Diario de Pepín. Día 49

¿Un cachorro puede dejar de ser un cachorro sin haber cumplido los cinco meses? A saber: no he vuelto a hacer pis en casa, espero pacientemente a que mamá se duche y desayune –sin cogerle las chanclas- y hago pis y caca en la hierba que está cerca de casa, espero hasta que la puerta se abre del todo y luego ya salgo yo –un día no esperé y mamá me dio sin querer un golpe en los morros cuando la abrió, por eso he espabilado y ya no me pasa-, y, cuando mamá me deja solo en casa no vacío el vestidor –ella procura dejarlo cerrado por si acaso- ni me llevo arrastrando los muñecos de la cama. ¡Ah, y no he vuelto a comer cacas de Sofía! Porque me da miedo entrar en el arenero cerrado y no poder salir.

Pensándolo bien creo que no, que un cachorro de cinco meses sigue siendo un cachorro. Aunque se porte bien. Supongo que eso es lo que mamá llama “educación”.

Diario de Pepín. Día 48

Estos días han sido una revolución. Mamá no me ha llevado a la oficina porque tampoco ha ido ella a trabajar. He subido y bajado del coche un montón de veces; bueno, mamá me ha subido y me ha bajado del coche, porque yo no me atrevo pero ya no me escapo ni tiro para atrás. La verdad es que en el coche no se va mal; me tumbo en el asiento de atrás y hasta me duermo, salvo cuando pegamos botes, que me asustan mucho, aunque mamá entonces vaya muy despacito.

Vino la mujer que habla como mamá pero no es mamá y yo me asusté por la noche porque no me acordaba de que se había quedado a dormir y empecé a ladrar para avisar a mamá de que había ruidos extraños en la casa. Al día siguiente salimos a caminar temprano y la mujer que habla como mamá me llevó todo el tiempo de la correa, pero muy corta porque dice que tengo que acostumbrarme a ir al lado, que así acostumbró ella a su perrita. Luego, por la tarde ya había muchísima gente en la calle, todo eran piernas a mi alrededor; menos mal que llevaba la correa cortita y nadie se tropezó conmigo.

Hoy ya nos hemos quedado solos mamá, Sofía y yo; y estamos reventados. Yo creo que tango trasiego de maletas y de camas y de idas y venidas nos deja agotados a todos. Por eso me he pasado el día tumbado en el sofá, pero totalmente repantingado, todo lo largo que soy. Y cada vez soy más largo, que he crecido un poco más.

Diario de Pepín. Día 47

Yo creo que los cachorros no sabemos ir hacia adelante todo el rato. Acabamos recorriendo unos caminos larguísimos pero siempre nos desviamos, oliendo y buscando algo que llevarnos a la boca. Pues yo creo que pasa lo mismo con las cosas que vamos aprendiendo; que, cuando llevamos tres o cuatro días haciendo pis en la calle, de pronto no aguantas las ganas y lo haces en casa. Siempre igual, tres pasos hacia adelante y, de pronto, uno hacia un lado. O hacia atrás. Pero, al final, siempre vamos hacia adelante. Eso es lo que importa.

Diario de Pepín. Día 46

¡Qué paliza, madre mía! Mamá me ha dado una sorpresa y hemos vuelto a mi primera casa. Mi mami de antes me llenó de besos en cuanto llegué, pero mis hermanas, las dos que aún no han sido adoptadas y siguen viviendo allí -que están locas, locas-, empezaron a perseguirme y a morderme y a no dejarme en paz. Son más altas que yo y tienen las patas más largas que las mías, pero yo no me dejé albardar y me defendí y también las mordí a ellas; y eso que eran dos. Bueno, en realidad, los mordiscos no eran de hacer mucho daño; pero nos mordimos. Y mucho. Sobre todo cuando llegó Linda, que, entonces, empezamos a perseguirla a ella nosotros tres. Linda se puso muchas veces panza arriba, pero también nos mordió a nosotros en las orejas y nos sacó los dientes para asustarnos. Mamá y los demás nos miraban y nos dejaban hacer y nosotros, venga a correr, venga a correr, aunque yo fui un par de veces a ver a mamá,y, cuando me silbó, me fui corriendo hasta ella, para que no se pensara que, como estaba en mi casa de antes, ahora la quería menos .

Después fueron llegando mis otros hermanos, pero yo casi no los recordaba, porque se fueron pronto de la casa de mis papis a otras casas. A mi mamá Alba sí que la recuerdo, pero no estaba allí, aunque mi otro hermano, el más grandullón de todos, es igualito que ella, igualito, igualito.

Cuando llegó mi papá de antes ya estábamos todos por allí armando y también me abrazó y me besó, que yo sé que me quiere mucho.

Bueno, pues entre tanto jaleo, y tanto correr y tanto morder, el que más armaba y más ladraba de todos era Tony, que siempre tuvo muy mal carácter y sigue igual. Tony lleva años sin ser cachorro, pero se comporta muy mal, a pesar de que sus papás –mis primeros papás- le riñen; pero a él le da igual. Y luego, Messi, que es un tragaldabas de mucho cuidado y quería comer de todo.¡Hasta se subió a la mesa –y mira que está gordo- y se agenció una empanada que medio se zampó antes de que nos diéramos cuenta!.

Ha sido un día muy cansado, pero ha merecido la pena. He llegado tan reventado a casa que casi no me he metido con Sofía. Lo que pasa es que ella ya no se fía de mí y prefiere esconderse antes de que yo empiece a perseguirla por el pasillo. Por si acaso.

Diario de Pepín. Día 45

Mamá y yo vemos crecer la hierba. Por la mañana vemos como corre el agua por la calle abajo, porque siempre llueve finito encima de los jardines. De pronto, se para la lluvia y ya solo queda la hierba mojada y fresquita. Yo disfruto mucho correteando por el jardín empapado de agua, pero no me gusta nada pisar la calle mojada; no es lo mismo. Bueno, pues, a lo mejor, una mañana, la hierba está muy pequeñita, como si una vaca hubiera pasado allí la noche pegándose un atracón, y huele a hierba cortada; al día siguiente la vemos un poquito más crecida, verde y mullida que da gusto pisarla, crece un poquito más el siguiente día y, como mucho, un día o dos más, y las vaquitas vuelven a pasar la noche comiendo pasto. Nosotros nunca las vemos, pero vemos como queda de pequeñita la hierba después de pasar ellas por allí. Y otra vez a empezar; la hierba nunca se cansa.  Y las vaquitas, tampoco.

Diario de Pepín. Día 44

Debe de ser domingo otra vez, porque esta mañana hemos llegado hasta el río. El río está lejísimos pero yo no me canso, incluso doy brincos por la hierba que hay allí y echo carreras sin correa ni nada, aunque nunca me alejo demasiado de mamá y miro de vez en cuando a ver si ella sigue cerca. Me gusta, cuando me separo un poco, que mamá me silbe para volver. Ella me silba de una forma especial, como solo silba ella y como solo me silba a mí,  y, entonces, yo echo a correr como si no hubiera un mañana. Luego me siento frente a mamá esperando una golosina, ella me dice “muy bien, muy bien” y me da un trozo de colín como premio.

Pero todo no es así de bonito, porque esta tarde, mamá se ha enfadado conmigo. Primero, porque hice pis en casa, aunque ella me tiene un empapador en el balcón por si me aprietan las ganas y no me aguanto hasta la hora de salir, y luego, porque le pedí que me quitara la correa para subir las escaleras de casa y, cuando íbamos por mitad de camino, me paré, ella me llamó pero no hice caso, y volví a bajarme hasta el portal. Mamá bajó detrás de mí a buscarme, me riñó y volvió a ponerme la correa –que odio desde que me asustó por el pasillo de casa- y me llevó casi a rastras porque yo me hacía el remolón. Y luego, ya en casa, me dijo muy, muy seria que no me moviera de un rincón y yo estuve allí quieto, sin moverme, muchísimo rato, a ver si se le pasaba el enfado. Por lo menos estuve uno o dos minutos allí quieto; una eternidad.

Diario de Pepín. Día 43

Me he llevado un susto de muerte. Mamá me ha comprado una correa extensible que me gusta mucho, porque puedo corretear por ahí sin que parezca que voy atado. Puedo marchar muy lejos de mamá sin peligro. Además, han puesto carteles en los parques y en la hierba diciendo que los perros no pueden ir sueltos y siempre hay alguien que protesta al vernos sin atar, aunque los perros vayamos a lo nuestro y ni siquiera les miremos.

Pues el caso es que, en casa, mamá me puso el arnés y la correa para salir, pero luego se acordó de algo que tenía que hacer antes y me dijo “¡quédate aquí un momento, quédate quieto!” y yo la miré sin pestañear como si ya, desde ese momento, me hubiera quedado quieto para siempre. Pero el espíritu de los cachorros tiene super poderes y, en cuando mamá se dio  la vuelta, yo empecé a ir detrás. ¡Qué horror, qué ruido más infernal el de la caja donde se enrolla la correa, dando contra el suelo de madera! Yo me asusté muchísimo, cuanto más ruido hacía más corría yo, y más ruido hacía entonces… Pude esconderme debajo de la cama; ni siquiera me di cuenta de que, al parar yo, paraba el ruido; y mamá venga a buscarme y no me encontraba en ninguna habitación. Hasta que me atreví a salir de mi escondite para correr hacia ella y ¡otra vez aquel ruido atronador que me perseguía! Menos mal que mamá nos paró en seco en medio de la carrera, a la correa y a mí. Y Sofía, observándonos tranquilamente desde el sofá, que esta vez no iba la carrera con ella.

Diario de Pepín. Día 42

Por las mañanas tengo mucho trabajo en la calle. Aunque haya pasado el camión que echa agua a chorros, quedan muchos olores de la gente y de las mesas y las sillas que ponen durante el día. Bueno, quedan olores y muchas otras cosas también, los restos chiquititos de lo que la gente ha comido en la calle. Y algún vaso de helado, que está de rechupete. Mamá me riñe a cada rato, porque no le importa que huela, pero no quiere que coma cosas del suelo, que, a saber qué me meto en la boca con el afán de comer.

Cuando vamos por los jardines, paso casi siempre por el mismo sitio, porque hay un trozo de hierba, al lado de las mesas y las sillas, donde todos los días encuentro trozos de pan. Y si yo me engancho a un trozo de pan no hay quien me lo quite. Bueno, mamá podría quitármelo de la boca, eso sí, pero mamá no me lo quita porque el pan es bueno para los perros, y a mí, me encanta.

Diario de Pepín. Día 41

Hoy otra vez. En el parque nos juntamos cinco perros, de todos los colores, formas y tamaños, aunque se veía que todos eran mayores que yo porque todos estaban mucho más tranquilos y ninguno dio saltos cuando yo me acerqué. Y todos los papás me miran a mí porque soy el nuevo; y va uno y le pregunta a mamá que de qué raza soy. Mamá respondió, otra vez, que soy de marca blanca, y algunos papás se echaron a reír, pero no inmediatamente, que se quedaron un poco pensando qué habría querido decir. Y, entonces, va un papá y dice que yo soy muy bonito, que algunos cruces son muy feos, pero que yo soy muy bonito… ¡qué obsesión tienen algunos papás con eso de la raza, que yo ni sé lo que es!

Yo olí un poco a todos y todos me olieron a mí. Todos hicimos lo mismo, sin importarnos lo que pensara el papá de cada uno.

Hoy no estaba Cascabel en la Plaza pero, a cambio, he conocido a Paco. La mamá de Paco no lo había sacado a pasear hasta ahora, porque le faltaban vacunas, pero ahora ya, sí. Ahora ya podemos jugar juntos porque somos casi de la misma edad aunque él es mucho más pequeño que yo. Si no fuera por todo el pelo que tiene, sería un  montón de veces más pequeño que yo. Y la mamá de Paco no le preguntó a la mía de qué raza soy.

Diario de Pepín. Día 40

Las cosas con Sofía van mucho mejor. Ahora ya se acuesta en el sofá aunque esté yo por allí y no se asusta si yo me subo de un brinco. Es que, cuando ella salta, no se nota apenas, parece que no pesara nada, y, en cambio, cuando salto yo se nota en el sofá entero.

Por la noche nos acostamos mamá y yo en la cama, y luego ya viene ella –viene ahora, que antes ni aparecía por allí- y da un salto por encima de los dos y se pone también junto a mamá, pero del otro lado. Para poco allí porque en seguida se larga y empieza a maullar muy suave desde la puerta de la cocina, como pidiendo algo. Algunos días mamá se levanta a echarle un poco de comida blanda y ya se calla, pero dice mamá que tiene que acostumbrarse a comer pienso, como yo.

Es más difícil educar a Sofía que a mí porque Sofía insiste muchísimo. Cuando mamá no le da comida blanda se sube a un mueble, se pone de manos y empieza a arañar un cuadro. Por eso mamá la llama “descuelgacuadros”, y le riñe desde lejos y Sofía se para de momento y luego, vuelta a empezar. Mamá tiene mucha paciencia porque Sofía le mueve los cuadros y, cuando me deja en casa, yo me llevo siempre hasta mi camita la oveja rellena de arena que sujeta la puerta de la habitación -y eso, porque me cierra el vestidor y no puedo cogerle las sandalias-. ¡Y mira que nos lo ha dicho veces, que no, que no, que eso no se hace! Pero, de momento, no podemos aguantarnos las ganas…