¿Te acuerdas?

Seguramente tú no te acuerdes, Isabel. Llevábamos ya unos meses sin vernos y nos encontramos por oportunidad – No, por casualidad, no. Nunca pasan las cosas por casualidad-. Tuve la sensación de que éramos dos extraños, un beso calculado en cada mejilla y un “hola, ¿qué tal?” tan convencional…, o quizás los dos nos protegíamos de nosotros mismos. Hablamos de cosas, de cosas ajenas y de cosas cercanas, y, poco a poco, el aire entre los dos se fue entibiando. No sé cuánto duró, veinte minutos o, quizás, toda la eternidad, y nos despedimos siendo ya nosotros mismos, sin escudos, envueltos en un abrazo que volvió a fundirnos como entonces. Y yo tuve la sensación de que volvía a estar en casa.

(De las memorias de Ismael Blanco)

El monstruo

Manu sabía que, en ocasiones, no debía salir de su habitación. Se lo había dicho mamá. Mamá le había dicho que algunas noches papá no podía dormir en casa porque trabajaba fuera. Y le había dicho también que había un monstruo que siempre les acechaba y quería entrar en casa cuando papá no estaba y no podía protegerles. Por eso, aunque mamá decía que la habitación de los niños no debía tener  pestillo, había puesto uno en la suya para que Manu pudiera encerrarse allí cuando sintiera al monstruo entrar por la puerta. La última vez mamá le había gritado que se fuera, que los dejara tranquilos en casa, pero el monstruo empezó a aporrear la puerta de entrada y Manu huyó hacia su cuarto, cerró la puerta tras de sí y se quedó apoyado en ella, sin moverse. Cuando sintió los gritos más cerca y gente corriendo por el pasillo, se empinó, pasó el pestillo y se fue al rincón más lejano, se sentó en el suelo y se abrazó las rodillas para que no le temblaran. También probó a taparse las orejas y a apretujar los ojos, y entonces vio estrellitas en la oscuridad y los gritos se alejaron hasta casi desaparecer.

Esta noche los dos habían esperado a papá para cenar, pero papá no había llegado. Mamá le había dicho que era muy probable que papá no pudiera darle un beso de buenas noches y se durmió sin llegar a escuchar el final del cuento que ella le estaba contando. Se despertó cuando el monstruo de su sueño, un gigante que tenía los ojos de fuego y unas manos enormes con uñas afiladísimas se acercaba a él para agarrarlo. El salto que dio para escapar casi le hizo caer de la cama. Entonces oyó los golpes y los gritos. Sin duda su padre no había regresado y mamá luchaba con el monstruo. Se metió bajo la cama y se tapó los oídos. Su barriga sobre el suelo se movía cuando los golpes eran más fuertes. El monstruo debía estar destrozando los muebles y mamá gritaba y  el monstruo también. De pronto todo cesó, los gritos y los golpes, y Manu salió de su escondrijo y se acercó de puntillas hasta la puerta de su cuarto, pegó la oreja a la madera y escuchó atentamente.  Esperó a que mamá viniera a buscarlo, como otras veces, pero mamá no vino. Manu iba a llamarla pero pensó que, quizás, el monstruo no se había marchado aún, y siguió mudo en su cuarto un poco más. Era imposible que mamá se hubiera ido sin él, mamá nunca haría eso. Manu empezó a llamarla, primero con un susurro, luego un poco  más fuerte, pero mamá no apareció. Manu se atrevió a abrir la puerta y salió al pasillo, en la entrada de la cocina había trozos de platos rotos, su taza del desayuno y un tenedor y la consola de la entrada estaba volcada en el suelo y el espejo de la pared roto. Manu se quedó parado en medio del pasillo, sin atreverse a entrar a las habitaciones; seguramente mamá también se habría escondido y eso quería decir que el monstruo todavía estaría por allí. Con la mano siguiendo la pared fue dando pasitos cortos, las piernas se le habían vuelto de madera. “En su habitación. Mamá estará escondida en su habitación”. Manu llegó hasta la entrada del dormitorio, la mano en la jamba de la puerta y él un poco rezagado aún, sin atreverse a entrar. Vio a mamá tumbada en la cama, boca arriba, con la cabeza vuelta hacia la puerta y mirándolo a él con los ojos muy abiertos. Y no le decía nada. Mamá se había manchado con mermelada de fresa, debía de haber roto el frasco entero en la pelea con el monstruo porque tenía la ropa llena de manchas rojas de mermelada de fresa.  Mamá debía estar tan cansada que se había quedado dormida con los ojos abiertos. Manu iba a correr hacia ella cuando lo vio. El monstruo seguía allí, en un rincón, encorvado y con la cabeza entre las manos y a Manu le pareció que estaba llorando, si es que los monstruos eran capaces de llorar. “¿Mamá?”. De nuevo Manu no podía moverse, ni podía gritar para asustar al monstruo y que se alejara de allí. Manu ni siquiera podía respirar. Tan solo podía sujetarse agarrado al marco de la puerta, los dedos agarrotados sobre él. Entonces el monstruo se dio cuenta de que Manu estaba allí y levantó la cabeza del hueco de las manos para mirarlo. Manu entreabrió los labios para nada, tampoco pudo pestañear y se había quedado definitivamente pegado a la pared. El monstruo comenzó a moverse hacia él, los brazos largos caídos y un brillo de metal en la mano derecha. Manu lo reconoció cuando su cara salió de la oscuridad; un calor húmedo empezó a extenderse por el pantalón del pijama y la orina empezó a gotearle sobre los pies desnudos.

Afuera se oía gritar: ¡Abran, abran, Policía!.

Amantes

Todos mis amantes han ido muriendo. La vida tiene estas cosas, coloca en el camino de cada uno  barreras que se salvan con esfuerzo hasta que una más, un cáncer, una carretera, un bolo de colesterol, se convierte en definitiva y ya no puedes más. Y ellos, uno a uno, se han ido rindiendo. Yo los quise a todos, y aún los sigo amando; me pregunto si yo también me mantuve en su memoria, si me recordaron con afecto hasta la hora de su muerte. Porque yo necesito que sea así.

Ayer  olvidé el nombre de uno de ellos y aún no ha vuelto a mi memoria; aún guardo el sentimiento de amor por él, eso sí, pero no recuerdo su nombre ni cómo le llamaba yo. Y eso es lo más duro, darme cuenta de que, poco a poco, irán desapareciendo también de mi vida como las hojas de los árboles en otoño. No puedo consentirlo; no puedo dejar que el tiempo me abandone a la soledad. Por eso he decidido que esta noche será la última noche, dejaré que acunen mi sueño por última vez y mañana, sencillamente, no despertaré.

Al despertar

Boby debe estar malo. Ha entrado a despertarme y, en vez de plantar las patas sobre la cama, le he sentido olisqueando sobre la alfombra mientras yo me hacía el dormido; he abierto un poquito los ojos para sorprenderle con un susto y no me ha dado tiempo porque ha salido corriendo de la habitación con el rabo entre las piernas. El mosqueo ha sido mayúsculo; y el susto que me he llevado yo al bajar de la cama, más grande aún. Cuando he ido a meter los pies en las zapatillas he visto mis piernas, y hasta mis pies, cubiertos de pelo negro, pero no como las piernas de papá, no; mi pelo es tan espeso como el de Boby pero mucho más fino. Me he quedado de piedra, he tardado en darme cuenta de que, durante la noche,  me ha crecido pelo por todas partes, por las piernas, por el cuerpo, por los brazos y las manos, y, supongo, ¡qué horror!, que también por la cara. Quiero llamar a mamá, pero no me salen las palabras, lo intento de nuevo y escucho un maullido ahogado. Me doy cuenta de que tengo pelo de gato, maúllo, asusto a los perros  y, ahora que me miro las manos, también tengo uñas de gato. Debo ser un gato.

Ser un gato está muy bien cuando vives en una casa con un sofá enorme frente a la chimenea, o cuando tienes un parque al  lado, con árboles a los que subirse y con pájaros asustadizos a los que cazar, mientras que yo voy al colegio todos los días, tengo que hacer tareas en casa que la seño me corrige rezongando y, encima, mi hermano Ernesto me da patadas bajo la mesa para provocarme y que así papá me riña a mí y no a él.  La tita Luisa mima a su gata Pati  como si fuera un niño, le compra juguetes y comida especial y se junta con gente y  hablan de gatos como hacen las mamás en la puerta del colegio, cuando hablan de nosotros. Aunque también la lleva al veterinario… pero, bueno, mamá también me lleva a mí al médico y tampoco me gusta que me miren la garganta con el palo. A lo mejor, esto de ser un gato no está tan mal. Aunque a Boby no le guste.

El monte

Me doy cuenta, Isabel, de que ya no te necesito para ser feliz…

Esta mañana me levanté sin reloj, que era fin de semana y el cuerpo agradece esa espontaneidad; a lo lejos oí las rehalas de perros ladrando nerviosos, impacientes ante la suelta próxima, sedientos de muerte, e imaginé a los hombres, con ropas verdosas y sombreros pardos, riendo y vociferando para entenderse por encima del alboroto de los perros. “Como una liturgia”, pensé, “unos y otros se disponen para un ritual de sangre, tan asumido por todos que me mirarían como a un bicho raro si supieran cómo pienso, si supieran que me encoge el alma esta disposición tan natural para matar”. Decidí salir más tarde, no quería encontrármelos, y, menos aún, no quería reconocer a ninguno de los de aquí entre ellos; no quería que me llamaran para acercarme a sus corros, y sentir esa incomodidad de otras veces, que ni siquiera me permite ser condescendiente y reírles las gracias, como si yo también fuera uno de ellos…

He corregido primero unos exámenes y luego he salido a caminar, con mi vieja cámara de fotos, monte arriba. También he tenido que escapar de los domingueros, de la gente de ciudad que huye al campo cuando el tiempo es benévolo –y ahora lo es- y lo arrasa todo. Y los peores son los que de chicos vivieron aquí, que muchos de ellos huyeron de la vida en el pueblo y ahora regresan henchidos de orgullo para enseñarle estas tierras a los que nunca pudieron embarrarse por estos caminos, o resguardarse en un chicorzo escapando de la tormenta o asustarse cuando caen las castañas en medio de un silencio sobrecogedor; enseñan el campo como si fuera una extensión del salón de su casa, suyo sólo y con derecho sobre él y por eso abandonan por doquier latas de cerveza vacías y setas arrancadas por el mezquino placer que les da el desprecio por la naturaleza. He seguido un poco más allá, lejos de todo y de todos, salvo el monte en sí, y he caminado despacio, respirando el aire limpio, dejándome a ratos llover encima una lluvia fina que bajo los castaños se convierte en goterones; he sacado fotos de detalles, ya sabes como soy, me gusta fijarme en lo chico, en lo que casi siempre pasa desapercibido incluso para los ojos que van escudriñando todo alrededor, y se me ha ido el tiempo sin sentir. En realidad, he tenido la sensación de que el tiempo no existe, tan solo la vida, sin distingos; la luz que se filtra a través de las hojas verdes, la esponja de musgo que tapiza las piedras, el olor a tierra mojada, el perfume de los pinos, el oleaje de los castaños cuando los acaricia el viento, y yo mismo en medio de todo esto. Me he sentido como de espuma, Isabel, como si mi cuerpo no pesara, como si no hubiera cadenas que pudieran atarme. Feliz.

Cada vez necesito menos para ser feliz.  O quizás debería decir que, para ser feliz, me basta con sentirme libre.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Vecinos

Mis nuevos vecinos son gente de orden. Antes de verles supe que eran una parejita joven y sin hijos. ¿Quién que tenga un bebé va a arriesgarse a poner delicados visillos en la puerta del balcón, y quién que no sea joven va a escoger unos de color cereza? Su vida sin niños es una vida cuadriculada: el balcón libre de trastos; las persianas se bajan cuando se enciende la luz; los días de diario se levantan a las ocho, los domingos, a las nueve; desayunan en la mesa del salón –los visillos son casi transparentes-, ella frente a mi ventana, él, de perfil. Y ninguno de los dos fuma; nadie tan delicado como para escoger esos visillos dejaría que se impregnaran  del olor a tabaco. Mis vecinos son gente de orden que cuida su  intimidad y viven hacia dentro; excepto hoy, en que ella ha retirado los visillos para depilarse las cejas aprovechando la luz.

Encima de ellos vive un atribulado grupo de estudiantes. Han llegado con el inicio del curso y la fogosidad de su juventud se refleja en todo lo que hacen: salen al balcón a fumar y no paran demasiado tiempo en la misma postura; alternan el pie de apoyo y giran la cabeza en un barrido constante de esquina a esquina de la calle, como si esperaran a alguien que no acaba de llegar; ni bajan las persianas ni corren las cortinas, aunque sean las dos de la mañana y tengan una fiesta en casa; las deportivas duermen pacientemente en el balcón y, sobre todo, no saben tender la ropa: sujetan las sábanas con una sola pinza y el viento juega con ellas hinchándolas como velas y enrollándolas en la cuerda de tender y cuelgan las camisetas por la mitad sin tener en cuenta el tatuaje que les queda y que, probablemente, ni su experimentada madre podría quitárselo al planchar.

Yo salgo poco a la calle; salgo temprano a caminar, los viejos dormimos poco, y luego me encierro en casa, entre mis libros y mi ventana. Ni siquiera me queda tiempo para ver la tele.

Todo empieza

A Javi

¡Había salido bien! Algo nervioso al principio, es natural.

¿Cuántas personas habrían venido? Unas ciento cincuenta, más o menos; había diez asientos en cada fila y por lo menos había veinte filas y sólo las últimas habían quedado medio vacías. La editorial se había movido bien, sin duda, porque si no, quién iba a acudir a la presentación de una novela de un autor novel, totalmente desconocido…

Se quitó los zapatos y el contacto de los pies con la tarima del suelo le reconfortó, se quitó también la chaqueta y aflojó el cinturón camino del sofá. Paz. Si tuviera que escribir sobre lo que ahora sentía podría expresarlo así, “paz”, en paz consigo mismo, la satisfacción de haber alcanzado una meta, la satisfacción de saber que nada acaba ahí, que todo empieza de nuevo.

Se levantó y, de entre los libros más viejos de la estantería, sacó un cuaderno con las esquinas rizadas y despellejadas por el uso. Lo abrió con cuidado y leyó para sí: “Me llamo Javi, tengo 10 años y voy a escribir un diario”, y, en la siguiente hoja “Hoy es 29 de septiembre. Hemos comido en el Burguer con una amiga de mi padre que me ha regalado este diario. Yo he comido “nuges” de pollo porque la hamburguesa no me gustaba. Mi padre se pidió una de pan negro que sabía muy mal. Mi hermano ha dado bastante guerra y mi padre le ha tenido que reñir varias veces. La amiga de mi padre me ha preguntado si me gusta más leer o escribir y le he dicho que las dos cosas”.

Sonrió de una forma casi imperceptible, más con el alma que con el rostro. Sí, aún le gustaban las dos cosas; en realidad, no podría vivir sin leer y sin escribir.

De ferias y caballitos

A Bernardo se le puede tachar de muchas cosas, pero no de ser un blando; de eso, no. Ser feriante es un duro oficio; para llevarlo en la sangre, si no, nunca te adaptas. Cualquiera es más cómodo que éste de ir y venir sin descanso en una caravana, mirando siempre al cielo temiendo una tormenta y con la familia a cuestas, colaborando todos, que, cuando hay que montar y desmontar el tiovivo, ninguna mano sobra.

A Bernardo, en el fondo, no le extraña que el su Jonathan arrugue el hocico cuando hay que trabajar, casi le cuesta bronca que deje los libros y eche una mano, y dice ahora que quiere ir a la Universidad. Si lo viera el Tío Ramón, un disgusto se llevaba.

El Tío Ramón, que Bernardo recuerde según le han contado, fue el primero en andar por esos mundos de dios con un carromato, la mujer y una cabra que no había visto más riscos que la escalera a la que se subía mientras el Tío Ramón, su abuelo, tocaba la trompeta. La mujer reventó una noche en un parto que nadie atendió, y que a punto estuvo de costarle la vida también al niño, a Curro, a su padre. El Tío Ramón, entonces, se ocupó del niño aguando la leche de Blanquita, la cabra, y enterró a la Paca con ayuda de dos hombres del pueblo cercano, se negó a que al niño le pusieran el nombre del santo del día y no volvió a entrar en una iglesia en toda su vida, porque no podía haber un dios tan cruel que permitiera que la mujer más buena del mundo se hubiera muerto dejando huérfano a Curro y a él… con aquella desolación y aquella amargura. Curro no conoció otra cosa que la trashumancia de pueblo en pueblo y lo sabía todo sobre puestos de tiro al blanco. “Los muchachos son unos cabrones, hijo –le decía a Bernardo-, todos; vienen con esa cara de no haber roto nunca un plato y, en cuanto pueden se te cuelan sin pagar. ¡Tú, siempre al pie del cañón, hijo, siempre al tanto!”; y Bernardo componía el gesto para parecer una amenaza, aunque a ningún muchacho se le ocurriría engañar a un tiarrón que les sacaba casi medio metro, ceñudo y con una barba de tres días que bien podía afeitarse sin jabón. Desde que tenía el tiovivo, la cosa era más tranquila, los críos no tenían aún maldad y los padres se comportaban, pero no podía bajar la guardia.

Bernardo la vio llegar cuando ya era tarde, muy tarde, ya hacía más de quince minutos que nadie se acercaba por el tiovivo preguntando para subirse; un poco más, y a apagar las luces hasta el día siguiente. Cuando la tuvo delante, Bernardo vio que era una mujer vieja, muy vieja, menuda como un comino, impropia para aquel lugar y aquel momento, puesto que no llevaba a ningún crío de la mano, y tampoco ninguno la seguía de cerca. La mujer le dijo que quería subir al tiovivo y Bernardo pensó que se estaba riendo de él, pero insistió alargándole un billete con la mano derecha y moviendo la cabeza para animarle a cogerlo. “!Señora, esto sólo es para niños¡” “Discúlpeme –y su voz temblaba por la emoción-,  pero me ha costado mucho decidirme… quizás esta sea mi última oportunidad… Toda mi vida quise subirme a un tiovivo y subir y bajar en uno de esos caballitos, pero nunca pude… Nunca pude.” La anciana temblaba ahora toda ella, había cruzado los brazos alrededor de la cintura, a modo de abrazo, y se le habían llenado los ojos de lágrimas. Bernardo sintió que el suelo era menos firme bajo sus pies, para esto no le había preparado su padre; había pasado por situaciones críticas, había presenciado peleas con navajas y broncas empapadas en alcohol, pero no podía imaginar que le pasara una cosa así. Estuvo tentado a sostenerla porque le pareció que podía desmoronarse en cualquier momento, pero se contuvo, no podía perder la compostura él también. Haciéndose el interesante, dudó antes de acceder, rechazó el billete y casi la subió en volandas hasta dejarla cabalgando a mujeriegas. Se bajó del tiovivo para ponerlo en marcha y la vio sobre el caballito, algo rígida al principio, y como una pluma después, el rostro iluminado y con los ojos más brillantes que había visto en su vida. Bernardo notó que los suyos le escocían y se le nublaban y por un momento pensó que su padre debía estar removiéndose en su tumba.

Te digo

Le decía chiquinina porque medía poco más de metro y medio, le decía chiquinina porque seguiría siendo una niña aunque llegara a morir de vieja, y, sobre todo, le decía chiquinina porque era incapaz de expresar mejor cuanto la quería. Si es que acaso fuera necesario expresar lo que era evidente para los dos.

La vida dulce

La miel caía desde la boca estrecha de una botella  de vidrio verde, y la mano de mi madre dibujaba el contorno de una rebanada de pan de pueblo que a mí nunca me pareció demasiado grande, rellenaba después la isla dibujada con trazo grueso y al final siempre quedaban, sobre los restos de blanco inmaculado, unas gotas espesas que tardaban en filtrarse. Yo miraba la rebanada empapada para ver como la miel iba ganando la partida, traspasando a veces la miga hasta bañar el plato, o me ponía a lengüetear los bordes por donde avanzaba  sigilosamente como la lava que rebosa de un volcán.

La miel con pan ha sido una seña de identidad de mi niñez, quizás por eso ahora, que he madurado y soy más niña cada día, me viene a menudo el regusto dulce y la visión dorada e incitadora de aquellas meriendas, y, sin querer remediarlo, me preparo una tostada de pan y dibujo una isla de miel sobre ella, suficientemente abundante como para tener que darle un lengüetazo en los bordes para que no se derrame.