Diario de Pepín. Día 80

Yo no entendía cómo era posible que las esquinas y los árboles olieran a pis, hasta que vi a un perro meando contra una farola con la pata levantada. Era un perro muy grande, y su meada llegó tan alta que yo tuve que empinarme para llegar a olerla. Entonces comprendí que si yo meaba siempre apretando riñones, solo podría orinar en la hierba o en el borde del árbol o en la acera, pero nunca desde arriba. Así que llevo un día entero ensayando a levantar la pata para mear. Y más de la mitad de las veces que orino o marco el terreno, ya lo hago así, levantado la pata; bueno, las patas, unas veces una y otras veces otra, según cuadre a qué lado me queda la farola o la esquina, que no voy a darme yo la vuelta para levantar siempre la misma.

Yo creo que en cosas así se nota que voy haciéndome grande, grande de edad, se entiende. Y en que, a veces, me dan unos repentes que no puedo controlar, como el otro día en el parque, que no pude menos de ponerme encima de un perro más o menos como yo de grande y empezar a empujar con todas mis fuerzas mientras lo tenía abrazado por detrás. El perro protestó un poco, pero todos los papás que estaban allí se rieron. Yo no creo que hiciera el ridículo, porque otros perros también lo hacen y sus papás no se ríen de ellos. Mamá no se rió, abrió mucho los ojos, como cuando se lleva una sorpresa, y luego me quitó de allí porque dijo que al otro perro no le hacía gracia que yo estuviera “dale que te pego”. Eso dijo. Yo no sabía que lo que yo estaba haciendo se llamara así, “dale que te pego”. Cada día aprendo cosas nuevas.