Diario de Pepín. Día 55

Los cachorros tenemos que aprender tantas cosas, tantas cosas nos pasan por primera vez que no sé yo si, cuando deje de ser cachorro, me habrá dado tiempo a todo.

He visto llover por primera vez, una lluvia suavecita que apenas se veía caer pero sonaba al golpear sobre la grama y sobre la tierra. Yo había visto la lluvia desde abajo que riega los jardines cada mañana pero esto es otra cosa, en la lluvia de esta mañana el aire olía a fresco y a mar y las gotitas que me caían en los hocicos me hacían cosquillas. Pero también he oído cómo se rompía el cielo sobre mi cabeza, que iba yo todo chulo a explorar el jardín cuando, de pronto, hubo un estruendo terrible y el aire tembló a mi alrededor y creí que todas las piedras del mundo iban a caer sobre mí. Antes de pestañear dos veces ya me había metido en casa, a todo meter.  Mamá dijo que no tuviera miedo, que eso era un trueno y que a todos los perros nos asustan mucho las tormentas. ¡Cómo no nos van a asustar, a todo el mundo le asustarán, digo yo!

Bueno, pues, además de la lluvia y de los truenos, he aprendido una cosa nueva. Aún no me atrevo a meterme yo solo en el coche, pero ya sé bajarme yo solito. Mamá me quita el amarre de seguridad que me pone para viajar y me coloca la correa de paseo y luego ya me deja a mí solo que, de un saltito baje del asiento, y de otro más salga del coche. Y eso hago, que me bajo todo orgulloso y luego espero a mamá y ella me mira y yo sé que también está muy orgullosa de mí.

Diario de Pepín. Día 52

Mamá dice que solo me faltan los granos para ser un adolescente. Yo la escucho atentamente, pero no entiendo qué quiere decir. Ella sabrá. Las madres saben cosas que nosotros nunca llegamos ni a imaginar.

Supongo que se refiere a que soy un cachorro con ganas de ser grande y a que he crecido pero sigo siendo un cachorro. Vamos, que ni yo sé muy bien lo que soy. Unos días, o unos ratos, los dientes no me dejan en paz y me tiro a morder todo, y otros me pongo mimoso y le pido a mamá que me coja en brazos y me acaricie la tripa. ¡Se está tan bien en brazos de mamá! Escucho su corazón mientras me acaricia la cara y la barriguita… podría pasarme las horas muertas así, hasta que me da un repente y salto a perseguir a Sofía o a recorrer el pasillo con un peluche en la boca. Yo mismo me extraño de estos cambios de humor, pero me dejo llevar; será lo mejor.

Hoy no me he hecho pis en casa. Mamá se puso contenta. Y yo también.

Diario de Pepín. Día 49

¿Un cachorro puede dejar de ser un cachorro sin haber cumplido los cinco meses? A saber: no he vuelto a hacer pis en casa, espero pacientemente a que mamá se duche y desayune –sin cogerle las chanclas- y hago pis y caca en la hierba que está cerca de casa, espero hasta que la puerta se abre del todo y luego ya salgo yo –un día no esperé y mamá me dio sin querer un golpe en los morros cuando la abrió, por eso he espabilado y ya no me pasa-, y, cuando mamá me deja solo en casa no vacío el vestidor –ella procura dejarlo cerrado por si acaso- ni me llevo arrastrando los muñecos de la cama. ¡Ah, y no he vuelto a comer cacas de Sofía! Porque me da miedo entrar en el arenero cerrado y no poder salir.

Pensándolo bien creo que no, que un cachorro de cinco meses sigue siendo un cachorro. Aunque se porte bien. Supongo que eso es lo que mamá llama “educación”.