Diario de Pepín. Día 79

Dice mamá que es un privilegio pasear por la Plaza Mayor cuando se despierta la ciudad. Yo no entiendo qué quiere decir, pero seguro que tiene razón. A mí me basta con salir a la hierba y a la calle, donde puedo hacer pis y caca y donde hay montones de meadas de otros perros que yo puedo ir oliendo; y eso sin hablar de los restos de comida que se va dejando la gente por ahí.

Lo que sí es verdad es que hay mucha diferencia entre la mañana y la tarde. Por la mañana el parque está completamente vacío, si acaso, alguien que atraviesa por allí para adelantar, pero, por la tarde hay muchísima gente y muchísimos perros. Nos juntamos hasta doce perros o más, que los ha contado mamá, el más pequeño, yo, claro. Corremos como locos y, al principio de llegar, nos peleamos un poco, pero solo un poco, y luego ya como si nos conociéramos de toda la vida. A los papás les hace mucha gracia que yo me ponga de manos, porque aguanto mucho rato e, incluso camino un poco así, pero es que no sé cómo piensan ellos que puedo llegar a olerle los hocicos a los otros perros si no es poniéndome así. Y, ahora que lo pienso, no sé por qué dicen que me pongo de manos si, en realidad, lo que hago es ponerme de pie.

Diario de Pepín. Día 20

En la plaza hay cangrejos; bueno, en la fuente que hay en la plaza. No sé por qué, cuando vi los cangrejos, dibujando un círculo lo más lejos posible de donde caía el agua, junto a la pared redonda del pilón, pensé en el hombre de la mochila.

El hombre de la mochila  es más joven que mamá y está curtido por el sol. Siempre que lo veo en la plaza lo veo despeinado, con los pies sucios de caminar y una mochila llena a reventar a su lado. Y, de vez en cuando, habla solo, en voz baja, y sonríe. Sonríe mucho. Y también fuma puros que huelen mal. No sé por qué pensé que, si alguien había traído los cangrejos a la fuente, debía ser él, quizás lo pensé porque la fuente nunca será un río aunque la llenen de cangrejos de río, igual que el hombre nunca tiene compañía aunque hable en voz alta.  Quizás por eso una cosa me llevó a la otra.

Pero no, una de las mujeres que pasa las tardes muertas en la plaza le dijo a mamá que los cangrejos los había traído el pescadero y los había echado allí por hacer la gracia. Gracia sí que le hace a los niños, que se acercan y meten las manos para tocarlos, y los padres los animan o los riñen, depende, pero a todos les llama la atención.

Ayer por la noche, la mayoría de los cangrejos habían cambiado de color, de casi negro a casi rojo, y se habían encogido y ya no se movían. Mamá dijo que esos ya se habían muerto y esta mañana ya los habían quitado de allí y quedaban unos pocos vivitos y coleando,  aunque supongo que no aguantarán mucho más, porque la fuente no es un río, por mucho que nosotros queramos.