ardían por el sueño. Poco a poco, las sombras fueron dibujando formas a su alrededor. Encendió la radio de la mesilla de noche y esperó de nuevo sin moverse. El gato se subió a la cama y rozó con su cabeza, una, dos y hasta tres veces, el antebrazo inmóvil. Luego se sentó a su lado, sobre el edredón, y los dos se miraron. La voz de la radio arengaba sobre la tragedia de los refugiados que llegaban a Grecia, y de los que morían ahogados antes de llegar. Pensó que si esa voz callaba la tragedia seguiría existiendo pero no removería conciencias. Conciencias. Eso era lo último que despertaba cada día. Si despertaba.

La ducha fue el último revulsivo que necesitaba. Dio de comer al gato y él también desayunó. La radio seguía sonando pero él  no la escuchaba. Pensaba en lo fácil que sería seguir sin levantar la cabeza, dejarse llevar. Decidió rebelarse. Decidió que tenía que vivir mirando de frente y a los lados, y leyendo entre líneas, y escuchando en estéreo. Decidió medir fuerzas ante la dificultad y continuar paso a paso, peldaño a peldaño hacia su propia conciencia.

 

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Conversaciones

Hablaban de cocina. De las recetas nuevas que cada uno se aventuraba a probar o de las recetas antiguas heredadas de madre. A veces comentaban anécdotas del día a día, y, muchas otras, relataban como una aventura la espera en la caja del supermercado o el saludo de la vecina del quinto, que apenas habla con nadie. Todo, con tal de llamarse por teléfono todos los días. Cualquier conversación para poder decir después: “Te llamo mañana, ¿vale? Te llamo mañana y te cuento”.

Y ella se queda mirando el teléfono apagado como si él siguiera allí, con esa tibieza que le queda en el pecho cada día después de hablar con él, cuando deja anidar allí el deseo de que llegue mañana y el temor de que él reconozca cuánto amor esconde ella tras aquellas nimiedades. El temor de que no vuelva a llamar ni a responder a sus llamadas.

Y él sopesa el teléfono apagado en la mano, dudando de si mañana será capaz de decirle al fin cuánto la necesita a su lado, no vaya a ser que ella se asuste y no vuelva a llamarle. O no vuelva a responder a sus llamadas.

Asimetrías

No recuerdo cómo empezó todo, pero tengo la íntima convicción de que fui yo el primero. Desde el principio me di cuenta de que ella estaba allí, resuelta y ajena a todo y a todos, y, esa indiferencia fue la que me tentó, la que provocó que me acercara. Yo ya lo sabía, sabía de mi condición de polilla que, irremediablemente, vuela hacia la luz. Y me dejé llevar. Aún a riesgo de quemarme.

Pero en el mundo real las cosas suceden de otra manera. La gente muere en accidentes de tráfico, por un infarto o tras una larga enfermedad. Incluso algunos se suicidan porque nada hay en este mundo que les resulte más atractivo que la muerte. Pero nadie muere de amor. Ni siquiera las polillas.

Esa debe ser la razón por la que yo sigo vivo. La he amado desde siempre, tanto como he sabido hacerlo. Nunca le he pedido nada, sólo que no se alejara de mí. Y no lo ha hecho. He vivido con ella durante años. Ya es una parte de mí; hasta el punto de que ya no me reconozco sin ella. Sin las cicatrices que me ha dejado este amor asimétrico y cruel.

 

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El parque

Volvimos a recordar cuando una vez volvimos a encontrarnos. De pronto llamaron a la puerta todos los recuerdos que habíamos guardado bajo llave. Brotaron como un manantial, sin pedir permiso. Todo cobró sentido entonces, el aroma de su cuerpo en un abrazo, el tono de su voz, la caída leve de sus párpados al mirarme, el bizqueo de su pie izquierdo cuando caminaba a mi lado… y, mucho antes aún, las tardes de merienda cuando éramos críos, el camino hacia la escuela, la espera en los columpios…

He vuelto muchos días por el parque.  Me miran porque siempre voy sin niños. Me quedo cerca de los columpios; saco de mi bolso un pequeño envoltorio con pan y chocolate y espero mientras meriendo. Después espero un poco más, por si acaso llega tarde. Por si llega tarde.

 

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A oscuras

No necesitó mirar el reloj para saber que ya era hora de dejarlo. Eran muchos días trabajando con el mismo ritmo, o con la misma falta de ritmo, como para no saber cuándo era el momento de acabar.

Cerró la puerta y el sonido de la llave dentro de la cerradura volvió a parecerle violento e íntimo. Caminó por la acera esquivando a la gente, las manos en los bolsillos y la cabeza un poco baja. No tuvo que saludar a nadie, y nadie le saludó a él. Al llegar a casa encendió la lámpara del recibidor, dejó el abrigo en el perchero y bajó la persiana del salón. Una por una, bajó todas las persianas menos la de la cocina. Desde allí, a oscuras para que no lo vieran a él, podía ver la sala de ensayo de la Escuela de Danza. Cuatro veces por semana, se acodaba en el alféizar de la ventana y observaba detenidamente a los estudiantes; les veía rodar por el suelo  en lo que intentaba ser un gesto elegante, o dar saltitos  como aves zancudas en la diagonal de la sala. Los miraba pacientemente porque en el ángulo libre estaba ella, observando y corrigiendo. Los miraba esperando el momento en el que ella avanzara hasta el centro, con su cuerpo menudo y recto, los brazos arqueados y  sus pasitos cortos. Los demás se apartaban un poco para dejarle espacio, como en un corro infantil, y entonces ella juntaba los talones y se estiraba un poco más, separaba un poquito sus brazos de paréntesis y se elevaba sobre sus zapatillas de ballet, en un gesto de equilibrio que parecería imposible si no fuera ella. Y él la veía girar sobre la punta de sus pies, como si fuera etérea. Y en ese momento, cuatro noches a la semana, él era el hombre más feliz del mundo.