El olor

No lo vio pasar a su lado, pero el hedor que dejó tras de sí le hizo volver la cabeza.

Aunque asqueroso, mejor si hubiera dejado el típico olor a sudor, podría haber pensado que el hombre venía de trabajar duro bajo un sol de justicia, o habría estado cargando y descargando o poniendo ladrillos o, incluso, ya puestos a pensar sin caridad, podría ser el típico que no se pone desodorante por desidia, o porque él no se huele y cree que los demás tampoco le huelen a él. Pero no, aquel hombre había dejado tras de sí un penetrante olor a tabaco rancio, ese que se apodera de cada centímetro de piel a base de veces y de años y que todo lo ocupa, mezclado con un metálico olor a alcohol destilado.

Se le torció el gesto con una mueca de asco y ni siquiera lo miró, no quiso ponerle cara –suficientemente débil como para ser presa de, al menos, dos adicciones, pensó, como para no poder dominar sus impulsos, como para necesitar del alcohol y del tabaco para sentirse bien, o para no sentirse mal, o, sencillamente, para no sentir-.

Se le quedó en la nariz aquel rastro hediondo e imaginó sin querer una sala discreta de un piso sin lujos, donde un niño hace los deberes sentado a una mesa camilla mientras respira aquel olor rancio que le llega de las faldillas, del sofá, de las cortinas, del aire mismo que vicia la casa entera y que ya no le es ajeno. La madre sale de la cocina con la bandeja de la merienda en la mano y se sienta también a la camilla, un poco seria, un poco envejecida, un poco cansada y constantemente alerta por si llega él; respira profundamente pero no le llega bien el aire, el hijo ya está acostumbrado a oírla respirar así y ya no se angustia por eso. Al momento, se escucha el tintineo de las llaves en la puerta y los dos levantan la cabeza y se miran sin hablar. El olor, preludio del humor, entra en la casa por delante del sonido de los pasos y del hombre. Ninguno de los tres sonríe.

Agonía

La vida tiene estas cosas; yo me siento hundido en un pozo de amargura y soledad y tú, tú no lo sabes. Podrías pensarlo, eso sí; podrías haber pensado que, de seguir así, llegaría un momento en el que yo acabaría renunciando, en el que tu desidia me obligaría a tomar una decisión… que no he tomado. Ni siquiera de eso he sido capaz, Isabel, tan solo me he dejado caer. Definitivamente. Me torturo pensando que, en realidad, no te importo, que esto es lo que tú querías, que ahora estoy en el sitio donde tú me colocaste. Quizás me equivoque y tan solo se trate de que estamos en órbitas diferentes, condenados a no encontrarnos nunca…

Fíjate que yo ya te he sacado de mi tiempo y tú ni siquiera te has dado cuenta. Pordios! ¿cómo es posible que yo te haya amputado de mi vida y todo siga igual a mi alrededor?

Todo igual a mi alrededor… Todo igual. Mientras yo me siento morir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Silencios que hablan

“Que no se preocupara…” Siempre igual; harto estaba ya de que siempre le dijera que no se preocupara. Menuda cara se le había quedado… pero es que ya no aguantaba más. “¡Hasta el culo de que no me preocupe!”.

Ella se quedó pasmada, no se lo esperaba, sobre todo no se esperaba aquel tono, qué harto debía estar… “bien, bien, si te molesta… lo siento. No era mi intención” y, a partir de aquel instante ya nunca, nunca, volvió a decirlo; a pensarlo, sí, claro, había instantes que existían solo para llenarse con esa frase, y ahora ya quedaban vacíos. Tan vacíos que, en cada ocasión, él no podía menos de pensar que ella le habría dicho “no te preocupes” y ella, ella sabía exactamente en qué vacío momento los dos echaban de menos aquella ofensa mutua.

La loca

Hoy no la he visto llegar, el pelo grasiento, los pantalones raídos llenos de manchas y de agujeros, la chaqueta mal abrochada dejando entrever su pecho sin sujetador y los zapatos de invierno como chanclas. Hoy no me he cruzado con su mirada huidiza, ni la he visto sentada en el borde de la acera con las rodillas abrazadas, ni pasear durante horas cerca del estanco.

Hoy, las colillas se acumulan en la calle, esperándola.  Yo también la echo de menos.

El lenguaje

Hablaste de “los niños” para hablar de los de ella y yo supe entonces de cercanía, de afecto y de intimidad entre vosotros. Unos meses después dijiste “sus hijos”, y yo supe así de distancia, de apatía y de ti.

Un buen día

Hoy ha sido un buen día. Uno de esos días inesperados que te dejan un regusto dulce ahí dentro, un cosquilleo de satisfacción, un golpeteo de nudillos, suave pero insistente, que abre la puerta de las emociones y deja pasar la luz. Eso es, la luz. Uno de esos días en los que uno se siente vivo, o más vivo, y en calma. Un día de esos en los que, precisamente, importa menos tener que morir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Todo sobre mi madre

A Miguel

He de reconocer que mi infancia fue diferente; ni mejor ni peor que la de los demás, pero diferente, sí. Y es que, si tenía fiebre, mi madre, como todas las madres, también me besaba en la frente como si tuviera un termómetro en los labios, pero a mí no me duraba nada la calentura y, si acababa vomitando después de un berrinche, mi madre no se creía que algo me hubiera sentado mal y encima me reñía por el estropicio y, si me dolía la barriga porque no  quería ir al cole y me dolía tan fuerte o más que a los otros niños que, por lo mismo, se quedaban en casa, pues, nada, un par de achuchones en la tripa y una cara tan seria que me encaminaba al colegio sin decir ni pio.

Pero, por otro lado, mi madre también me evitó el trato, y yo se lo agradezco, con señores ceñudos que te meten palos en la boca cuando te duele la garganta y se asoman con una luz como si desde allí te estuvieran mirando la conciencia -esos que primero te dicen  “vamos, bonito, que no te voy a hacer daño” y al momento te están sacando el estómago por la boca-, y evitó que mujeres de voz chillona vestidas de blanco me plantaran un picotazo en el culo después de mojármelo con un algodón empapado en alcohol helado. Y muchas cosas más porque, mi madre, además de madre, es médico y yo diría que se ha especializado en mí.

De moscas

La mosca merodeó perezosa por el borde de los tazones y acabó posándose en el hule que protegía la mesa para el desayuno. Trompeteó en una gota de café con leche que el padre había vertido y se alisó las alas con las patas traseras. Eduardo pensó que se estaba relamiendo, que, seguramente, esa sería  la manera en que las moscas disfrutaban de un manjar, y pensó también que a él le gustaba más el cola-cao, pero sobre gustos no hay nada escrito, decía su madre, y, quizás, por una vez, su madre tuviera razón.

La mosca se alejó un poco, visitó el azucarero y el mango de la cuchara que se hundía en la leche con madalenas de su hermana y escapó velozmente del manotazo que su madre le lanzó. Eduardo no pudo seguirla con la vista porque su madre le apremió a que desayunara si no quería llegar tarde al colegio, y tuvo que aplicarse para que tampoco le llegara a él el manotazo de la madre. La energía estaba muy mal repartida a aquellas horas, madre era la única que estaba viva, ¡y de qué manera!,  dando órdenes a diestro y siniestro y moviéndose sin parar, padre se movía, eso sí, pero en silencio, con cara de pocos amigos y como si no viera a nadie  –lo único bueno de esto era que, si no te veía, tampoco podía reñirte-, y Lola…, Lola estaba desde por la mañana escribiéndose con las amigas en el móvil y mirándose al espejo y, además, lo trataba siempre como si fuera un niño, bueno, como si ser un niño fuera algo… a evitar.

Eduardo pensó que la mosca debía de tener mucha hambre para atreverse con aquella familia, aunque, para un momento, seguramente no eran tan malos. Madre seguía metiendo prisa mientras se afanaba en el fregadero pero él no quería moverse porque se había dado cuenta de que las moscas solo se posan sobre cosas que no se mueven, y por eso había dejado la mano izquierda sobre la mesa, un poco alejada del tazón y de todo lo demás, y se había puesto a pensar muy fuerte en que la mosca acabaría dándose cuenta e iría a posarse sobre su mano.  Siguió así un par de minutos más, mientras buceaba en el cola-cao con la cuchara en otra mano buscando restos de galletas y mirando de reojo la mano inmóvil, que se le estaba quedando como muerta –Eduardo había leído en un libro muy viejo que en un circo de hace siglos había un domador de pulgas saltarinas, pero nada sabía de que alguna vez hubiera habido un domador de moscas; sin duda era mucho más difícil domar moscas, que se te escapan volando a la menor, que domar pulgas, que solo son capaces de saltar y llegan cerca-. Dejó de respirar un momento para concentrarse mejor y en seguida la mosca se posó en el hule, caminó un poco hacia la mano chupeteándolo todo y, finalmente, voló hasta situarse sobre el nudillo de su dedo índice. Eduardo la miró de reojo para no asustarla y siguió inmóvil mientras ella se alisaba las alas sobre su mano, se creció un poco al reconocer que la mosca había acudido a su llamada y decidió que, de momento, era suficiente; un domador de moscas debía tener mucha paciencia pero había observado que las moscas tenían más bien poca o, quizás, era, simplemente, que se cansaban. Su madre, no; su madre nunca se cansaba de aguijonearle y ya estaba otra vez metiéndole prisa; menos mal que él tenía muchísima paciencia, como cualquier domador de moscas que se preciara de serlo.

Añoranza

Te espero. Nadie puede comprender; nadie puede saber hasta qué punto necesito tus caricias, el dulce tacto de tu piel, tus manos tibias sobre mis curvas, tu aliento cálido que me envuelve mientras, más que mirarme, me imaginas como tú quieres que sea…

… No has vuelto, amor, y yo apenas puedo recordar tus ojos; voy languideciendo en esta soledad y en este frío pero, a veces, me parece evocar la caricia de tus manos y me sobresalta el latido de mi corazón de serrín.

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Rompecrismas

Sucedió que el gigante Rompecrismas tenía a bien merodear por los pedregales con el fin de acribillar a pedradas a los aldeanos y abrirles la cabeza; de ahí su nombre. Sucedió también que, hartos los aldeanos de semejante inquina y sinrazón, poco a poco, fueron huyendo de los montes frecuentados por Rompecrismas, habida cuenta, además, de que, entre pedregales, tampoco crecía el pasto para su ganado. Enfurecido el gigante al quedarse sin nadie a quien apedrear rugió tanto como pudo, bramó hasta quedarse sin voz y arañó con sus garras de monstruo los peñascos que recorría a grandes zancadas. Tal era su fuerza y la ira con que la gobernaba, que abrió profundas grietas en la piedra con la misma facilidad que si rompiera un bizcocho.

Al día siguiente, las heridas que Rompecrismas había abierto en las rocas aparecieron llenas de flores silvestres que dibujaban, visto desde lejos, un mapa gris surcado por multitud de arroyos multicolores. Cuando el gigante vio semejante panorama, se sintió el más inútil de todos los gigantes inútiles, y con el desánimo entre las piernas decidió abandonar aquel lugar que le trataba de una forma tan ingrata y humillante.

Y así fue como los pobladores del valle pudieron regresar a sus casas, y yo pude entender como era posible que las flores nacieran, directamente, de las peñas.SAM_3328