Así empezó todo

Yo caminaba solo por la calle y tú salías de un portal. La calle estaba desierta y yo llevaba tiempo acostumbrándome al eco de mis pasos solitarios y a la luz mortecina de las farolas. Mi propia vida, pensé. Seguí mi camino -yo creía que era un camino, pero en realidad, caminaba sin rumbo, o, precisamente, caminaba intentando no seguir un camino-. Apenas me di cuenta de que tú salías del cobijo de un portal a la intemperie.

Un tiempo más tarde, la escena, más o menos, se repitió. La intemperie tiene su atractivo para quien vive inmerso en la tranquilidad que da un techo, y yo… yo era Ulises luchando con denodado esfuerzo contra el canto de las sirenas.

Sin embargo, poco a poco, fui buscando tu presencia en la calle desierta, me sentía bien al reconocer tu sombra cerca de la mía. Me di cuenta de que yo lloraba en soledad, pero no podía sonreír si no era con alguien, y empecé a imaginar que tú me mirabas y yo sonreía.

De pronto, un día, te pusiste frente a mí y me dijiste:

-¿Tomamos un café?

Y así empezó todo.

                                                                               (De “Las Memorias de Ismael Blanco”)

Niebla

Cada día le cuesta más bajarse de la cama y ponerse en marcha, diríase que tiene que recomponer el esqueleto antes de dar el primer paso. La artrosis ha ido agarrotando sus articulaciones y los años han ido haciendo mella en su cabeza. Solo sus ojitos brillantes siguen siendo los mismos de entonces, la misma chispa de aquel tiempo, cuando aún era joven.

Cada día friega los cacharros del desayuno y sale al porche, se sienta en la mecedora y se balancea despacio, las rodillas bajo una mantita que le da el calor que ya le falta. Y pone en marcha su gimnasia mental. Intenta recordar nombres, anécdotas, caras amigas – hace ya tiempo que olvidó las caras de los que no lo son-, pero se da cuenta de que la niebla es cada vez más espesa y más cercana. Aun así, hay algo que recuerda con absoluta claridad: sus manos. Aquellas manos recias, acostumbradas a trabajar, grandes, masculinas; aquellas manos que eran su fortaleza, que descansaban leves en su cintura cuando dormía a su lado, aquellas manos dulces que enmarcaban su cara para besarla con tanta delicadeza que a ella le parecían alas de ángeles ayudándola a volar.

Eso sí que lo recordaba. Eso sí se lo llevaría a la tumba, huyendo de la niebla.

El lago

Cuando escribo estas páginas me doy cuenta de que escribo para ti, Isabel, aunque tú nunca llegues a leerlo.  

Todo lo que guardamos dentro de nosotros puede aflorar sin previo aviso. Todo lo que hemos vivido queda dormido en nuestro interior, incluso creemos que ha muerto, pero despierta de golpe cuando alguien presiona el interruptor adecuado.

Ayer, como muchas veces antes, me acerqué paseando hasta el lago. Me gusta sentarme en un banco, con un libro, y, de vez en cuando, levantar la vista y embeberme de aquella tranquilidad, es como un bálsamo para mi corazón maltrecho.

Yo creía que estaba solo, el agua como una lámina de plata al atardecer, pero, cuando levanté la vista, vi que una mujer joven se había acercado a la orilla y miraba, inmóvil, la cabeza erguida, no lejos de mí, hacia el horizonte. Vi también que un hombre se acercaba, caminando despacio, mirando en su dirección y al lago. Se quedó detrás de ella y la abrazó por la cintura, la mujer se acurrucó amoldando su espalda al cuerpo de él y recogió con sus brazos los brazos que la abrazaban. Él escondió su cara en el hueco de su cuello y comenzó a besarla, una, dos, tres veces…, hasta que ella se volvió y se besaron en los labios, muy, muy despacio. Al poco se alejaron, abrazados, y, seguro que ni siquiera se dieron cuenta de que yo los observaba.

Aún me quedé unos minutos allí, esperando suavizar el arañazo que me hería la garganta. Luego, ya en calma, seguí recordando, recordándote, seguí cogiéndote por la cintura y besando el hueco de tu cuello, como tantas otras veces, cuando estabas a mi lado.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

En la madurez

A veces pienso si no miraré demasiado, demasiadas veces, atrás. Pero me doy cuenta de que no es la frecuencia, sino la forma de recordar, lo que importa. El pasado me ayuda a entender mi vida, me ayuda a saber cómo he llegado hasta aquí. No está mal repasarlo, como en las clases repasábamos lo ya aprendido para afianzar los conceptos.

Soy consciente del paso del tiempo. Cuando joven, parecía que todo se daba por añadidura, que la vida era inacabable o el fin estaba tan lejos que nunca llegaría a verlo. Ahora, sé exactamente el lugar que ocupo, en el filo de la navaja.

Ahora cuenta cada minuto, porque cada minuto es un grano de arena en mi reloj.

Ahora es cuando no puedo permitirme tiempos muertos, cuando, en lugar de beberme la vida a tragos, he de saborear cada gota, cada momento, he de mantener todos mis sentidos despiertos y alerta.

No, no tengo miedo a la muerte, si acaso, tengo miedo de morir sin haber vivido.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Hacia la muerte

Llega un momento en la vida en el que has de prepararte para morir.

Que somos mortales lo sabemos siempre, más aún cuando tienes contacto con la muerte a través de alguien cercano.

Poco a poco, y como de natural, vas perdiendo gente, como los árboles van perdiendo hojas cuando presienten los primeros fríos, aunque aún parezca verano y el sol engañe los sentidos.

Poco a poco se suman a los que ya no ves los que ya no están y corres el riesgo de irte quedando solo y apartado de la vida. Entonces analizas tu pasado como si fuera la única certeza y te das cuenta de que no es así, de que la única certeza es, en realidad, que seguirás vivo mientras seas capaz de amar la vida, mientras seas capaz de ilusionarte.

No importa si quieres a tu pareja, a tus amigos, a tus hijos o a ese extraño que se cruzó contigo en la calle y te miró a los ojos. Importa que esa capacidad vaya contigo. Que sepas respirar el aire fresco de la mañana, buscar la luz en los destellos del sol sobre las hojas de los árboles o detenerte para observar a las palomas que beben en una fuente. Importa que seas consciente de que la vida se te regala alrededor y depende de ti empaparte de ella.

De ti depende, al fin y al cabo, acercarte a la muerte sin desesperación.

Solo en casa

Mi padre, a mi edad, era ya un viejo. No es que yo no lo sea aún, no; es que se espera de mí que viva más años –la estadística de vida media-, y los que deciden han decidido retrasar de forma torticera la entrada en la vejez, como si no fuera verdad que ahora vivimos más años siendo viejos y no que envejecemos más tarde.  

El hecho cierto es que ya no me pagan por trabajar, sino por haber dejado de hacerlo, que ahora tengo tiempo para todo aquello que siempre quise hacer y ahora ya no quiero –desear lo que no podemos tener o “el espíritu de la contradicción”, que diría mi madre- y que puedo, por fin, sentirme dueño de mi tiempo, aunque sea para perderlo –nunca el tiempo es perdido-.

He cambiado de rutinas, pero alguna conservo. Sigo levantándome a la misma hora porque creo que, de no hacerlo, el día no me dará de sí lo que de él espero y así he ido ganando terreno en campos que antes nunca exploré, como la cocina. Cuando trabajaba –cuando tenía un amplio horario fuera de casa, tediosos desplazamientos en cercanías y más conflictos de los que podía resolver por asuntos ajenos a mí- mi actividad en relación con la cocina se limitaba a desayunar en ella de pie, de prisa y mirando el reloj. Ahora he descubierto el placer de imaginar qué comer y procurar cocinarlo. A veces me quedo solo en ese “procurar” pero otras consigo conciliar el deseo con la mano de obra y llego a saborear bocados que a mí me parecen propios de cardenales. Y, como Juanjo Millás, he descubierto el alcance terapéutico de un buen sofrito. Me refiero al beneficio que para el espíritu supone cortar en pedacitos las verduras, sin prisa, como haciéndote perdonar por ellas semejante estropicio, y acabar de rendirlas en una sartén al fuego. ¡Ojalá lo hubiera descubierto en mi época de empleado de Banca, seguro que me habría evitado los ansiolíticos!.

También me he dado cuenta de que, ahora, mi casa es mi casa y no solo el sitio por donde paso a dormir. Ahora me preocupa el orden, me he dado cuenta de que vivir solo no es óbice para que en la casa pueda reinar el desorden; basta con dejar la ropa sucia fuera del cubo de la ropa sucia, los platos en el fregadero esperando mejores tiempos o la cama deshecha porque no esperas visitas para que la casa, tu casa, parezca la casa de tu enemigo. Por eso cuido ahora los detalles, aprovecho que nadie descoloca lo que coloco yo e, incluso, he comprado un poto con la esperanza de una convivencia satisfactoria para ambos. Y, de momento, los dos estamos bien.

Supongo que en cada piso de mi rellano de escalera vive alguien, pero no conozco a ninguno de ellos. En realidad solo sé que existe mi vecina del B –yo soy el A-. No la he visto nunca, no hemos coincidido en el ascensor ni en la escalera, supongo que antes porque yo salía pronto y llegaba tarde y ahora porque apenas salgo. Si me paro a pensarlo, sé muchas cosas de ella. Sé que es una mujer joven porque escucho su zapateo cuando llega y cuando sale de casa y porque la he oído reírse como solo lo hacen los jóvenes. Será un milagro que pase de los treinta o los treinta y cinco. Sé que vive sola porque solo se la oye hablar por teléfono o se escucha la televisión, de fondo, diálogos de película o de serie, pero no propios. Sé que, además de vivir sola, no tiene pareja  o novio o amigo íntimo o como quiera que se le llame ahora, porque, en seis meses desde que paro en casa, tan solo una vez escuché una voz de hombre, también joven como ella, en pausada conversación, una de esas en las que esperas más la respuesta del otro que el momento de decir algo, en las que los silencios intermedios son más importantes que las voces, en las que el tema de conversación  en realidad no existe porque basta con la presencia, con estar en el mismo sitio y con el mismo deseo. Solo ocurrió una vez, el afán de intimidad debió quedar en tentativa, porque escuché abrirse y cerrarse la puerta de la casa  a una hora demasiado prudente y con palabras y tono propios de amigos, pero nada más que amigos. Alguna vez, en fin de semana y a mediodía, la he escuchado junto a otros hombres y mujeres, cuatro o cinco voces diferentes, sentados alrededor de una mesa, en medio de risotadas y ruidos de cubiertos y de copas entrechocando. Supongo que serán amigos, o viejos –por serlo desde hace mucho tiempo- compañeros de trabajo que acaban siendo amigos y celebran así cumpleaños o ascensos.

Ayer, al abrir mi buzón, me di cuenta de que ella había quitado el nombre del suyo. Se me pasó por la cabeza que trataba de esconderse de mí, pero me di cuenta de que eso no tiene ningún sentido; yo no la espío, tan solo vivo al otro lado y no tengo ningún interés en perjudicarla. Su nombre, conozco su nombre y puedo reconocer sus pasos y su voz, pero ni siquiera sé si es alta o delgada, rubia o morena. Es probable que ella ni siquiera sepa que yo existo.

Casi es la hora de cenar. Ha empezado a sonar al otro lado el golpeteo apresurado y metálico que se escucha cuando se bate un huevo, el golpe del tenedor contra el plato mientras voltea el huevo roto. Será buena idea prepararme también yo una tortilla. Una tortilla francesa y una copita de vino blanco. Y, como cada noche, brindar por ella.

Mala cabeza

Estaba convencido de que nunca había tenido mucha suerte, aunque, según le decían algunos, la suerte hay que buscarla, que no anda por ahí perdida esperando a que alguien la encuentre, de modo que debía ser que él estaba algo desorientado a la hora de buscar.

Tampoco había sido dado a pensar mucho, siempre fue un poco a lo loco, a lo que le pedía el cuerpo. El problema era que siempre hacía caso de lo que le pedían las tripas, y no de lo que le pedía la cabeza, que el cuerpo tiene muchas partes y cada cual se gobierna a su manera. La duda está en si, de haber hecho la prueba, y haber usado la cabeza para decidir dónde, ahora estaría en el mismo sitio.

Probablemente no, hay que ser muy torpe para pensar que si te pones a pedir dinero en la puerta de un banco alguien va a darte ni siquiera unos céntimos. Si me apuras, ni los buenos días.

El cementerio

Hoy he vuelto al cementerio. Dos obreros estaban colocando teselas en el mosaico del suelo, delante de un panteón. No había nadie más, salvo los muertos y dos gatos de mal pelo tumbados al sol.

Al entrar me he dado cuenta de que han quitado el árbol. No era el típico ciprés, parecía, más bien, una arizónica gigante y crecía con ansia de extenderse sobre las tumbas. A mí me parecía que aquel árbol, el único, era el vigilante del cementerio, el manto protector, y ahora los muertos están desvalidos bajo este sol que cae a plomo sobre las lápidas. Solo los panteones que rodean el recinto se libran de este fuego, quizás por eso se permiten dejar a la vista los féretros que custodian, porque no corren peligro de arder. En los panteones está el nombre de la familia, y luego, dentro, los féretros apilados a ambos lados, como si descansaran en literas, y en muchos, y en la mayoría de las lápidas, también está la fotografía del muerto, del abuelo del siglo pasado, del padre de familia y del hijo joven que murió prematuramente –un accidente, un tumor o las drogas, pienso, en los ochenta había muchas muertes de jóvenes por drogas-. La foto del muerto cuando aún vivía te reconcilia con la muerte, ayuda a entender que ambas, vida y muerte, están unidas por un lazo invisible, que ambas son la cara y la cruz de la misma moneda.

Las lápidas están como sembradas en cuatro terrenos similares separados por una calle central y rodeados por otra calle periférica y casi circular que las separa de los panteones. Si no fuera por el seto verde que también los rodea, sin mi árbol, todo sería gris en el cementerio de Aveiro.

Camino entre las tumbas y están tan juntas que no puedo menos que pensar que el terreno es caro, tanto para los vivos como para los muertos, y, por eso, incluso de muertos, seguimos hacinados. Que en cada tumba haya dos, tres o más cuerpos no es por la misma razón, las familias pretenden seguir unidas incluso cuando ya no son.

Hay muchos muertos del siglo XIX que han esperado pacientemente a que la piedra que los protege se vaya llenando de nombres y fechas de sus descendientes, y, a veces también, a que alguien elogie a alguno de los que allí reposan. Son frases cortas, de viudos agradecidos a mujeres bondadosas, buenas madres de familia, o de hijos que se sienten desdichados por la reciente orfandaz. No recuerdo haber leído ninguna elegía –aunque posiblemente la haya- cuando el marido es el finado. Es como si el dolor de las viudas fuera más íntimo o se diera por hecho y no necesitara perpetuarse públicamente. También he visto el agradecimiento del pueblo al fundador del equipo de fútbol y el de los alumnos a dos profesores que supieron ser mentores en el aula y en la vida. Lo que no sé es por qué todas las tumbas están en la misma posición, todas excepto dos, que están cabeza abajo.

El cementerio está al lado de un centro comercial, y, cuando digo “al lado”, quiero decir, exactamente, pared con pared, y también hay bloques de pisos con vistas a las tumbas. Los portugueses han sabido integrar a sus muertos en la vida diaria; los nuestros, nuestros muertos, parecen más apartados, más escondidos. Me gustan los cementerios, he de reconocerlo, porque el sitio de los muertos me dice muchas cosas de los vivos. Hay mucha vida donde parece que solo campase la muerte.

Instantánea

Mi madre camina con pasos tartamudos, balbucea con los pies y levanta un poquito los brazos, como los polluelos las alas, buscando apoyo en el aire. Mi madre mira mucho al suelo, mira mucho a todas partes, con los ojos abiertos y la frente fruncida por el esfuerzo, pero no ve todo lo que mira, no le da tiempo a ver…. y se deja llevar sin protestar; más bien espera, aunque no lo dice, que la tomes del brazo y la lleves un poquito por delante, ahora que ella ya va detrás de todo….

                                   Febrero 2011

Como yo era pequeña

Como yo era pequeña

me acostumbré a disfrutar

con las cosas pequeñas;

cosas como pisar las hojas en otoño,

como ver volar un pájaro o

hacer hileras las hormigas,

como tocar los cuernos de los caracoles

o ver brotar una semilla…

Eran cosas pequeñas,

cosas de cada día,

que escondía

en mis bolsillos por si acaso.

Por si acaso la vida se olvidaba de mí.