Apariencias

La mujer habló con la madre y, cuando terminó, se dirigió a la hija, una muchachita de unos 8 o 9 años, que había permanecido a su lado, discretamente callada y observando.

-¿Cómo te llamas? Dijo la mujer, y esperó la respuesta.

La niña, levantando apenas los ojos, dijo: Noa.

-¡Qué bonito! Contestó la mujer, entusiasmada. Y lo repitió de nuevo, para que no hubiera lugar a dudas.

La niña, quizás no, pero las dos mujeres sabían que, de haberse llamado Robustiana, la respuesta habría sido la misma. Y el entusiasmo, también.

Conversaciones

Hablaban de cocina. De las recetas nuevas que cada uno se aventuraba a probar o de las recetas antiguas heredadas de madre. A veces comentaban anécdotas del día a día, y, muchas otras, relataban como una aventura la espera en la caja del supermercado o el saludo de la vecina del quinto, que apenas habla con nadie. Todo, con tal de llamarse por teléfono todos los días. Cualquier conversación para poder decir después: “Te llamo mañana, ¿vale? Te llamo mañana y te cuento”.

Y ella se queda mirando el teléfono apagado como si él siguiera allí, con esa tibieza que le queda en el pecho cada día después de hablar con él, cuando deja anidar allí el deseo de que llegue mañana y el temor de que él reconozca cuánto amor esconde ella tras aquellas nimiedades. El temor de que no vuelva a llamar ni a responder a sus llamadas.

Y él sopesa el teléfono apagado en la mano, dudando de si mañana será capaz de decirle al fin cuánto la necesita a su lado, no vaya a ser que ella se asuste y no vuelva a llamarle. O no vuelva a responder a sus llamadas.