Tú también puedes

Se levantó de la cama como si hubiera saltado al vacío, sin referencias del mundo real. Asentó los pies en la alfombra y apoyó las manos en el borde del colchón, esperando el momento de poder sentir, de poder recordar, de poder mirar con aquellos ojos que le ardían por el sueño. Poco a poco, las sombras fueron dibujando formas a su alrededor. Encendió la radio de la mesilla de noche y esperó de nuevo sin moverse. El gato se subió a la cama y rozó con su cabeza, una, dos y hasta tres veces, el antebrazo inmóvil. Luego se sentó a su lado, sobre el edredón, y los dos se miraron. La voz de la radio arengaba sobre la tragedia de los refugiados que llegaban a Grecia, y de los que morían ahogados antes de llegar. Pensó que si esa voz callaba la tragedia seguiría existiendo pero no removería conciencias. Conciencias. Eso era lo último que despertaba cada día. Si despertaba.

La ducha fue el último revulsivo que necesitaba. Dio de comer al gato y él también desayunó. La radio seguía sonando pero él  no la escuchaba. Pensaba en lo fácil que sería seguir sin levantar la cabeza, dejarse llevar. Decidió rebelarse. Decidió que tenía que vivir mirando de frente y a los lados, y leyendo entre líneas, y escuchando en estéreo. Decidió medir fuerzas ante la dificultad y continuar paso a paso, peldaño a peldaño hacia su propia conciencia.

 

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Al despertar

Boby debe estar malo. Ha entrado a despertarme y, en vez de plantar las patas sobre la cama, le he sentido olisqueando sobre la alfombra mientras yo me hacía el dormido; he abierto un poquito los ojos para sorprenderle con un susto y no me ha dado tiempo porque ha salido corriendo de la habitación con el rabo entre las piernas. El mosqueo ha sido mayúsculo; y el susto que me he llevado yo al bajar de la cama, más grande aún. Cuando he ido a meter los pies en las zapatillas he visto mis piernas, y hasta mis pies, cubiertos de pelo negro, pero no como las piernas de papá, no; mi pelo es tan espeso como el de Boby pero mucho más fino. Me he quedado de piedra, he tardado en darme cuenta de que, durante la noche,  me ha crecido pelo por todas partes, por las piernas, por el cuerpo, por los brazos y las manos, y, supongo, ¡qué horror!, que también por la cara. Quiero llamar a mamá, pero no me salen las palabras, lo intento de nuevo y escucho un maullido ahogado. Me doy cuenta de que tengo pelo de gato, maúllo, asusto a los perros  y, ahora que me miro las manos, también tengo uñas de gato. Debo ser un gato.

Ser un gato está muy bien cuando vives en una casa con un sofá enorme frente a la chimenea, o cuando tienes un parque al  lado, con árboles a los que subirse y con pájaros asustadizos a los que cazar, mientras que yo voy al colegio todos los días, tengo que hacer tareas en casa que la seño me corrige rezongando y, encima, mi hermano Ernesto me da patadas bajo la mesa para provocarme y que así papá me riña a mí y no a él.  La tita Luisa mima a su gata Pati  como si fuera un niño, le compra juguetes y comida especial y se junta con gente y  hablan de gatos como hacen las mamás en la puerta del colegio, cuando hablan de nosotros. Aunque también la lleva al veterinario… pero, bueno, mamá también me lleva a mí al médico y tampoco me gusta que me miren la garganta con el palo. A lo mejor, esto de ser un gato no está tan mal. Aunque a Boby no le guste.