Contigo

-¡Si yo estuviera ahí, contigo…!- Lo dijo casi sin darse cuenta, apenas fue un pensamiento que buscó salida en los labios como por impulso, por la necesidad de hacerse escuchar, de que él la oyera. Incluso ella misma se sorprendió aunque, inmediatamente, repitió las mismas palabras, esta vez para los dos, arrastrando un poco más el final de la frase, para que perdurara el deseo de compartir con él.

Compartir es un verbo difícil, pensó, siempre cojo e inacabado, siempre desmedido e inabarcable, siempre anhelante y siempre insatisfecho. Compartir, pensó, es un verbo solitario, que se alimenta de sueños.

Sombra y luz

Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.

Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.

Superman

Al Doctor Folly, eminente psiquiatra, le costó mucho, muchísimo –en realidad, habría que hablar de que tuvo muchas dificultades, porque, costar, costar, al que le costó fue a su paciente- convencer a aquel hombre de que, aunque él se sintiera un héroe con aquella ropa, con una fuerza extraordinaria que le situaba por encima del bien y del mal, e imbuido de una curiosidad extrema que le permitía explorar nuevos universos, lo que, en realidad, llevaba, eran unos calzoncillos rojos por fuera de una malla azul cielo, y eso podía hacerle pintoresco pero, desde luego, no le convertía en un héroe. Le costó mucho meterle en la cabeza a aquel hombre que no se podía ir salvando gente por la calle, gente que, la mayoría de las veces ni siquiera se sentía en peligro hasta que él llegaba, que eso podía ser bueno para su ego, pero desestabilizaba un tanto al personal que, sintiéndose objeto de atención de un héroe, sin haberse reconocido previamente la necesidad, empezaba a visitar al psiquiatra para liberarse de la víctima que llevaban dentro.

Pero lo que más dinero le costó a aquel paciente, y más esfuerzo y dedicación necesitó del eminente Doctor Folly, fue conseguir que aquel hombre se reconociera sin disfraz, que se mirara al espejo cada mañana, aún con legañas y con ese tacto de madera en la lengua, y se supiera un héroe cotidiano, capaz de sacar ilusión de la mirada de la gente anónima en la calle, de dibujar emociones sin tener que provocar un tornado, de sentirse, aun con aquella pinta matutina, capaz de salvarse a sí mismo cada día, y, sobre todo, capaz de dejar que le quisieran. Esto fue lo que más le costó al Doctor Folly.

La culpa

Asunción tiene menos años de los que aparenta, su falta de detalle en el vestir, su pelo desteñido y ese rictus que le arrastra la boca hacia abajo, la hacen parecer una mujer vieja. Asunción es de pocas palabras, y nunca habla por propia iniciativa, contesta, cuando lo hace, con frases cortas y en un tono desabrido, como toda ella. Pero no siempre fue así.
Amadeo, el marido de Asunción, es amable con ella a pesar de su carácter; también es amable con los vecinos, siempre dispuesto a echar una mano, siempre servicial; nadie recuerda haberle visto borracho y todos hablarían bien de él si acaso alguien preguntara. Pero no siempre ha sido así.
Asunción y Amadeo se conocieron en las fiestas del pueblo de ella, cuando los muchachos de los pueblos vecinos se acercaban al baile y a los bares a ojear a las mujeres, a provocar a los hombres y a presumir de sus conquistas. Asunción y Amadeo tenían 18 años entonces, hace muchos años ya, y los dos rebosaban fuerza y ganas de vivir. Lo suyo no fue fácil, porque ella andaba entonces ocupada con un novio que, además de a ella, le gustaba también a su familia, y la oposición de sus padres, cuando se percataron de la presencia de Amadeo en el corazón de la hija, solo se vino abajo ante la vergüenza de un embarazo que nadie deseó. Cuando Manuel nació, tanto los abuelos paternos como maternos se ablandaron y perdonaron, todos veían en los rasgos del niño los suyos propios y Amadeo y Asunción eran tan jóvenes y tan inexpertos que dejaron que el niño fuera creciendo como el trofeo de cada uno de ellos.
No es posible saber si fue el miedo a la responsabilidad, el exceso de juventud, la ingerencia de las familias o un poco de todo, pero, cuando Manuel aún tenía lengua de trapo, Amadeo buscaba ya con frecuencia el desahogo y la perdida libertad en otras mujeres que no eran la suya, y Asunción se pudría en medio del dolor sin saber qué hacer para retenerle a su lado. La desesperación la llevó, de desear a su marido, a desear hacerle daño, su herida solo se restañaría con una herida peor, y una noche en que Amadeo regresó de madrugada, oliendo a cerveza y a un perfume que no podía ser el suyo le mintió con los puños apretados hasta hacerse sangre en las palmas de las manos que Manuel no era hijo suyo, sino del novio que tenía cuando él empezó a rondarla. No hubo más gritos aquella noche, ni en los días siguientes, sólo dos fieras enjauladas haciéndose daño en silencio.
Al cabo de unos días, el niño, harto de la falta de atención que le prestaban los padres, comenzó a lloriquear desde el descansillo de la escalera porque quería salir a la calle; del lloriqueo pasó a los chillidos y al pataleo hasta que Amadeo le gritó a Asunción que hiciese algo para callar “a tu hijo”-dijo-, y escupió las dos palabras como si fueran veneno. Ella no se inmutó, continuó de pie fregando los cacharros, de espaldas al marido. Por eso no lo vio, no pudo ver como Amadeo se levantaba con rabia, se ponía al lado del niño –más bien, sobre el niño- y le gritaba que se callara. Manuel, al contrario, enfadado por la falta de costumbre de que le negaran algo, y asustado al ver a su padre gritándole desde su estatura de gigante, arreció el llanto hasta que la manaza de Amadeo le volteó la cara y le desequilibró el cuerpo. El niño rodó escaleras abajo, y los gritos cesaron en ese mismo instante. Por un momento, Amadeo y Asunción lo vieron caer, incrédulos y paralizados, hasta que los dos corrieron atropelladamente hacia el hijo inmóvil.
Los dos dijeron que había sido un accidente; sin tener que hablarlo antes, los dos contaron que el niño era travieso y había aprovechado el momento en que ninguno de los dos lo vigilaba para bajar la escalera. Los vecinos contaron que querían tanto al niño, que era tanto su dolor, que ni el padre ni la madre fueron capaces de llorar; los dos, secos y heridos de muerte. El día del funeral se miraron como pudieron, y los dos admitieron sin decirlo que nos les bastaría el resto de su vida para librarse de aquella culpa compartida. Jamás volvieron a hablar de Manuel, ni volvieron a ocupar el piso de arriba –nos sobra espacio aquí abajo, dijeron-.
Cuando Asunción se despierta desencajada al oír en sueños el llanto del niño, Amadeo acude solícito hasta ella y la abraza sin ternura hasta que se tranquiliza, sin decir una palabra. Cuando es Amadeo el que tiene pesadillas y se levanta y camina como un loco por la casa con las manos cubriendo sus oídos, ella se acerca y se las coge entre las suyas para calmarle. Viven juntos los dos, ayudándose a morir lentamente, sin separarse nunca, para no tener nunca un momento de desahogo, un momento de olvido.

El moco

-¡No! ¡No hagas eso!
El grito de su madre le paralizó, se giró hacia ella con la serenidad de un niño de tres años y vio como ella se le venía encima como un vendaval, le sujetaba con fuerza la muñeca, lo arrastraba hasta la encimera y arrancaba una porción de papel de cocina para limpiarle las narices y la mano que tenía el moco colgando.

-¡¿No te habrás comido más?!- sin duda su madre estaba nerviosa aquel día, no podía ser que gritara así sólo porque él se había sacado de la nariz un moco medio seco. Es verdad que ya se había comido uno, pero estaba solo cuando lo había hecho, ella no lo había visto. También había chillado su madre cuando, hace meses, le vio limpiándose el dedo pringoso en la pared y dejando allí un moco que, al cabo de unas horas ya parecía una mosca disecada. No entendía por qué estas reacciones, los mocos salían de su nariz, eran algo suyo, o, más bien, él los encontraba allí cuando hacía prospecciones de búsqueda, no olían mal, como la caca o el pis, que también salían de él pero de muy malas maneras, y, además, si estaban tan cerca de la boca, qué importancia podía tener que se los comiera. Sólo sabían un poco salados y le gustaba aplastarlos con la lengua.

Había revivido la escena, esa y otras parecidas, en esa ocasión y en otras muchas a lo largo de sus cuarenta años, con la misma intensidad, con la misma frescura de entonces. Sacarse los mocos de la nariz cuando estaba sólo se había convertido en una forma de afianzar su individualidad a lo largo de los años, y comérselos, en una forma de rebeldía contra su madre y contra todos. Es verdad que, en los últimos meses, se había reconciliado un poco con la vida y liberaba su nariz con un gesto maestro del pulgar izquierdo, ayudado, a veces por el índice, pero ya no sentía el impulso de saborear el botín, de modo que siempre había un pañuelo de papel al lado para hacerse cargo. Recordó aquello mientras conducía por aquella carretera sin tráfico, su madre violentada echándose literalmente sobre él, y lo recordó, no sólo porque un rato antes había visto al menor de sus hijos reproduciendo la escena y no había tenido valor para recriminarle, hasta tal punto lo entendía, sino porque, cuando miraba atentamente el moco que a él mismo le colgaba del índice izquierdo mientras hábilmente sujetaba el volante con la mano derecha, vio como le adelantaba en la carretera el BMW de su vecino y éste le saludaba jovialmente al reconocerle. No pudo buscar el pañuelo, no sintió el impulso de abrir la boca y tragar, ya no, tan solo pudo reaccionar pegando apresuradamente el moco en el volante, saludando cortésmente como manda la buena educación, y limpiando después la mosca disecada, como habría ordenado su madre.

El abrazo

Sintió su mirada desde atrás, como si una mano invisible le tocara el hombro para llamar su atención, como si una voz tranquila susurrara al oído su nombre, te conozco, he venido a ver tu exposición, he venido a verte… Apenas había cambiado, supo entonces que no había cambiado en esos años, que ya era así en su memoria escondida y ahora, otra vez, la estaba mirando desde la paz de sus ojos verdes, como entonces, y, como entonces, volvía a pararse el tiempo y nada existía a su alrededor. Le tendió los brazos con una sonrisa, con un gesto acogedor que no dejaba lugar a dudas y ella vio como sus propios brazos se levantaban hacia él, dóciles y obedientes, como si eso fuera parte del orden establecido, y volvió a zambullirse, volvió a aferrarse a un tronco que le permitía navegar por todos los mares, volvió a escuchar su respiración solapada a la de él y a sentir el olor a pan reciente de su cuerpo. Cerró los ojos, emocionada al saberse tan frágil y tan fuerte entre sus brazos y cuando él aflojó la presión y la separó un poco de sí para mirarla, ella sólo supo ver la vida que tenía por delante.

Cojos

Él cojea de la pierna izquierda. El dolor empezó poco a poco pero sin ánimo de parar y, ante lo irreversible de la situación, decidió apoyarse en un bastón. Y así anda en los últimos tiempos, que si éste es endeble, que si éste hay que cortarlo porque voy colgado de él, que si en éste me resbala la empuñadura y me voy a caer por su culpa…
Ella renquea de la pierna derecha. Acostumbrada después de tantos años, ni siquiera se da cuenta de que la mayoría de la gente camina sin ese balanceo que ella ya tiene asumido como propio; se ha negado siempre a usar bastón y así seguirá mientras pueda, cojitranca.

Ni siquiera me di cuenta de que eran ellos hasta que les tuve a la altura de mis narices, no les conocí porque no les anunció en la distancia el bamboleo de costumbre; no supe ver desde lejos que los dos cojitos iban de la mano y se bastoneaban uno al otro para no caer. Y se miraban sonriendo.