Yo no entendía cómo era posible que las esquinas y los
árboles olieran a pis, hasta que vi a un perro meando contra una farola con la
pata levantada. Era un perro muy grande, y su meada llegó tan alta que yo tuve
que empinarme para llegar a olerla. Entonces comprendí que si yo meaba siempre
apretando riñones, solo podría orinar en la hierba o en el borde del árbol o en
la acera, pero nunca desde arriba. Así que llevo un día entero ensayando a
levantar la pata para mear. Y más de la mitad de las veces que orino o marco el
terreno, ya lo hago así, levantado la pata; bueno, las patas, unas veces una y
otras veces otra, según cuadre a qué lado me queda la farola o la esquina, que
no voy a darme yo la vuelta para levantar siempre la misma.
Yo creo que en cosas así se nota que voy haciéndome grande,
grande de edad, se entiende. Y en que, a veces, me dan unos repentes que no
puedo controlar, como el otro día en el parque, que no pude menos de ponerme
encima de un perro más o menos como yo de grande y empezar a empujar con todas
mis fuerzas mientras lo tenía abrazado por detrás. El perro protestó un poco,
pero todos los papás que estaban allí se rieron. Yo no creo que hiciera el
ridículo, porque otros perros también lo hacen y sus papás no se ríen de ellos.
Mamá no se rió, abrió mucho los ojos, como cuando se lleva una sorpresa, y
luego me quitó de allí porque dijo que al otro perro no le hacía gracia que yo
estuviera “dale que te pego”. Eso dijo. Yo no sabía que lo que yo estaba
haciendo se llamara así, “dale que te pego”. Cada día aprendo cosas nuevas.