Amapolas

Me impresionó la torre de cristal y acero. Siempre lo hacía. En el centro de la plaza del centro de la ciudad, tan alta sobre el asfalto y sobre mí, me hizo imaginar a los liliputienses frente a Gulliver.

Fue entonces cuando vi la vieja pared de ladrillo, tan modesta que nunca me había llamado la atención, a pesar de llevar allí más años que la torre inmensa.   Y vi las amapolas, tan desubicadas, aprovechando la poca tierra que el viento había arrastrado hasta el resguardo de los ladrillos. Pensé en lo delicadas que eran esas flores, con pétalos rojos que se arrugan y se enturbian con solo tocarlos, y pensé también en que las amapolas nunca beben del agua de los jarrones y nunca adornan cuidados jardines.

Las amapolas son flores salvajes y libres. Y su sola presencia entre el asfalto y las aceras era la prueba de que aún hay esperanza.

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El monte

Me doy cuenta, Isabel, de que ya no te necesito para ser feliz…

Esta mañana me levanté sin reloj, que era fin de semana y el cuerpo agradece esa espontaneidad; a lo lejos oí las rehalas de perros ladrando nerviosos, impacientes ante la suelta próxima, sedientos de muerte, e imaginé a los hombres, con ropas verdosas y sombreros pardos, riendo y vociferando para entenderse por encima del alboroto de los perros. “Como una liturgia”, pensé, “unos y otros se disponen para un ritual de sangre, tan asumido por todos que me mirarían como a un bicho raro si supieran cómo pienso, si supieran que me encoge el alma esta disposición tan natural para matar”. Decidí salir más tarde, no quería encontrármelos, y, menos aún, no quería reconocer a ninguno de los de aquí entre ellos; no quería que me llamaran para acercarme a sus corros, y sentir esa incomodidad de otras veces, que ni siquiera me permite ser condescendiente y reírles las gracias, como si yo también fuera uno de ellos…

He corregido primero unos exámenes y luego he salido a caminar, con mi vieja cámara de fotos, monte arriba. También he tenido que escapar de los domingueros, de la gente de ciudad que huye al campo cuando el tiempo es benévolo –y ahora lo es- y lo arrasa todo. Y los peores son los que de chicos vivieron aquí, que muchos de ellos huyeron de la vida en el pueblo y ahora regresan henchidos de orgullo para enseñarle estas tierras a los que nunca pudieron embarrarse por estos caminos, o resguardarse en un chicorzo escapando de la tormenta o asustarse cuando caen las castañas en medio de un silencio sobrecogedor; enseñan el campo como si fuera una extensión del salón de su casa, suyo sólo y con derecho sobre él y por eso abandonan por doquier latas de cerveza vacías y setas arrancadas por el mezquino placer que les da el desprecio por la naturaleza. He seguido un poco más allá, lejos de todo y de todos, salvo el monte en sí, y he caminado despacio, respirando el aire limpio, dejándome a ratos llover encima una lluvia fina que bajo los castaños se convierte en goterones; he sacado fotos de detalles, ya sabes como soy, me gusta fijarme en lo chico, en lo que casi siempre pasa desapercibido incluso para los ojos que van escudriñando todo alrededor, y se me ha ido el tiempo sin sentir. En realidad, he tenido la sensación de que el tiempo no existe, tan solo la vida, sin distingos; la luz que se filtra a través de las hojas verdes, la esponja de musgo que tapiza las piedras, el olor a tierra mojada, el perfume de los pinos, el oleaje de los castaños cuando los acaricia el viento, y yo mismo en medio de todo esto. Me he sentido como de espuma, Isabel, como si mi cuerpo no pesara, como si no hubiera cadenas que pudieran atarme. Feliz.

Cada vez necesito menos para ser feliz.  O quizás debería decir que, para ser feliz, me basta con sentirme libre.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Nunca

Podría dudarse de quién ganó –nunca debió haber guerras ni batallas-. Me has cosificado, me has puesto cadenas y has cercenado mis posibilidades de crecer, pero eso no me convierte en esclavo; esclavo, nunca. Aunque el dolor sea tan profundo que ya forme parte de mí, sigo vivo. Sigo vivo para poder cicatrizar mis heridas, para dar testimonio de mi rebeldía, para demostrarte que podrás destruirme pero nunca, nunca, podrás dominarme.

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