Diario de Pepín. Día 81

Algunos días no tengo fuerzas para cenar. Llego tan reventado del parque que solo quiero sofá; bebo unos tragos inmensos de agua, espero a que mamá me quite el arnés y me limpie las patitas y me enrosco en el sofá esperando a que ella se siente conmigo después de cenar. Y es que, en el parque, corro sin conocimiento. Corro detrás de alguno de mis amigos como si tuviéramos que dar la vuelta al mundo en una tarde, o delante, como si huyera de un fuego. El caso es correr como corren las liebres escapando de un galgo, porque también hay galgos en el parque, y también corro delante o detrás de ellos; ¡cómo no voy a cansarme!  

Yo creo que en este mundo debe haber varios modelos de felicidad. Una de las mejores es saber que está mamá, y que me quiere tanto que nunca va a abandonarme, y estar con ella es una de las cosas más bonitas que pueden pasarme; y otra diferente  es correr y correr y correr como si no hubiera un mañana. Esta felicidad también es muy buena, pero es mucho más cansada.

Diario de Pepín. Día 80

Yo no entendía cómo era posible que las esquinas y los árboles olieran a pis, hasta que vi a un perro meando contra una farola con la pata levantada. Era un perro muy grande, y su meada llegó tan alta que yo tuve que empinarme para llegar a olerla. Entonces comprendí que si yo meaba siempre apretando riñones, solo podría orinar en la hierba o en el borde del árbol o en la acera, pero nunca desde arriba. Así que llevo un día entero ensayando a levantar la pata para mear. Y más de la mitad de las veces que orino o marco el terreno, ya lo hago así, levantado la pata; bueno, las patas, unas veces una y otras veces otra, según cuadre a qué lado me queda la farola o la esquina, que no voy a darme yo la vuelta para levantar siempre la misma.

Yo creo que en cosas así se nota que voy haciéndome grande, grande de edad, se entiende. Y en que, a veces, me dan unos repentes que no puedo controlar, como el otro día en el parque, que no pude menos de ponerme encima de un perro más o menos como yo de grande y empezar a empujar con todas mis fuerzas mientras lo tenía abrazado por detrás. El perro protestó un poco, pero todos los papás que estaban allí se rieron. Yo no creo que hiciera el ridículo, porque otros perros también lo hacen y sus papás no se ríen de ellos. Mamá no se rió, abrió mucho los ojos, como cuando se lleva una sorpresa, y luego me quitó de allí porque dijo que al otro perro no le hacía gracia que yo estuviera “dale que te pego”. Eso dijo. Yo no sabía que lo que yo estaba haciendo se llamara así, “dale que te pego”. Cada día aprendo cosas nuevas.

Diario de Pepín. Día 79

Dice mamá que es un privilegio pasear por la Plaza Mayor cuando se despierta la ciudad. Yo no entiendo qué quiere decir, pero seguro que tiene razón. A mí me basta con salir a la hierba y a la calle, donde puedo hacer pis y caca y donde hay montones de meadas de otros perros que yo puedo ir oliendo; y eso sin hablar de los restos de comida que se va dejando la gente por ahí.

Lo que sí es verdad es que hay mucha diferencia entre la mañana y la tarde. Por la mañana el parque está completamente vacío, si acaso, alguien que atraviesa por allí para adelantar, pero, por la tarde hay muchísima gente y muchísimos perros. Nos juntamos hasta doce perros o más, que los ha contado mamá, el más pequeño, yo, claro. Corremos como locos y, al principio de llegar, nos peleamos un poco, pero solo un poco, y luego ya como si nos conociéramos de toda la vida. A los papás les hace mucha gracia que yo me ponga de manos, porque aguanto mucho rato e, incluso camino un poco así, pero es que no sé cómo piensan ellos que puedo llegar a olerle los hocicos a los otros perros si no es poniéndome así. Y, ahora que lo pienso, no sé por qué dicen que me pongo de manos si, en realidad, lo que hago es ponerme de pie.

Diario de Pepín. Día 78

Mamá tiene miedo. Cuando vamos al parque por la tarde hay muchos perros de todos los tamaños y yo corro, ya sin correa, hacia ellos. Nos lo pasamos en grande, sobre todo yo, porque soy el que más corro y todos los papás me conocen y se alegran de verme y me acarician. Yo, cuando veo que son demasiados perros o demasiado grandes y no puedo correr durante mucho tiempo, me meto entre las piernas de los papás y ellos me protegen. Y es que hay un perro, que casi siempre está solo porque riñe con todos, y que me ha perseguido como un loco enseñándome los dientes, y, claro, mamá tiene miedo porque dice que soy muy pequeño. Pero es que ella no se da cuenta de que yo corro como una liebre y, a no ser que me choque con otro perro o contra la valla de piedra, ninguno me alcanza, y, si me pongo de pie, le llego a los morros al perro más grande.

Que yo puedo ser pequeño, pero soy muy valiente.

Diario de Pepín. Día 77

Cuando yo veo que mamá se pone la chaqueta y coge su mochila me pongo siempre alerta, por si puedo salir con ella. Pero no, esta vez me acarició la cabecita y me dijo que me quedara, como todas las mañanas cuando ella y el chico de la gorra salen un ratito y luego vuelven a la oficina y ya trabajamos todos hasta mediodía y nos vamos. Mamá se fue sola a media mañana y  no volvió, y yo me quedé con el chico de la gorra. Reconozco que me puse bastante empachoso, aunque él no tenía la culpa, porque yo quería que mamá volviera y no volvía. Es que, a veces, aunque ya soy casi grande, no puedo dejar de comportarme como un bebé, y los bebés quieren estar siempre con mamá.

El chico de la gorra me sacó a mediodía, y el señor que me llama perrete me sacó por la tarde y yo, a ratos, ya pensaba cuánto tiempo iba a pasar hasta que mamá volviera. Eso sí, por la tarde conseguí estar más tranquilo y no dar guerra, yo creo que, porque, más que nervioso, estaba ya un poco triste.

Cuando mamá volvió era muy de noche -yo nunca había estado en la oficina hasta tan tarde-, y me puse como un loco, sin control ninguno, dando brincos y chillando, que hasta la gente que pasaba por la calle se quedaba mirando. Yo creo que no se puede ya ser más feliz. Bueno, sí, yo habría sido más feliz aún si no hubiera visto que mamá cogía otra vez la maleta esa que llena de papeles cuando se va sin mí; porque, me temo que eso significa que me va a tocar esperarla otra vez.

Diario de Pepín. Día 76

Por las mañanas, como madrugamos mucho, apenas hay gente en la calle. Luego ya sí, luego nos cruzamos con gente que se nota que va a algún sitio, que no está paseando. Van casi todos solos, deprisa, y como pensando en algo para adentro. Y, un poco más tarde aún, ya se ve mucha gente joven, dos o tres de cada vez, que van hablando deprisa y en voz alta; y la mayoría sonríe.

Yo me fijo en estas cosas porque, dependiendo de quién, a veces, alguien se para a decirle algo a mamá sobre mí, y me acaricia y  nos saluda a los dos. Está la chica que coloca las mesas en la terraza del bar, casi todos los días a la misma hora, que me dice cosas; y el pescadero, que nos dice buenos días porque mi primera parada para hacer pis es en la hierba de enfrente de la pescadería; y luego un señor que todas las mañanas está limpiando unas puertas de cristal en un bloque de pisos –que, aunque hay poca luz, como siempre limpia los mismos cristales y de la misma manera, yo creo que no necesita ver – y mamá y él se saludan aunque no se conocen –bueno, no se conocían al principio, ahora ya sí-; y hay una chica que vemos unos cuantos días seguidos y luego ya no la vemos y siempre se para conmigo y me quiere mucho y me dice que ella tiene un perro como yo, pero en grande. Esta mañana la hemos visto y le ha contado a mamá que está trabajando de noche y por eso nos ve por la mañana, cuando vuelve a su casa, y, claro, los días que no nos cruzamos con ella es porque trabaja de día. Yo creo que esa chica debe ser amiga de mamá, porque una cosa es cruzarse con nosotros y otra muy diferente es que nos cuente cosas. Amiga mía sí que es. ¡Cómo no va a ser amiga mía si me quiere mucho y nos ha contado que su perro, el que es como yo, pero en grande, se llama Pepe!

Diario de Pepín. Día 75

Me gusta el chico de la gorra. Estoy bien con él. Supongo que, aunque ahora es un tío muy grande, hace mucho tiempo fue el bebé de mamá, un cachorrito como yo. Supongo que mamá lo cuidaba como cuida de mí, y lo abrazaba y lo besaba igual que hace conmigo. Y supongo que, por eso, él fue muy feliz. ¡Qué suerte llevar tanto tiempo con mamá! Yo ya llevo la mitad de mi vida con ella. La mitad de una vida es mucho tiempo, incluso para alguien como yo, que solo tengo seis meses.

Diario de Pepín. Día 74

No estés triste, mamá. Esta vez no he llorado cuando saliste de casa con la maleta. Me dijiste que vendría a buscarme el chico de la gorra y, efectivamente, llegó a media tarde y me llevó con él. Su gata no es como Sofía, se asusta mucho de mí, pero yo creo que es que me ha visto poco. Si tuviera que volver pronto con él seguro que ya sería diferente.

Yo estoy bien, mamá. Yo sé que te gusta que me suba al sofá y me pegue a ti y apoye mi cabecita en tu muslo, que me acueste en tu cama y que me ponga de manos en el borde del colchón para que tú me subas – los dos sabemos que alcanzo a subir yo solo pero te gusta cogerme-, y que me ponga en la almohada hecho un ovillo y coloque mi cabeza sobre tu mano cuando te estás quedando dormida. Pero hoy no puede ser, mamá, a mí también me gustaría estar contigo -siempre voy a estar contigo-, pero algunas veces tendrás que irte sin mí. Y yo te esperaré. No dudes que yo te esperaré, ¿vale? Yo te quiero muchísimo, mamá, y por eso quiero que no estés triste. Mientras te espero, te mando un besito de buenas noches, mamá. Que duermas bien y sueñes conmigo.

Diario de Pepín. Día 73

Mamá trabaja casi todo el tiempo que no estamos dando una vuelta por la calle o en el parque. Yo no puedo ayudarla en la oficina pero intento que no se le haga muy pesado. Es verdad que gran parte del tiempo lo paso durmiendo, pero me pongo justo al lado del sillón, lo más cerca que puedo de ella, de forma que, en cuanto se mueve un poco, doy un respingo y me incorporo por si me necesita. A veces salgo a recibir a la gente, y a todo el mundo le hace gracia ver a un perro como yo en un sitio como ese, y todos me acarician y me dicen cosas, pero alguna vez mamá me ha sacado del despacho porque dice que molesto. Yo creo que hago lo mismo de siempre y que el problema debe ser que se junta más gente y, además, hablan y hablan,  y entonces parece que molesto yo.

Lo que más me gusta, cuando mamá está sola en el despacho, es que me coja en brazos y  me deje quedarme sobre sus piernas mientras sigue trabajando. Es que me da el mimo y me pongo de pie a su lado llamándole la atención –dice que no le dé con las patas porque tengo las uñas muy duras y le hago daño-, y entonces ella me coge para abrazarme. Yo aguanto los achuchones sin pestañear, y si me deja un ratito encima de sus piernas, ni me muevo, a ver si ni siquiera se da cuenta de que estoy allí, pero siempre acaba bajándome, claro.

Diario de Pepín. Día 72

No sé por qué me aterra el ascensor. Desde antes de entrar por primera vez, cuando mamá se acercó a la puerta, yo empecé a recular como si me fuera la vida en ello. Y no puedo saber por qué. Quizás a todos nos pase, que tengamos miedos por  algo que está por venir y solo imaginamos, y es mucho peor que si fuera por algo que ha sucedido y nos puede volver  a pasar. Por eso mamá y yo subimos las escaleras hasta casa, y yo se lo agradezco cada vez que lo hacemos. ¡Cómo se lo agradezco!

Cuando entramos en el portal, yo voy por delante de mamá, subo hasta el tercer peldaño y me paro allí; entonces mamá me da un trocito de colín y me desata la correa para que suba yo solo, unas veces delante de ella y otras detrás porque me entretengo, pero, al final, siempre tengo yo que esperarla en la puerta de casa porque ella sube cansada.

No sé por qué, si es que mamá tenía mucha prisa o estaba demasiado cansada, pero hace un par de días me obligó a subir en el ascensor, a pesar de que yo la miraba suplicándole que subiéramos por las escaleras. No pasó nada, salvo mi miedo y mi disgusto; pero he decidido que eso no puede volver a pasar.  El ascensor es un enemigo que me acecha cada vez que entro en el portal y a mamá no se le tiene que pasar por la cabeza subirnos en él, ni siquiera cuando algún vecino entra con nosotros y lo utiliza. Por eso, ahora entro más deprisa y corro hasta la escalera con la correa desplegada, pero no me paro en el tercer escalón, me paro en el sexto, casi acabado el primer tramo, y entonces espero a mamá que, para poder darme el colín ya tiene que haber subido algún peldaño. Y, una vez allí, ¿para qué vamos a querer el ascensor?

De momento, funciona.