El lápiz

El lápiz no obedeció. Volvió la mano y miró la punta para ver si se había roto, pero estaba intacta. Había escrito la A y la M y la O, pero la R, no. Volvió a escribir en el renglón siguiente y el lápiz se volvió a parar en el mismo sitio. Y la tercera, y la cuarta vez. “AMO”, leyó para sí, y se estremeció. Miró a su alrededor y vio las cosas de él dispersas por la habitación; “AMO”, pensó, y tragó saliva con dificultad. Las paredes se movieron hacia ella y temió ahogarse. Se levantó movida por un resorte y corrió hacia la ventana como un asmático, y así estuvo unos minutos, la cabeza afuera,  hasta que el aire fresco le devolvió la conciencia. Buscó entonces las llaves de casa y las dejó sobre la cama, junto a la hoja de papel escrito, recogió el lápiz y salió a la calle con lo puesto, hacia la libertad.

Ojalá te mueras

“Ojalá te mueras, padre. Y madre también, por no creerme. Ojalá te mueras un día mientras babeas encima de mí. Ojalá te mueras y me quede sin padre y descanse de esta vida de mierda que no es vida. Si no fuera por Elisa ya me habría ido, pero si me voy, seguro que prendes de ella como de mí ahora, y es tan niña y tan inocente que ni siquiera puedo escapar con ella. ¿Cómo iba a entenderlo ella si ni siquiera madre lo entiende?”

Separa cuidadosamente la hoja escrita hasta dejar colgando de ella el cuaderno escolar, coge las tijeras de costura de su madre y recorta el borde para separarla del resto; la dobla cuidadosamente una y dos y mil veces, hasta que ya no es posible doblarla más, con el sosiego que le da saberse sola en casa, y se va hacia su habitación para esconderla, el gurruño de papel en una mano y las tijeras aún en la otra. Se asusta un poco y retrocede cuando oye ruidos dentro, pero se atreve al final a entreabrir  la puerta. A Elisa apenas la puede ver debajo de la bestia que empuja y jadea. No sabe cómo, pero sí por qué, una fuerza imparable que la hace invencible la empuja hasta ellos, la mano diestra empuñando ahora las tijeras que clava una, dos y muchas veces en la espalda del hombre que ya ha dejado de moverse. Le da la vuelta  de un empujón para liberar a la niña del peso y de la sangre y lo ve moribundo, con el miembro erecto aún. Separa a Elisa hacia un rincón, se acerca a la bestia  de nuevo y aguantando la náusea degolla el pene de un tijeretazo. Todavía vomita cuando la niña se le acerca para abrazarla.

A la espera

Hay una mujer joven que se sienta en la silla de ruedas como podría hacerlo en un taburete, le sobran los brazos y el respaldo porque, en realidad, no la necesita, pero aquí la silla de ruedas te identifica. Tiene tan buen aspecto que el hombre de al lado le pregunta si viene para ella o acompañando a alguien -me ha traído la ambulancia, dice mirando de soslayo, un dolor-; y el hombre asiente, parece que le haya satisfecho la respuesta, y mira a la anciana con la que ha venido -el mismo pelo blanco que él, los mismos ojos grises, salvo la prematura barba blanca del hombre, se diría que tienen la misma cara los dos- y al otro hombre con el que ha venido también, más joven, más menudo y algo menos parecido a la mujer, sin duda más mezcla con el padre que el hermano mayor y que se apoya descuidadamente en el bastón que ahora no usa la madre y él custodia.

En la esquina de la sala hay un viejo que repite incansable un quejido apenas lastimero, como si, más que una queja, fuera una demostración para sí mismo de que aún está vivo, de que su demencia no lo ha aniquilado aún del todo. La mujer que lo acompaña lo acomoda con cuidado, una almohada entre el codo y la barrera de la cama, un mullido bajo la cabeza para que el cuello no quede en mala postura, un sorbo de agua de cuando en cuando, todo lo hace de forma eficaz y calculada, entrenada y fría. Sorprende oírle decir “padre” al viejo que no parece oírla.

El último en llegar también es hombre, sin duda debe rondar los setenta y no tiene aspecto de enfermo. El hombre que le acompaña, joven y nervioso, no para quieto a su alrededor, crispado hasta que se escucha en tono de recriminación “¿a quién le iba a extrañar que te pasara eso?”. Eso, según el hombre de los casi setenta años, arriba o abajo, que ahora mira algo cabizbajo, como un niño pillado en un renuncio, ha sido un mareo “muchísimo tiempo después de comer, un mareo y una vomitona. No teníamos que haber venido”. El hombre nervioso se vuelve hacia él cuando lo oye, regresa crispado desde un metro o dos que  se había alejado para aquietarse y arranca: “¡Pero, ¿cómo no te vas a poner malo si no paras de comer?! y a renglón seguido y sin dudar enumera una serie de platos contundentes que parece más la carta de un mesón o el menú de Pantagruel que lo aquel hombre setentón pudiera llevarse a la boca en una sentada. El hombre de la barba blanca mira al setentón con cierta incredulidad y asiente; ya tiene todo controlado.

Querer y no querer

Yo no quiero envejecer contigo, yo no quiero planes ni rutinas que me cosan al dobladillo del tiempo. Yo no quiero despertar a tu lado cada día ni darte un beso franquiciado cuando sales por la puerta.  Yo quiero besarte siempre como si fuera el primer beso y darte un abrazo como si fuera la última vez. Yo quiero… yo te quiero cerca y lejos, siempre y nunca. Yo me quiero, contigo y sin ti.

En el lugar de otro

He conocido a una mujer. Nunca pensé que un día estaría escribiendo esto, Isabel. Incluso yo me he sorprendido al darme cuenta de que tengo ojos para alguien que no eres tú, quizás ya ha pasado suficiente tiempo para ser yo de nuevo; yo mismo, sin tu circunstancia.

¡Qué triste destino el de aquel que viene a ocupar el puesto que otro ha dejado, el hijo que nace cuando otro hijo ha muerto y nunca deja de ser el otro para los que lloraron su muerte, la mujer que llega a un corazón destrozado por la huella que otra mujer dejó en él y ha de luchar, sin saberlo, con la desconfianza y con el dolor que todo lo asola, el amigo que empieza a serlo y te ofrece una mano tendida cuando tienes el recuerdo de un amigo traidor…! ¡Qué injusta es la vida con los que llegan a la tuya después de una batalla!

Ella no sabe nada aún de mí porque no sabe nada de ti, ni de mi amor incondicional, ni de mi dolor inconmensurable. Ella no sabe que llega a ocupar el lugar de otra, las ruinas que otra dejó para ella. Ella no sabe de su triste destino ni de la baza injusta que la vida iba a jugarle conmigo. Ella es inocente en mi vida y yo no me siento culpable en la suya. Probablemente esa sea ya la única vida que se nos permitirá vivir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

El olor

No lo vio pasar a su lado, pero el hedor que dejó tras de sí le hizo volver la cabeza.

Aunque asqueroso, mejor si hubiera dejado el típico olor a sudor, podría haber pensado que el hombre venía de trabajar duro bajo un sol de justicia, o habría estado cargando y descargando o poniendo ladrillos o, incluso, ya puestos a pensar sin caridad, podría ser el típico que no se pone desodorante por desidia, o porque él no se huele y cree que los demás tampoco le huelen a él. Pero no, aquel hombre había dejado tras de sí un penetrante olor a tabaco rancio, ese que se apodera de cada centímetro de piel a base de veces y de años y que todo lo ocupa, mezclado con un metálico olor a alcohol destilado.

Se le torció el gesto con una mueca de asco y ni siquiera lo miró, no quiso ponerle cara –suficientemente débil como para ser presa de, al menos, dos adicciones, pensó, como para no poder dominar sus impulsos, como para necesitar del alcohol y del tabaco para sentirse bien, o para no sentirse mal, o, sencillamente, para no sentir-.

Se le quedó en la nariz aquel rastro hediondo e imaginó sin querer una sala discreta de un piso sin lujos, donde un niño hace los deberes sentado a una mesa camilla mientras respira aquel olor rancio que le llega de las faldillas, del sofá, de las cortinas, del aire mismo que vicia la casa entera y que ya no le es ajeno. La madre sale de la cocina con la bandeja de la merienda en la mano y se sienta también a la camilla, un poco seria, un poco envejecida, un poco cansada y constantemente alerta por si llega él; respira profundamente pero no le llega bien el aire, el hijo ya está acostumbrado a oírla respirar así y ya no se angustia por eso. Al momento, se escucha el tintineo de las llaves en la puerta y los dos levantan la cabeza y se miran sin hablar. El olor, preludio del humor, entra en la casa por delante del sonido de los pasos y del hombre. Ninguno de los tres sonríe.

Agonía

La vida tiene estas cosas; yo me siento hundido en un pozo de amargura y soledad y tú, tú no lo sabes. Podrías pensarlo, eso sí; podrías haber pensado que, de seguir así, llegaría un momento en el que yo acabaría renunciando, en el que tu desidia me obligaría a tomar una decisión… que no he tomado. Ni siquiera de eso he sido capaz, Isabel, tan solo me he dejado caer. Definitivamente. Me torturo pensando que, en realidad, no te importo, que esto es lo que tú querías, que ahora estoy en el sitio donde tú me colocaste. Quizás me equivoque y tan solo se trate de que estamos en órbitas diferentes, condenados a no encontrarnos nunca…

Fíjate que yo ya te he sacado de mi tiempo y tú ni siquiera te has dado cuenta. Pordios! ¿cómo es posible que yo te haya amputado de mi vida y todo siga igual a mi alrededor?

Todo igual a mi alrededor… Todo igual. Mientras yo me siento morir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Silencios que hablan

“Que no se preocupara…” Siempre igual; harto estaba ya de que siempre le dijera que no se preocupara. Menuda cara se le había quedado… pero es que ya no aguantaba más. “¡Hasta el culo de que no me preocupe!”.

Ella se quedó pasmada, no se lo esperaba, sobre todo no se esperaba aquel tono, qué harto debía estar… “bien, bien, si te molesta… lo siento. No era mi intención” y, a partir de aquel instante ya nunca, nunca, volvió a decirlo; a pensarlo, sí, claro, había instantes que existían solo para llenarse con esa frase, y ahora ya quedaban vacíos. Tan vacíos que, en cada ocasión, él no podía menos de pensar que ella le habría dicho “no te preocupes” y ella, ella sabía exactamente en qué vacío momento los dos echaban de menos aquella ofensa mutua.

La loca

Hoy no la he visto llegar, el pelo grasiento, los pantalones raídos llenos de manchas y de agujeros, la chaqueta mal abrochada dejando entrever su pecho sin sujetador y los zapatos de invierno como chanclas. Hoy no me he cruzado con su mirada huidiza, ni la he visto sentada en el borde de la acera con las rodillas abrazadas, ni pasear durante horas cerca del estanco.

Hoy, las colillas se acumulan en la calle, esperándola.  Yo también la echo de menos.

El lenguaje

Hablaste de “los niños” para hablar de los de ella y yo supe entonces de cercanía, de afecto y de intimidad entre vosotros. Unos meses después dijiste “sus hijos”, y yo supe así de distancia, de apatía y de ti.