Diario de Pepín. Día 67

Por las mañanas correteo muchísimo porque, cuando salimos a caminar, apenas hay gente en la calle, aunque sí que me encuentro con perrillos que salen a dar una vuelta, como nosotros. Incluso me encuentro con los  mismos perros y  nos saludamos y nos olemos y damos unas vueltas alrededor de la correa. Lo peor es que, por la mañana, huele a cosas de comer en muchísimos sitios; en el parque, alrededor de las papeleras, en la calle, donde ahora no hay mesas ni gente pero por la tarde sí; y quedan en el suelo muchos trozos de pan y de bocadillos y de bolsas de fritos que huelen de maravilla… y mamá no me deja coger nada. Me va riñendo y dando tirones todo el tiempo y, cuando puedo hincarle el diente a algo, me mete los dedos en la boca para sacármelo. Solo me deja coger algún vaso de plástico, que se dobla cuando lo muerdo, y puedo corretear un rato con él en la boca. Entonces voy feliz, más chulo que un ocho, y la gente me mira sonriendo.

El parque, ahora, está desierto, solo podemos entrar y salir de él por un sitio que no tiene alambrada. Da gusto corretear y oler sin que nadie te distraiga. Me concentro tanto en el trabajo que, de vez en cuando, tengo que levantar la cabeza para ver si mamá se ha perdido. Menos mal que ella me espera.

Diario de Pepín. Día 66

Ya estoy bien, pero he tenido mala la barriga. Mamá tiene razón cuando dice que no hago más que comer guarrerías, y algo comí que me hizo daño. Por la noche me puse muy revuelto y tuve que hacer caca aunque no eran horas ni nada. Así que me levanté de la cama y me fui a hacer caca en la ducha. Mamá no me riñó, solo dijo que había cagado una tirita, y que menos mal que la había cagado. Luego ya me he entrado hambre y he estado bien.

Diario de Pepín. Día 65

Mamá dice que me puede el ansia; y yo creo que tiene razón. Cuando llego a casa, a mediodía, busco como un desesperado a Sofía para perseguirla por casa y jugar con ella. Me pueden tanto las prisas que la mitad de las veces no me doy cuenta de que ella está subida en el taquillón de la entrada y ni siquiera la veo porque entro como un toro, sin levantar la cabeza. Entro como una bala y me pongo a buscarla por las habitaciones mientras ella está tan tranquila. Eso sí, cuando la veo, echó a correr detrás de ella, o, según se tercie, porque, a veces, se frena en seco y le paso por encima.

Pues, en una de estas, ella corrió a esconderse debajo de la cama y yo, que no me meto debajo porque me saca las uñas y no tengo espacio para escapar, me pasé de frenada y me subí  encima. Encima de la cama. Y mamá estaba allí, observando lo que hacíamos con unos ojos como platos.  Yo quise disimular pero mamá se echó a reír y me dijo que era un sinvergüenza y que ya no iba a dejarse engañar.

La verdad es que me gusta poder llegar yo solo a los muñecos y, además, como Sofía se sube a la cama para escapar de mí, pues así un sitio menos que tiene; pero me gusta más que todas las noches mamá me coja en brazos y me suba a la cama para dormir con ella. Y, eso ya, no sé…

Diario de Pepín. Día 64

Hay ratos que no me aguanto ni yo. Esto de ser cachorro y tener que crecer es muy complicado. Tengo ratos que estoy tranquilo y camino olisqueando pero sin forzar la marcha o correteo feliz con algo que he encontrado en la boca y soy una buena compañía para mamá, pero otros me vuelvo un manojo de nervios, mamá tira de mí y se enfada porque me apalanco en un sitio y no quiero moverme, o me pongo rabioso y no paro y quiero morderlo todo.

Mamá dice que deben ser los dientes y yo creo que no le falta razón. Cuando me duelen querría hasta morder piedras para no sentirlos, aunque se me cayeran a trozos. Yo no entiendo lo que pasa con los dientes; si he nacido con todos los huesos, con mis patas, mi rabo, mis uñas, y todo va creciendo conmigo ¿por qué he nacido con unos dientes que no valen y me los tienen que cambiar por otros nuevos que duelen tanto? Maldita la gracia que me hace este error de cálculo, podía haber nacido con los buenos y que fueran creciendo a medida que yo lo hago.

Diario de Pepín. Día 63

Lo de levantar la pata para hacer pis, bien sabe Dios que no me sale de natural, pero lo de subirme a la cama de un brinco… Si soy capaz de subirme a las piedras que bordean la hierba del parque, que en algunos sitios son altísimas, también soy muy capaz de subirme a la cama de mamá. Lo que pasa es que no quiero, prefiero llegar a la alfombra y ponerme de manos en el borde de la cama para que mamá me suba. Yo creo que ella no se ha dado cuenta todavía de que lo hago a propósito; yo creo que puedo aguantar así algunos días más.

Hoy no hemos podido ir al parque de todos los días, porque todas las entradas estaban valladas. Yo podía entrar por debajo de una alambrada, pero el hueco era muy pequeño para que pudiera pasar mamá. Seguro que cuando llegó Max tampoco pudo entrar porque él es muy grandote. Entonces, mamá me llevó por otras calles con parques pequeñitos que tenían un montón de olores nuevos y apenas tuvo que reñirme por quedarme  como un mojón en cualquier esquina, porque tenía tanto que oler que iba corriendo de un lado a otro.

Diario de Pepín. Día 62

Lo que no puede ser es que mamá haya comprado la camita nueva y Sofía se la haya cogido como suya. Que ella tiene otra que es solo para ella, como una especie de hamaca que a mí no se me ocurre tocar porque está un poco levantada del suelo, y, además, ella se tumba en la mesa grande del salón, y encima del radiador y en todos los sitios altos que, por esa razón, son sitios de gatos y no de perros. ¡Hombre, y que, desde que trajo mamá la cama nueva, se planta en el medio y no hay quién la mueva de allí! Que mira que podíamos estar los dos, pero no, ella, en el medio. A mí me encanta estar en el sofá al lado de mamá, pero me fastidia ver que, aunque quisiera, no podría estar en la cama nueva. Tan harto me tiene, que, una de las veces que me he despertado, sin que Sofía tuviera tiempo de reaccionar, he dado un salto desde el sofá y me he plantado en la camita. Casi le caigo encima y, ha sido caer yo y salir pitando ella. Hasta mamá se sorprendió, pero se dio cuenta de la jugada, claro.  

En realidad yo paré poco, muy poco, allí; pero, al menos, le enseñé a Sofía que las cosas no son suyas porque sí, y que está muy acostumbrada ella a esquivarme cuando corro detrás porque, de un salto, se sube a los muebles y me deja chafado pero, en el suelo, somos los dos iguales, incluso yo soy un poco más igual que ella.

Antes…
Y después…

Diario de Pepín. Día 61

Hay días que pasan como sin darse cuenta, como si fueran la continuación del anterior y la promesa del siguiente en una cadena de eslabones iguales. Y luego hay otros en los que parece que no toco el suelo con las patas, en los que avanzo tanto, tanto, que me da un poco de vértigo mirar para atrás.

Pues hoy es un día de esos de ir volando. Lo fue el día en que, sin más, pude aguantar mi vejiga hasta que mamá me sacó a la calle, y el día que pude subirme al sofá de un salto tan grande que parecía imposible porque no tenía alas, y el día en que, viendo las chanclas de mamá a mi alcance, decidí que era mejor jugar con los peluches.

Pues hoy, al hacer pis en la hierba, he levantado la pata trasera izquierda. No ha sido mucho, no; luego he vuelto a hacer pis y he hecho como siempre, apretando los riñones y poniendo cara de circunstancias. Levanté la pata como sin querer  y dudando de que pudiera mantenerme sobre tres patas; de hecho, la bajé en seguida, pero eso no cambia las cosas: la levanté, como hacen los perros grandes.

Y, para rematar, al llegar a casa, mamá fue a cambiarse de ropa al dormitorio y, de pronto, como una aparición, me vio frente a ella, sobre la cama. Sobre la cama. Todavía no sé cómo pude subirme yo solo, si es altísima. Bajarme ya llevo mucho tiempo haciéndolo, pero subirme era impensable para mí; hasta hoy. Voy de sorpresa en sorpresa.