Diario de Pepín. Día 40

Las cosas con Sofía van mucho mejor. Ahora ya se acuesta en el sofá aunque esté yo por allí y no se asusta si yo me subo de un brinco. Es que, cuando ella salta, no se nota apenas, parece que no pesara nada, y, en cambio, cuando salto yo se nota en el sofá entero.

Por la noche nos acostamos mamá y yo en la cama, y luego ya viene ella –viene ahora, que antes ni aparecía por allí- y da un salto por encima de los dos y se pone también junto a mamá, pero del otro lado. Para poco allí porque en seguida se larga y empieza a maullar muy suave desde la puerta de la cocina, como pidiendo algo. Algunos días mamá se levanta a echarle un poco de comida blanda y ya se calla, pero dice mamá que tiene que acostumbrarse a comer pienso, como yo.

Es más difícil educar a Sofía que a mí porque Sofía insiste muchísimo. Cuando mamá no le da comida blanda se sube a un mueble, se pone de manos y empieza a arañar un cuadro. Por eso mamá la llama “descuelgacuadros”, y le riñe desde lejos y Sofía se para de momento y luego, vuelta a empezar. Mamá tiene mucha paciencia porque Sofía le mueve los cuadros y, cuando me deja en casa, yo me llevo siempre hasta mi camita la oveja rellena de arena que sujeta la puerta de la habitación -y eso, porque me cierra el vestidor y no puedo cogerle las sandalias-. ¡Y mira que nos lo ha dicho veces, que no, que no, que eso no se hace! Pero, de momento, no podemos aguantarnos las ganas…