Diario de Pepín. Día 79

Dice mamá que es un privilegio pasear por la Plaza Mayor cuando se despierta la ciudad. Yo no entiendo qué quiere decir, pero seguro que tiene razón. A mí me basta con salir a la hierba y a la calle, donde puedo hacer pis y caca y donde hay montones de meadas de otros perros que yo puedo ir oliendo; y eso sin hablar de los restos de comida que se va dejando la gente por ahí.

Lo que sí es verdad es que hay mucha diferencia entre la mañana y la tarde. Por la mañana el parque está completamente vacío, si acaso, alguien que atraviesa por allí para adelantar, pero, por la tarde hay muchísima gente y muchísimos perros. Nos juntamos hasta doce perros o más, que los ha contado mamá, el más pequeño, yo, claro. Corremos como locos y, al principio de llegar, nos peleamos un poco, pero solo un poco, y luego ya como si nos conociéramos de toda la vida. A los papás les hace mucha gracia que yo me ponga de manos, porque aguanto mucho rato e, incluso camino un poco así, pero es que no sé cómo piensan ellos que puedo llegar a olerle los hocicos a los otros perros si no es poniéndome así. Y, ahora que lo pienso, no sé por qué dicen que me pongo de manos si, en realidad, lo que hago es ponerme de pie.

El zapato izquierdo

Miró de nuevo, fijándose en los detalles. Y, de nuevo, se dio cuenta de que el pie que tenía delante era un pie derecho. Y él era un zapato para el pie izquierdo.

Todo a su alrededor eran zapatos caminando por las aceras, por los pasos de peatones, sobre la hierba o subiendo y bajando escaleras. Ahora sí, ahora no, el zapato izquierdo y el otro, el que faltaba. El otro, el que sobraba, el que le hacía sentirse anormal, minusválido e inútil.

Pasó un año olvidado en el armario, dos días dentro de un contenedor de ropa para reciclar, y otro más en la bolsa de deporte del hombre que lo sacó de allí. Al día siguiente, el  hombre caminó a grandes zancadas sobre su único pie, flanqueado por dos muletas con tacos de goma. Y  su zapato izquierdo, ahora sí, ahora también, pisó charcos como si fuera un crío, esquivó excrementos de perro y subió los escalones de dos en dos. Si hubiera sido por él, ni siquiera habrían vuelto a casa cuando cayó la noche, pero los pies, ya  se sabe, son algo blandengues y nunca están a la altura de las circunstancias.