Tú también puedes

Se levantó de la cama como si hubiera saltado al vacío, sin referencias del mundo real. Asentó los pies en la alfombra y apoyó las manos en el borde del colchón, esperando el momento de poder sentir, de poder recordar, de poder mirar con aquellos ojos que le ardían por el sueño. Poco a poco, las sombras fueron dibujando formas a su alrededor. Encendió la radio de la mesilla de noche y esperó de nuevo sin moverse. El gato se subió a la cama y rozó con su cabeza, una, dos y hasta tres veces, el antebrazo inmóvil. Luego se sentó a su lado, sobre el edredón, y los dos se miraron. La voz de la radio arengaba sobre la tragedia de los refugiados que llegaban a Grecia, y de los que morían ahogados antes de llegar. Pensó que si esa voz callaba la tragedia seguiría existiendo pero no removería conciencias. Conciencias. Eso era lo último que despertaba cada día. Si despertaba.

La ducha fue el último revulsivo que necesitaba. Dio de comer al gato y él también desayunó. La radio seguía sonando pero él  no la escuchaba. Pensaba en lo fácil que sería seguir sin levantar la cabeza, dejarse llevar. Decidió rebelarse. Decidió que tenía que vivir mirando de frente y a los lados, y leyendo entre líneas, y escuchando en estéreo. Decidió medir fuerzas ante la dificultad y continuar paso a paso, peldaño a peldaño hacia su propia conciencia.

 

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Problema de conciencia

Su conciencia no podía soportarlo; a pesar de la disciplina de partido, a pesar del compromiso personal con su íntimo amigo, el Presidente, no podía sentirse responsable de tanto atropello,  de tanta miseria, de tanto dolor,  y rechazó la cartera que le ofrecía. Y le pidió a su amigo que, por decoro, él también se marchara.