Diario de Pepín. Día 119

Esto del confinosequé no me gusta nada. Esta mañana, una mujer nos ha mirado a mamá y a mí como si la calle fuera suya. ¡Ojalá mamá me encontrara un abrigo que fuera de color transparente y solo pudiera verme ella cuando salimos a hacer pis!

Hoy, cuando ha llegado de trabajar yo estaba vomitando. Mamá creyó que me había comido alguna caca de Sofía y por eso tenía mala la tripa, pero después ya fue viendo más cosas. Cuando empecé a estar mal, yo estaba en la cama, acostado con los peluches, los aparté y vomité sobre el edredón, pero a ellos no los manché, y, después, viendo el destrozo, me fui al sofá (nuevo) del salón, pero entonces me entraron unas ganas terribles de hacer caca y antes de poder bajarme al suelo, y hacer caca allí, tuve que hacer un poco en el sofá –sobre la toalla que había dejado mamá para que no se lo llene de pelos-.

Mamá, a medida que iba viendo el desaguisado de habitación en habitación, solo decía “¿qué ha pasado?” y yo la miraba agachando las orejas. Y ni siquiera me riñó, me acarició la tripa y me dijo que no tenía que comer cacas de Sofía, aunque después, más bajito, dijo “a ver si nos hemos pasado con el kéfir”. Luego, ha cambiado la toalla del sofá y me ha tapado con una mantita para que no me quede frío. Mi mamá es la mamá más buena del mundo.

Diario de Pepín. Día 118

Dice mamá que hoy es el sexto día de confinosequé. Yo no entiendo lo que es, pero seguimos saliendo poco rato y echo de menos a mis amigos. Voy solo por la calle, menos mal que hay meadas en las esquinas porque, si no, creería que todos los perros han desaparecido. Se conoce que no nos ponemos de acuerdo en la hora de salir; eso será. Y, encima, Sofía sigue escondiéndose en algún rincón cuando mamá se va a trabajar y no puedo correr detrás de ella.

Hoy nos hemos venido muy disgustados para casa, porque íbamos por una calle sin gente y pasó por el otro lado un hombre, y era joven. Me miró a mí como si hubiera aparecido de entre la niebla y luego miró a mamá con cara de asco –dice mamá que era con desprecio, pero yo no acierto a ver la diferencia- y movió la cabeza hacia los lados como si dijera “no” todo el rato. Mamá dice que ese hombre es digno de lástima, porque debe ser muy infeliz. Muy contento no se le veía.

Diario de Pepín. Día 117

Dice mamá que como poco. Nunca he sido tragón pero es que, desde que no corro en el parque detrás de mis amigos grandes, no me entra hambre. Como, sí, y picoteo de todas esas cosas que me encantan y que come mamá (kéfir, fresas, pan, melón, almendras…) pero también las comía de antes y poco dejaba en el comedero. Y es que estos días están siendo días muy, muy raros. Menos mal que ayer me crucé con Flavia, que hacía miles tiempos que no la veía. ¡Cuánto tiempo no haría que hasta ella, que, cuando me ve, se alegra, pero despacito, empezó a dar brincos como una loca! Pero, nada, en seguida su mamá se la llevó y mamá decía todo el tiempo que teníamos que irnos, que no podíamos jugar.

¡Y sigo sin encontrar nada que comer en la calle…! Porque hambre no tengo, que no es hambre, pero tengo necesidad de olisquear y  llevarme al gaznate todo lo que pille.

Diario de Pepín. Día 116

A mamá le ha dado por salir al balcón y aplaudir. El primer día yo me asusté mucho y empecé a ladrar como un loco, porque retumbaba mucho el aplauso de tanta gente, pero ayer, como hacía muy  mal tiempo, apenas salieron otros dos vecinos y yo ya ni me inmuté. Otra cosa que hizo ayer mamá, antes de lo del aplauso, fue poner un altavoz en el balcón con una canción muy maja que decía algo de resistir. Son tiempos raros estos, se conoce que los balcones son ahora muy importantes, y hace unos meses era donde mamá me ponía un empapador por si quería hacer pis…

Esta mañana hemos salido, como todos los días, pero, como pasa últimamente, solo estaba el barrendero por allí, que no sé qué barre porque está todo limpísimo. Yo ya llevo días que no encuentro nada que llevarme a la boca, de esta se me va a quitar la manía de ir rebuscando. Bueno, pues, en esa calle larguísima que recorremos todos los días,  nos hemos cruzado con un hombre joven que llevaba guantes  morados e iba mirando el teléfono pero, al llegar a cruzarse con nosotros ha mirado a mamá muy sonriente y nos ha dicho “¡buenos días!”, yo creo que, incluso, con alegría. Mamá se ha emocionado. Mamá necesita muy poco estos días para emocionarse, esa es la verdad. Total que, al doblar la esquina, nos hemos encontrado con una mujer que iba como a lo suyo y mamá le ha dicho “¡buenos días!” y le ha dado un buen susto.

Diario de Pepín. Día 115

Mamá está muy triste; lo noto en cómo me mira. Ella sale al balcón y mira la calle desierta y, hoy también, la nieve que cae. No hay gente en la calle, apenas pasan algunas personas y yo no me encuentro con perros con los que jugar.  Me he puesto muy contento esta mañana porque, al salir a hacer pis, caían copos enormes de nieve que yo me comía nada más caer al suelo, pero luego ya también se me pasó la gracia y solo notaba el frío.

Mamá se ha ido a trabajar. Dice que va a estar sola y que, por eso, no va a contagiar a nadie y nadie la va a contagiar a ella. Pero la he oído hablar por teléfono y se le cortaba la voz cuando decía algo del esfuerzo que está haciendo mucha gente para que no  nos pase nada, para que se mueran menos personas y para que respetemos la vida propia y la de los demás (eso decía) y se le empezaron a caer unos lagrimones como yo nunca le había visto. Y también se ha enfadado mucho con un inglés –yo no sé quién es pero ella se enfadó mucho- y con “todos los indeseables egoístas” que desprecian a los demás. Eso dijo.

También dice que le da mucha pena no poder abrazar al chico de la gorra. Por eso yo me pego a ella y apoyo la cabeza en su pierna y entonces ella me abraza. A Sofía también la acaricia, porque Sofía está más mimosa que antes, debe ser que le da envidia.

Diario de Pepín. Día 114

Algo muy malo he tenido que hacer para que mamá no haya vuelto a llevarme al parque, con lo bien que yo me lo pasaba allí, corriendo y corriendo sin parar. Me he quedado sin amigos. Mamá dice que no es culpa mía, que culpa mía es destrozar a mordiscos la pata de la mesa, y que no vuelva a hacerlo, pero esto, no. Yo no sé qué pensar.

Mamá dice que no me preocupe, que vamos a salir todos los días a hacer pis y caca, y dentro de un tiempo, podré volver a jugar con mis amigos. Y seguro que es verdad, pero, mientras tanto, voy a procurar no morder los muebles, por si acaso tiene algo que ver con esto.

Diario de Pepín. Día 113

Dice mamá que ya voy siendo persona, que se nota que pronto voy a cumplir un año. Supongo que lo dice porque, poco a poco, yo voy entendiendo lo que ella quiere y ella ha aprendido a pensar por delante de mí, sabiendo cómo se las puedo liar. Ahora me llama desde lejos cuando salgo disparado detrás de otro perro en el parque y, asombrosamente para los dos, vuelvo corriendo hasta ella como si fuera un loco. Digamos que todo lo hago con mucha energía, pero me va obrando un poco el juicio, eso dice ella.

Todavía me falta mejorar en lo de no lanzarme a las bicis que pasan por mi lado y a los que van corriendo por la calle, pero es que todavía me cuesta entender que, aunque se muevan, no quieren jugar conmigo. Yo me esfuerzo y mamá me lo agradece con mimos, con abrazos, y también con galletitas.

En lo que estamos completamente atascados en lo de no comer cosas del suelo. ¡Es que hay tantas! ¡Y huelen tan bien y están tan ricas! Reconozco que, en eso, como dice mamá, sigo asilvestrado. A lo mejor es que no basta con cumplir pronto un año, a lo mejor es que hay que ser muy viejo para dejar de comer cosas del suelo y por eso yo no puedo sujetarme; que yo veo que hay perros por la calle, muy tranquilos, que pasan al lado de los trozos de bocadillo o de restos de patatas fritas y, como si nada; y yo salgo como una flecha en cuanto me llega el olor. A lo mejor, con un poco de tiempo, consigo escuchar a mamá todas las veces que me dice “no”, porque ahora, la verdad, hay muchas veces que ni me entero.

Diario de Pepín. Día 112

Mamá dice que tengo los ojos como las cuentas de un collar. Y que son como el azabache. Yo no acabo de entender qué significa eso del azabache, pero debe ser bueno a juzgar por la cara que pone mamá cuando lo dice.

También dice que yo no tengo conciencia de mi tamaño y que por eso me lío como un loco a jugar con perros que son muchísimo más grandes que yo. Yo no entiendo qué es eso de la conciencia, pero supongo que los perros no la necesitamos porque para eso nos fijamos mucho al vernos, nos olemos y ya sabemos que podemos revolcarnos y mordernos sin daño hasta que nos quedemos sin fuerzas.

Yo sé que mamá todo esto lo dice porque me quiere mucho pero, claro, ella no es un perro, y, por mucho que se esfuerce, se le nota un poco.

Diario de Pepín. Día 111

Si yo supiera contar, como mamá, sabría exactamente cuántos días llevo sin ir a trabajar. Yo solo sé que son muchos. Una mañana, mientras mamá se ponía el abrigo para salir, yo agaché las orejas, me hundí un poco más en mi camita y la miré con ojos tiernos; y mamá no tuvo corazón para ponerme el arnés. Bueno, yo creo que también influyó eso que ella dice de “que me pongo empachoso”. Por las tardes, cuando llevamos mucho rato trabajando, yo quiero que me coja un poquito –me gusta mucho estar subido en sus piernas y apoyarme en la mesa y en su brazo mientras escribe en el ordenador- y también quiero salir con mis amigos, que pasan por la puerta de la oficina camino del parque, y entonces voy y vengo cincuenta veces -ella dice que cincuenta, yo solo sé que son muchas veces- desde la puerta a las piernas de mamá, que me riñe y me pide que me baje, y acaba diciendo eso de “no te pongas empachoso, Pepín”. Eso me dice.

Diario de Pepín. Día 110

Cuando ya crees que lo has visto todo y los paseos se limitan a comprobar que todo sigue oliendo como debe oler, vas y te llevas una sorpresa. Debe ser porque soy joven y las cosas pasan lentas  y  necesitan de más tiempo que el que yo llevo aquí. ¿Cuántas cosas me quedarán por conocer aún? No sé si a mamá, que es muchísimo mayor que yo, le quedará algo por ver aún por primera vez, pero supongo que sí, porque yo no le veo cara de aburrida.

El caso es que esta mañana la hierba era casi toda blanca. Ha habido días en los que la hierba brillaba con lucecitas diminutas, casi transparentes, y estaba dura y fría, pero hoy, no; hoy estaba blandita y blanca, cubierta de una capa de algo frío que mamá dijo que era nieve. Nieve. Yo nunca había visto la nieve, pero me gusta. Me he pasado rato y rato oliendo –nada olía igual que otros días- y metiendo las narices en la hierba, pero, en vez de comérmela como otras veces, le he pegado unos buenos lengüetazos a la nieve que la cubría. Era como cuando mamá me deja chupar un palo de helado. Mamá ha esperado pacientemente viéndome disfrutar y luego se ha reído porque hasta mi morro se ha quedado nevado por un momento. Después hemos seguido caminando, como otros días, aunque un poco más lentos, porque dice mamá que ella ya se ha caído en el hielo y no quiere repetir.