Diario de Pepín. Día 59

¡Mira si me querrá mamá que esta tarde ha estado cosiendo los peluches que yo había destrozado! Y es que mamá odia coser desde que la obligaban a hacerlo por ser una niña. Mientras ella cosía yo me tumbé a su lado en el sofá y de vez en cuando metía la cabeza para llevarme los muñecos, pero ella no me dejaba hasta que estuvieron perfectos otra vez. Yo no me moví de allí en todo el tiempo. Lo menos que podía hacer era acompañar a mamá en esa odiosa tarea. ¡Y luego, a morderlos otra vez!

Diario de Pepín. Día 58

Dice mamá que, antes de estar yo, salía de la oficina y se iba a casa, algunos días muy cansada. Y ahora que estoy yo, aunque llegue muy, muy cansada, tiene que sacarme un rato a la calle para que haga pis. Y dice también que, por eso mismo, yo soy importante; porque no todo es trabajo. Yo hago lo que puedo: siempre la recibo dando saltos de alegría y siempre quiero estar con ella. ¡Ah, y siempre intento portarme bien!. A veces no me sale, pero yo lo intento.

Diario de Pepín. Día 57

Yo esperaba a mamá en el sofá después de comer -cuando ella se sienta en el sofá yo me pongo a su lado, pero, en cuanto se levanta a por algo, me estiro todo lo que puedo y me coloco, justo, justo, donde ella estaba-. Mamá llegó a tumbarse y yo corrí a por un muñeco para llevarme a la boca mientras ella fuera a dormir la siesta; porque la ciencia de la siesta es ponerme atravesado sobre mamá y seguir jugando con un peluche pequeño, que no sé yo cómo puede dormirse si yo no paro. Sofía, que ya tiene muy poquitos reparos, vino como una bala en cuanto nos vio y, como no se atrevió a ponerse encima también, se subió al sofá y se colocó al ladito justo de mamá. Yo creo que lo que quería Sofía era estar donde yo estaba y hacer lo que yo hacía porque al cabo de un ratito de nada se bajó y nos dejó solos; que lo mismo hace por la noche en la cama, que, si se acuesta con nosotros no aparece con nosotros por la mañana. Luego le dará envidia de mí, pero no se da cuenta de que yo siempre estoy con mamá, solo si ella se marcha y me deja en casa estoy lejos de ella, si no, siempre estoy a su lado o muy cerquita.

Menos esta mañana cuando salimos a caminar. Como no dejo de dar vueltas, a menudo mamá tiene que cambiar de mano la correa y en una de esas, se le cayó la caja esa donde queda recogida automáticamente. Yo me asusté muchísimo con el ruido y empecé a correr despavorido y la caja me perseguía todo el tiempo. Mamá me llamaba a voces y me decía que me parara –tenía miedo de que me perdiera o me pillara un coche- pero yo era incapaz de hacerle caso hasta que la dichosa caja esa se estrelló contra una pared y se paró. Y yo también pude pararme al final. Mamá me cogió en brazos y me dio muchos besitos, pero el susto fue morrocotudo.

Diario de Pepín. Día 56

Esta noche hemos dormido los tres en la cama, mamá, yo a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, y Sofía a sus pies. Y, antes de dormir, vi a Sofía colocarse, por primera vez, en su camita de tela azul. En los dos meses que llevo yo en la casa, ni siquiera se había acercado a ella, y eso que era suya. Debía pensar que yo no la dejaba. Creo que, al final, seremos buenos amigos.

Esta mañana he jugado con Max. Nuestras mamás nos dejaron sueltos porque, si no, preparamos un barullo con las correas imposible de arreglar, y estuvimos corriendo un rato. Me he dado cuenta de que los perros pequeños tenemos una ventaja, y es que nos podemos meter  por sitios donde ellos no caben. Muy grandotes, muy grandotes, pero nosotros podemos ir por donde ellos van y también por donde ellos no pueden ir; además, a la hora de correr, no me gana nadie. Eso sí, cuando yo veía que él me iba a alcanzar, yo empezaba a chillar como si me pegara y, entonces, su mamá le reñía y Max se frenaba un poco. Vamos, que no hace falta ser más grande para ser más listo.

Diario de Pepín. Día 55

Los cachorros tenemos que aprender tantas cosas, tantas cosas nos pasan por primera vez que no sé yo si, cuando deje de ser cachorro, me habrá dado tiempo a todo.

He visto llover por primera vez, una lluvia suavecita que apenas se veía caer pero sonaba al golpear sobre la grama y sobre la tierra. Yo había visto la lluvia desde abajo que riega los jardines cada mañana pero esto es otra cosa, en la lluvia de esta mañana el aire olía a fresco y a mar y las gotitas que me caían en los hocicos me hacían cosquillas. Pero también he oído cómo se rompía el cielo sobre mi cabeza, que iba yo todo chulo a explorar el jardín cuando, de pronto, hubo un estruendo terrible y el aire tembló a mi alrededor y creí que todas las piedras del mundo iban a caer sobre mí. Antes de pestañear dos veces ya me había metido en casa, a todo meter.  Mamá dijo que no tuviera miedo, que eso era un trueno y que a todos los perros nos asustan mucho las tormentas. ¡Cómo no nos van a asustar, a todo el mundo le asustarán, digo yo!

Bueno, pues, además de la lluvia y de los truenos, he aprendido una cosa nueva. Aún no me atrevo a meterme yo solo en el coche, pero ya sé bajarme yo solito. Mamá me quita el amarre de seguridad que me pone para viajar y me coloca la correa de paseo y luego ya me deja a mí solo que, de un saltito baje del asiento, y de otro más salga del coche. Y eso hago, que me bajo todo orgulloso y luego espero a mamá y ella me mira y yo sé que también está muy orgullosa de mí.

Diario de Pepín. Día 54

Estar de vacaciones es muy cansado. Vas y vienes de los sitios y apenas descansas, no como cuando estamos en la oficina, que trabajamos, pero a mí me da tiempo a dormir. Hoy hemos ido a un sitio que yo no conocía, tan lleno de gente que era un agobio, todo pies y piernas, sin hueco para que pasáramos los perros que, por cierto, éramos muchos. Mamá me cogió en brazos unas cuantas veces porque yo creo que nos estábamos agobiándo los dos. Dice mamá que, cuando ella era niña, la abuela le reñía porque siempre iba mirando al suelo, así que, ahora, no le iban a faltar motivos porque desde que me vigila, no mira para otro lado.

Yo tenía muchísimo que olfatear y no tenía un momento de sosiego y, además, todos los niños que se cruzaban con nosotros querían tocarme. Y había muchos también. Entre los mayores que me decían cosas y los niños que me tocaban no había forma de caminar.

Yo no sé si durará mucho esto de llamar tanto la atención. A mí no me importa, incluso me gusta; pero espero que mamá no se canse.

Diario de Pepín. Día 53

Babos es una abusona. Bien es verdad que me he alegrado de volver a verla; que, en cuanto bajamos del coche, empecé a mover el rabo porque reconocí el mismo lugar de hace tres semanas y empecé a corretear por el jardín pero, en cuanto apareció ella, la vi tan grande que me encogí un poco y me quedé al verlas venir, procurando no provocar. Y eso que mamá le trajo un hueso enorme, para que no se comiera mi comida, que, en cuanto llego, es lo primero que hace; abre esa bocaza enorme que tiene y en un “plis plas” se zampa todo lo que hay en mi comedero. Y hoy, como no había comida, se ha puesto a beber agua como si no hubiera un mañana, y nos ha dejado el piso pingando.

Luego hemos jugado un ratito muy bien, yo corría y ella me perseguía por el jardín, y, como yo soy mucho más pequeño que ella, tengo que correr muchísimo más de prisa para que no me alcance y me meto por sitios pequeños por los que ella no cabe. Mamá se reía al vernos, dejó el libro que estaba leyendo y nos miraba dando vueltas como locos. Pero claro, eso fue hasta que se acordó del hueso. En cuanto se lo metió en la boca se olvidó de mí; se tumbó en la hierba y venga a morder y a morder. Yo todavía me atreví a acercarme, porque esos huesos me chiflan, pero antes de poder quitárselo de la boca me pegó un gruñido que me echó para atrás. Supongo que no me iba a morder, pero por si acaso, que lo que sí es seguro, es que no iba a dejarse quitar el hueso. Por eso digo que es una abusona, que, como por tamaño iba a ganar ella, me puse a correr en círculos a su alrededor, a más velocidad que si escapara de un fuego, para distraerla y poder quedarme con el dichoso hueso, pero nada, que estuve un buen rato corriendo y la única que me miraba era mamá y lo único que hice fue cansarme. Así es que recogí velas y me fui a acurrucar al lado de mamá, dolido con tanto desprecio. Yo no lo sabía aún, pero mamá me había traído también un hueso para mí, aunque era más pequeño.