Diario de Pepín. Día 1

Hoy mami me ha llevado al veterinario. La última vez fui con mis hermanas, pero hoy no. Estaban esperándonos allí la mujer del pelo blanco y el chico barbudo que vinieron a verme a casa de mami hace un par de semanas. Hoy el chico llevaba otra gorra, pero era él.

La mujer me ha cogido en brazos y los dos me han hecho muchos cariños, como a mí me gusta. Y me han sacado fotos. Mami también me ha sacado una foto para “el momento feliz”. Eso significa que ya tengo una familia para siempre. Lo sé por mis hermanos, que, en este último mes, se han ido de uno en uno, muy contentos, con humanos que venían a vernos. Y mami les hacía una foto para “el momento feliz”. Cuando había visitas yo corría más que ninguno y luego me despanzurraba al sol porque los humanos se entusiasmaban conmigo, pero no me llevaban con ellos. Yo creo que mis patitas cortas no les gustaban demasiado.

La veterinaria me ha tocado por todas partes, como siempre, y me ha clavado algo en el cuello. Apenas me ha dolido pero he chillado un poco para que mami y mi nueva mamá y el chico de la gorra me llenaran de cariños otra vez. Después mami se ha despedido de mí con un montón de besitos y nosotros tres hemos hecho un viaje. Yo creo que, por lo menos, hemos tardado un rato de esos largos, largos. A mí no me gustan demasiado los viajes, porque se me revuelve el estómago y se me llena la boca de saliva, pero tragué y tragué y ya está.

Hoy ha sido un día muy emocionante. En mi nueva casa vivimos mamá, una gata y yo. El chico de la gorra no vive con nosotros. A mí no me importa la gata, al fin y al cabo, yo acabo de llegar, me ha olido un poco y yo he pasado de ella porque no quiero problemas. Mamá me ha puesto una mantita al lado del sofá y la gata, cuando pasa a mi lado, se separa un poco y me mira con desconfianza. He visto cómo una vez se le ha puesto el rabo gordísimo, lleno de pelos de punta, pero yo he hecho como si nada porque no es culpa mía.

Por la tarde mamá me ha llevado a otra casa que no tiene sofás, ella dijo que era la oficina, pero no sé todavía qué significa eso, voy aprendiendo poco a poco. Ella se sienta delante de una mesa y toquetea todo el tiempo unos botones mientras mira una ventanita que se ilumina. Yo me he acostado al lado de su sillón y me he puesto a dormir, tranquilito, toda la tarde. A su lado. Después, cuando casi era de noche, nos hemos ido juntos al parque. Había muchos perros, todos grandes. Todos los perros me huelen, yo aguanto con el rabo entre las piernas pero tiemblo un poco y luego ya se van, y todos los humanos que me ven dicen que soy muy pequeñito y sonríen. Y algunos se acercan para acariciarme la cabeza. Me da vergüenza decir que, cuando vino el primer perro grandote a olerme tuve mucho miedo, mamá se dio cuenta y me cogió y yo le meé la falda. Pero ella no se enfadó y seguimos un rato todavía correteando por el parque.

Yo creo que no ha ido mal el primer día de mi nueva vida. Mamá y el chico de la gorra me quieren, se lo noto. Y la gata… bueno, ya me querrá poco a poco. Yo voy a portarme bien. Prometo no llorar y hacer lo posible para no mearme en casa pero aún soy pequeño y me cuesta mucho…

Librería de viejo

El libro era un ejemplar muy viejo de una edición ya antigua. Tenía las hojas gruesas y ásperas, de márgenes escasos, y la letra demasiado pequeña para animar a leer.

Lo abrí porque los libros viejos despiertan en mí un interés especial, no tanto sobre ellos mismos como sobre sus dueños. A veces aparece un exlibris en las páginas preliminares, a veces una fecha o una firma y yo trato de imaginar su recorrido hasta allí, por qué dejó de interesar, si no gustó o si no gustó lo suficiente como para conservarlo.

No recuerdo el título de aquel, pero el autor se lo había dedicado a una tal Pilar con un cariño que, a buen seguro, no fue correspondido, y con el deseo, sin duda insatisfecho, de que le gustara. “A Pilar con cariño. Espero que te guste”.

Pensé, con alivio, que el escritor nunca habría llegado a enterarse de su fracaso.

Bolsas

La chica del supermercado encargada de la frutería está muy atareada. Arrastra cajas y ordena cuidadosa y velozmente el género, y, a cada momento, se acerca a pesar las bolsas medio llenas que los clientes le ofrecen. Una mujer cincuentona y bastante arreglada para ser un sábado por la mañana le pide una bolsa para naranjas, y, entre peso y peso, ella le da una bolsa de plástico grande y con asas. Las naranjas abultan mucho.

Al cabo de unos quince minutos me acerco a las cajas automáticas para pagar. Siempre están muy concurridas y hay que hacer cola, pero son más rápidas que las cajas donde hay cajeras porque la gente llega menos cargada. Mientras espero, veo a la mujer, que ya está frente a una de las cajas. Da al botón de usar sus propias bolsas y saca del bolsillo una arrugada bolsa de plástico para naranjas. Mete en ella las cosas que ha comprado y se marcha. Seguramente piensa que ella es la más lista. Yo pienso que es la más miserable.

Tú, que todo lo ocupas

El hombre era viejo y llevaba un bastón. También llevaba una mochila, como la gente joven, pero no por eso parecía menos viejo. La mujer, de una edad parecida, llevaba un bolso de mano grande y plano, de esos que permiten llevar de todo cuando, quien no utiliza bolso cada día, necesita viajar sin equipaje. Él era menudo y  llevaba un tres cuartos ligero y oscuro, ella era grande y gruesa y no llevaba abrigo; se tapaba la tripa voluminosa y el pecho caído con una rebeca abrochada hasta el cuello.

La mujer se sentó junto a la ventanilla y se dispuso a mirar el paisaje. El hombre, en cambio, en el asiento del pasillo, comenzó a desgranar pensamientos. Alguna vez le preguntaba algo a la mujer, pero casi todo el tiempo fue diciendo en voz alta lo que se le pasaba por la cabeza. Eso sí, cada dos frases al menos, decía el nombre de la mujer como para llamar su atención, pero sin esperar respuesta. Empezaba la frase, decía su nombre, y continuaba hasta finalizar. En realidad, no la llamaba, decía el nombre al aire como si fuera un tic o como si necesitara apuntalar su compañía. La mujer raramente lo miraba y contestaba, si era imprescindible, mirando el paisaje. A requerimientos de él, dos o tres veces, buscaron papeles en el bolso y, también al encontrarlos, estaba claro que los papeles le interesaban al hombre y la mujer solo los llevaba encima.

Al cabo de media hora de viaje el viejo ya había reflexionado sobre su salud, sobre sus visitas al médico de la capital, sobre la vida en los bares, sobre la actitud de un vecino que, al parecer, se había reconducido en el buen camino vecinal y sobre la cantidad de leña que antes había en aquellos cerros comparado con ahora. Al cabo de unos minutos volvió a llamar por su nombre a la mujer y le tocó en el hombro para que lo atendiera. La mujer lo miró con el mismo desinterés que hasta entonces. Y él le dijo: María, hay que decirle (no dijo “tienes que decirle”, dijo “hay que decirle” como si fuera cosa de ambos o de otros que no eran ella) a la mujer que te corta el pelo que tiene que darte una red para la cabeza. Y como la mujer no dijo nada ni asintió con gesto alguno, el hombre le tocó con impaciencia la parte de atrás del pelo, la que se le despeinaba al dormir. La mujer, resignada, volvió a mirar el paisaje.

Amapolas

Me impresionó la torre de cristal y acero. Siempre lo hacía. En el centro de la plaza del centro de la ciudad, tan alta sobre el asfalto y sobre mí, me hizo imaginar a los liliputienses frente a Gulliver.

Fue entonces cuando vi la vieja pared de ladrillo, tan modesta que nunca me había llamado la atención, a pesar de llevar allí más años que la torre inmensa.   Y vi las amapolas, tan desubicadas, aprovechando la poca tierra que el viento había arrastrado hasta el resguardo de los ladrillos. Pensé en lo delicadas que eran esas flores, con pétalos rojos que se arrugan y se enturbian con solo tocarlos, y pensé también en que las amapolas nunca beben del agua de los jarrones y nunca adornan cuidados jardines.

Las amapolas son flores salvajes y libres. Y su sola presencia entre el asfalto y las aceras era la prueba de que aún hay esperanza.

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Lluvia

Afuera sigue lloviendo y también aquí dentro el aire se ha vuelto más limpio.

No tengo ventanas a mi alcance pero escucho cómo pasan los coches exprimiendo a su paso el agua sobre el asfalto y ese sonido inconfundible me acerca a la imagen del agua sobre los paraguas, sobre la gente que corre a refugiarse, sobre los árboles que forman goterones y cimbrean las ramas delgadas bajo su peso. Veo llover con solo escuchar el eco tardío de la lluvia, cuando ya ni siquiera es lluvia.

En el libro de ayer llovía sin ruido. El hombre sin nombre de la novela vive de prestado en una casa en la montaña y ve llover a través de sus ventanas. La lluvia de ese otoño japonés es fina, suave, y cae sin ruido, sin hacerse notar demasiado si no fuera por el frío que la acompaña. Murakami no explica en sus libros los hechos que decoran la trama principal. Tan solo los cuenta como una rutina, sin insistir mucho en ello, sin distraer la atención de lo que importa, pero, aun así, yo vi su lluvia fina y fría, silenciosa y benefactora. Y ahora esa lluvia me llama, me pide que salga a la calle esquivando los charcos y los coches y vaya a acurrucarme al sofá, a respirar el olor limpio del bosque oscuro y a observar cómo un hombre que se busca a sí mismo mira llover a través de los cristales.

Volver

Me di cuenta cuando volví a la ciudad, después de tantos años. Era la misma que habíamos recorrido juntos, los mismos bares, los mismos rincones… pero no era la misma. Ahora la veía plana, distante; su manto protector había desaparecido. La luz que fue mi inspiración en otro tiempo se había tornado mortecina y cualquier lugar al que mirara era uno más.

Me di cuenta de que, en realidad, las cosas seguían igual, inanimadas. Los mismos edificios, algunos bares nuevos, tiendas cerradas con escaparates sucios y pintarrajeados, los niños en los parques y los viejos en los bancos, buscando el sol. Y me di cuenta de que era yo el que había cambiado. Ya no vivía para las mismas cosas que entonces. Ya no miraba a mi alrededor como si necesitara embeberme de la vida de los otros, ya había vivido lo suficiente como para haber aprendido a vivir solo.

No me malinterpretes, nadie me sobra, pero a nadie necesito. Ya no voy corriendo detrás de los afectos, quizás porque con el tiempo aprendí a quererme un poquito más. Sí, añoraba la ciudad de aquellos tiempos hasta que me di cuenta de que añoraba lo que entonces viví. Y en ese mismo instante, pude verla de nuevo en toda su belleza. Era mi corazón, baqueteado de retiradas y de dejar marchar, el que latía; eran mis ojos llenos de vida los que hacían magníficas aquellas piedras doradas por el sol.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Tráiler

Probablemente, en el español exista una palabra -o varias- para cada cosa o para cada acción. Me ha venido esto a la mente, al analizar el significado de la palabra «tráiler», porque eso era lo que antes, cuando era niña y acudía al cine de mi pueblo, y ahora, cuando ya solo peino canas y voy con muy poca frecuencia al cine, me llenaba de curiosidad y me impelía a querer ver la película entera. Ya entonces se utilizaba este anglicismo para referirse al avance que te ponían de otras películas.

Pues eso hago yo. Voy poniendo en Facebook pequeños avances de los relatos de mi libro «El corazón y la palabra», esperando que así les pique la curiosidad a los posibles lectores. Se inicia una escena y queda en el aire el desenlace o te preguntas cómo hemos llegado hasta allí.

Veamos: «Hace frío y el aliento dibuja volutas que se desvanecen poco a poco a esta hora de la mañana. Ella es pequeña, menuda, y pliega y despliega un mapa de la ciudad mientras lo mira a él, mucho más alto y tan joven como ella, y le niega algo con la voz y con el gesto…»

Ahora solo queda esperar a que alguien, muchos «alguien», se pregunte cómo sigue…

Fomentar la lectura

Desde siempre, en Navidad y en Reyes, el regalo imprescindible para mí, han sido los libros. Me recuerdo de pequeña pegarme verdaderas panzadas a leer para aprovechar el final de las vacaciones.

Por eso, pensando en el placer de la lectura, he iniciado una campaña, que durará cinco días, para que mi libro «El corazón y la palabra» tenga un precio especial, tanto en papel como en ebook. 

Ahora el precio en ebook será de 1 euro, y en tapa blanda, de 5 euros.

Gracias por leer.

El pueblo

No fui feliz allí, pero no me di cuenta hasta mucho tiempo después. En realidad fue la pregunta de Pablo la que me hizo despertar. Me preguntó si, ahora que ya no trabajaba, iba a volverme al pueblo. Y le dije que no.

Me sorprendió la pregunta, me pareció fuera de lugar, una ocurrencia desafortunada. Pero el único que estaba fuera de lugar era yo. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza algo así, y, ahora que la pregunta de Pablo me obligaba a recapacitar, me daba cuenta de que nunca había pensado en volver, de que nunca había querido volver allí.

Cuando era niño me sentía fuera de lugar. Probablemente me habría pasado lo mismo en cualquier otro sitio, pero era allí donde estaba. No encajaba bien entre los otros niños, que me hacían sentir diferente. Y la gente del pueblo… Siempre los he visto como fuego amigo, tan peligroso que puede matarte. Siempre tuve la sensación de que me acechaban, de que, a cada paso o con cada gesto, una doble sombra me seguía, la mía y la que ellos dibujaban. Siempre bajo su mirada crítica; siempre bajo su juicio inapelable.

Me marché en cuanto pude, y creo que nunca sentí nostalgia ni del lugar ni de los momentos. Volví muchas veces, claro. Mientras vivieron mis padres volví a menudo, pero nunca paré lo suficiente como para que algo o alguien me hicieran cambiar de opinión. Por eso ahora, que puedo disponer del tiempo, podría regresar a cualquiera de los otros pueblos donde viví después y dónde fui feliz a veces. Pero al mío, no.

(De las memorias de Ismael Blanco)