Las veo salir de su clausura, siempre de dos en dos, con sus caras redondas asomadas a la ventana blanca de su toca negra, bajo un hábito negro también, del que solo asoman unos pies bailarines que, se me antoja, juegan al escondite esquivando las sayas. Me gusta pensar que una de ellas es la que sabe adonde van y la otra la que sabe lo que tendrán que hacer cuando lleguen, dondequiera que sea; y por eso necesitan ir juntas. También por la mañana, cuando aún las calles están desiertas, salen de a dos y, con las bolsas de basura en la mano, atraviesan la calle hasta los contenedores, bulliciosas y sonrientes, vestiditas totalmente de blanco, juguetonas como dos niñas que se escaparan en camisón.
Autor: AdelaVilloria
Basura
Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, ella y su hermano colocaron como pudieron todo lo que habían recogido en las bolsas arrugadas. La salida nocturna era ya una rutina aunque, en realidad, cualquier momento del día era bueno porque nadie respetaba los horarios para sacar la basura. Decididamente no le gustaba esa palabra, la mayoría de la gente se equivocaba, y se equivocaba casi todos los días, porque no era posible que dejaran allí, sin equivocarse, todo aquello que su mamá transformaba después en el menú del día. ¿O sería que las hadas existen en realidad y mamá era una de ellas?
Teresa
Teresa es alegre como unas castañuelas. A la primera de cambio y sin que le preguntes te cuenta que tiene seis hijos, que la más pequeña acaba de empezar la escuela y que, todos juntos, le dan mucho trabajo; que el mayor se llama como su marido y la más pequeña como su tía Isabel, que vive a pocos metros de su casa y le echa una mano con los chiquillos. De pronto se agonía porque es la hora de las meriendas y no sabe por donde andan, y quiere llegarse hasta la puerta del colegio para recogerlos y que no se le extravíen.
Teresa tiene 82 años. Pero ella no lo sabe.
Volando, al fin.
-Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost… Claro que, sin equipaje ni billete de vuelta, no creo que vaya a haber overbooking. Aquí llega un rezagado de última hora; parece un padre de familia, el típico empleado de banca o vendedor de coches. Míralo, desencajado… un infarto, seguro. Tranquilo, hombre, a ver si ni siquiera va a ser tu vuelo… A ver si te pasa como a mí que, por dos veces, sentado ya y hasta con el cinturón puesto, me hicieron bajar del avión.
-Perdone, caballero, pero no está en nuestra lista de pasajeros…
-¡A mí qué me cuentan, uno es novato hasta para esto!. Esta vez, no; esta vez me he asegurado de no perder el vuelo; lo único molesto es este nudo corredizo que me aprieta el cuello. Ni tragar saliva me deja”.
-Señoras y señores pasajeros, el comandante Muerte les da la bienvenida a este vuelo con destino a ninguna parte…
Domingo de otoño.
Alfonso cogió los bártulos y se subió al coche para volver a casa. Pensó, como cada domingo que salía de hacer una guardia, que hacía un día magnífico para regresar y para descansar, para andar a su aire, y aquél sí que era, en realidad, un precioso día de otoño, lleno de luz y de ocres. La rutina de los viajes le empujaba a fijarse en los detalles; los cambios en el paisaje, el pastor que, cada domingo a la misma hora, caminaba por la orilla de la carretera, los vehículos parados en la fuente, los que aprovechaban las primeras lluvias para recoger setas, y algunos cazadores con sus perros. Sobre uno de los puentes de la autovía vio a un cazador cargado con su escopeta y, a medida que se acercaba, reconoció el movimiento de tres perros. Alfonso vio al hombre girarse y mirar el coche, nadie más circulaba en ese momento, y, al cabo de unos segundos, le vio plantarse tras la barandilla y subir la escopeta hasta el hombro. Notó que se le encogía el estómago cuando intuyó el disparo, e, incrédulo aún, se dejó invadir por aquella sensación de calor y dejadez que le llenaba por completo. Cuando el coche se estrelló contra uno de los pilares del puente, Alfonso ya no respiraba y el cazador había desaparecido con sus perros.
Al día siguiente el periódico daría la noticia como un accidente de caza, un conductor muerto por un tiro perdido. Solo dos personas en el mundo sabían de verdad lo que había pasado, pero una estaba muerta y la otra no tenía ninguna intención de contarlo. Y los perros no hablan.
Un día más
Se apoya en un bastón demasiado alto que coloca un poco oblicuo al caminar y casi arrastra en la otra mano una bolsa de plástico con muchas vidas, vacía y arrugada. Mira al suelo de cerca -los años siempre se posan en la espalda y doblan a uno por la mitad y le agarrotan las piernas, hinchadas y torpes-, se acerca a la frutería de la esquina y mira y remira el género y hasta toquetea un melocotón mientras el muchacho del puesto de fruta hace como que no la ve. El bastón, la bolsa, el monedero y la vista cansada son demasiados enemigos juntos y por eso ofrece la cartera al muchacho, mirándole a los ojos, y él mismo coge las monedas y también le cuelga la bolsa preñada en la mano izquierda. Se gira lentamente y comienza a caminar mientras la mirada protectora del frutero la acompaña hasta que libra la acera.
Cine
Llegar a pie, como parte de una liturgia; rechazar las palomitas y la coca-cola aguada y adentrarte en la sala como en un refugio acogedor, medio en sombras… Y viajar hasta el fin de muchos mundos para volver siempre, un poco esquizofrénico, un poco tú, y un poco ellos.
Crisis
Yo soy como todos ustedes. O mejor sería decir, “yo era como todos ustedes”. Yo llevaba trabajando en una empresa familiar más de veinte años, con un sueldo modesto, pero seguro. ¿Modesto? ¿Se le puede llamar modesto al salario mínimo más algún complemento?. No, ni hace cinco años, ni ahora mismo, se le puede llamar modesto a eso. Lo que pasa es que yo siempre he sido muy ahorradora, muy mirada para no gastar y apañarnos con poco en casa, que eso lo aprendí de mi madre, que en paz descanse, que pasó la guerra y se acostumbró a guardar para cuando vinieran tiempos peores… Tiempos peores, pero, ¿tan peores?; ¿tan peores como estos que estoy viviendo ahora…?
Cuando empezó la crisis, todo se precipitó. Yo me apañaba con mi sueldito, pero me despidieron, y el paro se terminó, y mi hijo cerró el negocio que tenía, que tenían, porque trabajaban los dos en él y ahora son dos parados a la vez, pero sin paro, porque trabajaban por su cuenta; y yo, con mi casa avalando su negocio, y ellos, fuera de la suya porque no pueden pagar su hipoteca…
Lo que parece negro un día, se vuelve gris oscuro al día siguiente, porque cada día es peor que el anterior. No me quejo, porque salud, tengo. De momento. Ellos buscan trabajo entre las piedras, más que trabajo, cosas que poder hacer, algo que permita traer dinero a casa para poder vivir, y yo, limpio casas cuando me llama alguna vecina, pero este barrio es pobre, cada uno tiene que limpiar su propia mierda, y en las empresas no quieren viejas como yo, que se doblan de dolores cuando se machacan.
Hoy he salido a pedir a la calle, porque vamos a comer unas patatas viudas y a la noche no sé qué vamos a cenar. Sí, ya hemos ido a un comedor social, pero tampoco podemos ir todos los días, hay demasiada gente todos los días. No dan abasto.
Yo ya he perdido mi dignidad; no saben ustedes cómo se van bajando escalones hasta el pozo donde estoy. Primero te asustas por lo que pueda venir, luego te enfadas, te enfadas muchísimo con todo y con todos porque no es justo y tú no te lo mereces, y quieres exigir tus derechos, que todo el mundo tiene derecho a vivir siendo honrado, y quieres quemar en una hoguera a todos los políticos corruptos que roban con tanto descaro, y la rabia te va nublando el cerebro…pero luego ya te vas resignando, como si fuera natural que te den golpes, y tu los aguantes sin protestar.
He entrado en un supermercado a pedir a las clientas, y me han mirado con dolor, lo he visto en sus ojos, y me han comprado leche y pan y arroz, y se me han llenado los ojos de lágrimas y de agradecimiento. Luego he entrado en el bar de la esquina; había dos hombres tomando un café, cada vez hay menos gente, a todos nos va peor…Uno de ellos no ha querido mirarme siquiera, seguramente le asusta darse cuenta de que alguien como él, yo soy alguien como él, puede necesitar pedir para comer, y prefiere cerrar los ojos y negar la evidencia. El otro me ha mirado con miedo, como si fuera a contagiarse, y me ha puesto un par de euros en la palma de la mano, sin levantar la mirada. Le he dado las gracias; he recogido un cruasán que me ha envuelto el camarero en papel de aluminio y he salido de allí. Despacio, pero con la cabeza alta.
Lluvia
Llueve. Él solía decir que los paraguas deberían ser siempre negros. Ella sale de casa envuelta en un impermeable y, ya en la puerta, mira al cielo y abre un paraguas amarillo. Sonríe.
Novela negra.
Ninguno de los dos cumple ya los setenta. Caminan por la acera, esquivando gente más joven y más resuelta que, sin duda, va hacia alguna parte. Él, un paso por delante, ella, más pegada a la pared, y, junto a ambos, un mozo de hotel, con uniforme negro y ribeteados blancos, que lleva una maleta grande y pesada. En la manga, una etiqueta de tela bordada donde se lee “Gran Hotel”.
Los viejos pasan junto a la librería y se paran, primero él y luego ella, a mirar un enorme cartel que anuncia un certamen de novela negra. La novela ganadora se multiplica muchas veces alrededor del cartel y en la estantería. En la cubierta se lee el título enmarcando una fotografía en sepia, donde puede verse a una pareja de ancianos que llega a un hotel de lujo, acompañados de un mozo uniformado que acarrea una maleta.
