Diario de Pepín. Día 50

Sofía se va acercando cada vez más. Es como si la recién llegada fuera ella y, poco a poco, fuera cogiendo confianza.

Yo ya había vivido con gatos en mi otra casa y tengo visto que son gente que anda a su aire, y que, por muy activos que sean, tienen un ritmo que, visto con ojos de perro, ni siquiera es ritmo. Yo veo que mamá me llama y salgo como una bala, o que, cuando llega a casa, me pongo a bailotear de manos delante de ella para que me acaricie y me diga cositas; en cambio, Sofía –y no es porque esté yo-, la espera pacientemente subida en un mueble, maúlla casi sin voz cuando llega mamá y se lo piensa dos veces antes de bajarse –excepto si tiene hambre-. Y si mamá la llama, Sofía va, pero se toma su tiempo.

Bueno, pues ahora, al cabo de dos meses, ya nos sentamos los tres en el Sofá: primero yo, luego llega mamá y, algo más tarde y después de llamarla, llega Sofía. Y, cosa extraordinaria, cuando mamá se tumba en el sofá después de comer, y yo me tumbo encima de mamá, Sofía ya ha empezado a tumbarse al lado. Solo un ratito, luego se pone nerviosa y se va. Claro que dice mamá que, antes de llegar yo, siempre se tumbaba Sofía con ella…

Si no fuera porque a veces me da un repente y salgo corriendo detrás de ella por toda la casa hasta que se sube a cualquier sitio para escapar, yo creo que ya seríamos como hermanos. Porque eso somos en realidad, hermanos con una mamá, aunque yo creo que Sofía no lo sabe.

Autor: AdelaVilloria

Trabajo para poder comer. Escribo para poder vivir.

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