La lucha

La balsa flota a duras penas en mar abierto, muy lejos de la playa y lejos, también, de cualquier refugio, a merced de la tormenta, a merced del pánico. Nada existe ya, ni la miseria ni la esperanza que los ha empujado hasta el mar; tan solo la necesidad violenta de no volcar, de no dejarse engullir por las olas. Dejar atrás esta muerte para alcanzar otra vida y otras muertes.

Solo

Cuarenta y cinco años casados y dos de novios, que se dice pronto. Y, de todo este tiempo, juntos prácticamente siempre, que, hasta para parir, se paría en casa y la mujer no salió al hospital. Hasta hoy.

La mujer le dejó comida para una semana y recomendaciones para un vida entera, y se fue con lágrimas en los ojos a casa de los hijos, para operarse de aquel bulto en la matriz. Ella iba a estar mejor cuidada y él debía quedarse a cuidar de la casa y del ganado, que no entiende de enfermedades ni operaciones. Y allí estaba él, cumpliendo rigurosamente con los horarios y las tareas de cada día, como si nada;  hasta que llegó la noche y se vio solo, y miró a su alrededor, y pensó en la cena y encendió la chimenea… y se puso a cantar, sentado a la lumbre, unos fandangos de Huelva que aprendió cuando la mili. Y hasta las palmas tocaba para acompañarse.

Cien veces

Había escrito cien veces: te quiero. Se apartó un poco, miró la hoja emborronada por las lágrimas y respiró hondo.  Cogió la pluma y escribió de nuevo: te quiero, y, dos segundos después, añadió despacio: olvidar.

De fatigas

Cuando llevaba algún tiempo agobiado, la fatiga se apoderaba por completo de él, caminaba como movido por un resorte, eficaz pero rígido y poco armónico, y su voz se tornaba monocorde. No discutía por economizar fuerzas, pero tampoco se entusiasmaba con nada; él solía decir que se quedaba como en estado latente, esperando que la vida regresara de nuevo.

Decidió hacer un alto en el camino y comerse el bocadillo que había comprado a media mañana. Se sentó en el respaldo de un banco de madera -los pies en el asiento-, sacó el paquetito de la mochila y empezó a desenvolverlo con cuidado. En el papel, una gran boca sonriente de color azul estaba rodeada de un texto: «Usted compra comida pero le regalamos una sonrisa».

Lo leyó dos veces más antes de que las comisuras de su boca se parecieran algo a aquel dibujo azul; comió despacio mientras observaba unos gorriones bañándose en el goteo constante de un grifo, en medio de la plazuela. Picoteaban salpicando en un charquito, sobre la piedra, y se esponjaban aleteando bajo aquella ducha improvisada.

Al poco, él dejó de sentir el tacto áspero de la ropa sobre su piel, incluso le pareció que el goteo del grifo le resbalaba por la espalda, como a los gorriones, arrastrando un poco de aquella fatiga. Dio un último bocado y decidió seguir; al bajarse del banco los pájaros revolotearon nerviosos y en seguida volvieron a su juego. Se acercó a la papelera pero en el último momento cambió de idea, alisó el papel como pudo, lo dobló cuidadosamente y se lo metió en el bolsillo.

Otoño

Los barrenderos  no me dejan pisar

las hojas del otoño,

las busco

como los niños buscan los charcos

para chapotear

y ellos me miran amenazantes

cuando les desbarato un montón echándolas al aire;

alguno, incluso me vocea “¡señora!”,

me habla de usted porque cree que estoy loca

y amaga con pegarme…

pero se queda quieto y me mira,

que luego

le da miedo esa locura

capaz de lanzar sueños

al viento.

De miseria.

El pasado le brotaba por los ojos, cercados por miles de arrugas entrelazadas que  ese mismo pasado había ido escribiendo, machaconamente, a los largo de los años. A veces, cuando las angustias del recuerdo le anudaban la garganta, los ojos se le apagaban más, por secos.  Primero había dejado de llorar, cuando el su José y el hijo murieron -sobre todo, bien lo sabe dios, cuando el hijo murió-, no se puede sentir tanto dolor, tanto y tanta impotencia sin que se acaben  las lágrimas; después simplemente fue cuestión de tiempo que los ojos se le quedaran secos del todo, y que el frío de aquella casa vieja de pueblo se le metiera en los huesos y en el alma.

Tenía la costumbre de secarse las manos con el delantal; las manos nudosas como vides, constantemente mojadas y buscando constantemente en el regazo los pliegues del mandil para secarse; y luego se quedaban ahí, al amparo de la tela enrollada. Dejó retorcido el trozo de toalla que le servía de bayeta y salió al corral a por algo de leña para la chimenea;  lo oyó al remover los troncos, a pesar de que ya estaba dura de oído aquel sonido agudo le llegó perfectamente, y lo anotó en su cabeza como un gemido de animal, una cría desamparada y casi recién nacida. Rebuscó un poco, alargando las orejas, y encontró un gatito de poco más de una semana, con los ojos agrisados y mates aún en unos párpados perezosos. Lo cogió con dos dedos, pillándole por el cogote, mientras el animal chillaba muerto de hambre y tiritaba con los pelos de punta; se lo colocó a la altura de la cara y lo miró con curiosidad, recordó que la gata de la vecina había aparecido aplastada en la carretera el día anterior y dio por hecho que aquel bicho chillón era una de sus crías.

-¡Vaya, vaya! ¿qué tenemos aquí? –y el gatito permanecía colgado del aire sujeto por la pinza que, entre los dedos, hacía la mujer. –De modo que tienes hambre y por eso chillas… ¡Pobre, si estás muerto de frío!

No había decidido quedárselo, no tenía que hacerlo, las cosas, en la vida, le habían pasado, sin más. Conoció a José siendo joven y se casó con él porque él se lo pidió, tuvo un hijo porque dios así lo quiso –que ni él, y ella menos, por dios, sabían de modernidades para tener o dejar de tener hijos- y no quería pensar quién había querido arrebatarle a los dos, pero la vida se los había arrancado y ella no había podido opinar ni decidir en contra. Y cada día vivía porque era lo que tenía que hacer, y punto. Y ahora, aquel bicho chillón la había llamado para no morirse de hambre y de frío. Y punto.

-¡Vaya pareja hacemos, muchacho!- Lo metió en el refugio del mandil y lo acarició alisándole el pelo; se enderezó como pudo pero no se llevó la mano a la ringa, como otras veces, ahora ocupada en dar un poco de calor al gatito, que seguía gimiendo lastimosamente.

Entró en la casa y, sin soltarlo, se acercó al basar; cogió un platito y lo llenó de leche, hundió los dedos en el pan y arrancó unas migas que humedeció en el plato y cogió una pizca para dársela al animal. El gatito sintió el olor imperecedero de la lejía en las manos de la mujer y buscó con la boca más que con los ojos, sorbiendo con avaricia la miga empapada en leche.

-Miserias- dijo mientras la lengua rasposa le limpiaba la yema del dedo. Te llamas Miserias, porque eso es lo que nos ha tocado en suerte, a ti y a mí. Come, come…, sí que tienes ganas de vivir…

Algo se le esponjó dentro del pecho y un hormigueo le subió hasta la cara, tensando la piel, pero no sonrió. Le picaron un poco los ojos mirando al gatito que se afanaba en lamer sus dedos, y, de haber recordado cómo, se habría echado a llorar.

De dolor y soledad

Dejó el teléfono a su lado en el sofá, y se encogió abrazando su cintura; el nudo del estómago había empezado a dolerle y sentía nauseas. Se quedó así unos minutos, con los ojos apuñados esperando las lágrimas, pero ni siquiera ese consuelo tuvo. La perra, que había estado ovillada en el sofá mientras ella tenía el teléfono en la mano, la miró levantando levemente la cabeza. Cuando vio que ella se balanceaba doblada aún, se incorporó hacia ella y le puso una pata en el muslo llamando su atención; la mujer pareció resurgir de un mal sueño y miró a la perra con sorpresa, como si acabara de darse cuenta de que no estaba sola, le pasó la mano por la cabeza y el animal respondió aumentando la presión de la pata y levantando el morro para tocar la mano de la dueña. Ella se sintió entonces caminando lentamente hacia un lago en el que adentrarse, un lago de lágrimas que inundó sus ojos, primero lentamente y luego ya de forma atropellada, al ritmo de sus sollozos.

Esta noche he decidido

Esta noche he decidido

morir un poco,

dejar un poco de ser  yo;

dejar de ilusionarme, tomar distancia

de este ir y venir

que me fatiga;

verlas venir, si es que vienen,

pero no buscarlas.

Esta noche he decidido

no cabalgar la cresta de las olas.

Quizás este trocito de mí

que ya está muerto

ocupe más que mi presencia,

quizás el hueco llene más que yo.

Pero morir

es tan triste siempre…

En la esquina de casa

Le temblaban las manos como le tiemblan a los borrachos viejos, pero él no era viejo. Cuando el banco le desahució él llevaba muchos años desahuciado de su vida. Desde mucho antes, se había metido en un túnel de drogas y alcohol que había creído recorrer con seguridad mientras le duró el trabajo y el dinero, pero en los últimos tiempos, ya sin ninguno de los dos, solo la niebla ocupaba su cabeza y se había convertido en un hombre gastado, rendido y, quizás por eso mismo, solo.

Cuando se vio en la calle decidió quedarse en la esquina de la que fue su casa para no perder de vista las caras conocidas, para poder decir un «buenos días » y recibir un «¿cómo estás?». Al principio, las vecinas se paraban a hablar con él, y le sacaban del supermercado algunas cosas que podía comer sin necesidad de cocinar: fiambre, pan, fruta o dulces y algún zumo en tetra brik que él cambiaba por un cartón de vino o una litrona para anestesiarse un poco; hasta que la barba enmarañada, la ropa sucia, los pies hinchados que sobresalían de los pantalones raídos y aquel temblor constante que amenazaba con volcar las monedas de su mano le fueron haciendo invisible.

Cuando apareció muerto y frío en el cajero donde se había refugiado para pasar la noche a nadie le extrañó, incluso alguno se atrevió a decir eso de que demasiado tiempo había durado. Hubo quien culpó a la sociedad de su muerte, que para eso pagaba impuestos y debía haber servicios que se ocuparan de los indigentes, y hubo quien cargó tintas contra él por haber desperdiciado su vida de aquella manera; hubo quien recordaba como si hubiera sido ayer cuando se paró a hablar con él y le dio unas monedas, aunque ya hacía varios meses de ello, y quien no dejaba de preguntar en la cola de la caja de quién estaban hablando porque no le había visto nunca. Hubo tanto revuelo en el barrio que hasta le salió un club de fans, y le encendieron velas que colocaron en la esquina donde pedía limosna, y pintarrajearon un cartel en su memoria, y le llamaron víctima y señalaron culpables, y le quisieron tanto, tanto, que él se arrepintió de no haberse muerto antes para disfrutar antes de aquel espectáculo.

Como yo era pequeña

Como yo era pequeña

me acostumbré a disfrutar con las cosas pequeñas;

cosas como pisar las hojas en otoño,

como ver volar un pájaro o hacer hileras las hormigas,

como tocar los cuernos de los caracoles

o ver brotar una semilla…

Eran cosas pequeñas, cosas de cada día,

que escondía

en mis bolsillos por si acaso,

por si acaso la vida se olvidaba de mí.