La vida simple

Si lo pensaba detenidamente, él no era un hombre brillante; pero, ¿para qué quería ella un hombre brillante, capaz de eclipsar con su luz la suya propia, o capaz de atraer, por el mismo motivo, a todas las mariposas que revoloteaban por ahí? ¿Cómo explicarle que lo que ella necesitaba en realidad era un hombre normal que supiera hacerse imprescindible? Sí, un hombre que supiera manejarse en el noble arte de la esgrima, con reflejos e imaginación y capaz de marcar sin herir; un hombre de tierna sonrisa y sosegados silencios; un refugio, a veces, y un niño siempre, pero, sobre todo, lo que ella necesitaba, era un hombre capaz de ordenar el frigorífico porque ella era una inútil para eso y estaba harta de encontrarse la fruta enmohecida y los yogures caducados.

Cumpleaños

El día de su cumpleaños, Saúl decidió no hacer balance. Se levantó como cada día aunque, poco a poco, fue dejándose invadir por una sensación de novedad, de estreno, como cuando, de pequeño, se ponía una camiseta o unas zapatillas nuevas, y la vida estaba por gastar aún.

El día de su cumpleaños, Saúl tampoco quiso hacer planes, ni siquiera para el corto plazo del año que seguiría a aquel día. Cerró los ojos y sintió cómo una ligera brisa le acariciaba el rostro y le envolvía después en un tierno abrazo, identificó en ella el olor y la textura de todos sus afectos y se sintió entrañablemente vivo, capaz de seguir ilusionándose y aprendiendo y rectificando o no, según el momento y la ocasión; para no dar todo por hecho nunca, para tener siempre un camino por delante.

Saúl se dio cuenta de que no sólo no iba a ser capaz de dibujar su futuro, sino que ni siquiera le importaba. Lo único que Saúl quería era sentirse vivo, y eso ya lo había conseguido, con creces.

Sombra y luz

Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.

Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.

Sólo cenizas

Sólo cenizas; de ti no quedan ya más que cenizas. Miro la urna y la siento extraña entre las manos, tiemblo como la primera vez que te acercaste a mí con aquella mirada…, como tantas veces en tantos años… Estoy llorando, sin aspavientos, se me inundan las mejillas de lágrimas… Ya lo he decidido, viajaré hasta el mar, hasta el mismo hotel donde pasamos la luna de miel, a la misma playa, y lanzaré al viento tus cenizas para que ya no quede nada de ti sobre la tierra. Y me marcharé hacia mi vida sin mirar atrás. Y dejaré de odiarte.

Barricadas

Con tanto esfuerzo había levantado las barricadas, con tanta meticulosidad… las vigilaba tan de cerca para que no quedara un resquicio por donde pudiera infiltrarse el enemigo, que no te vi llegar, no me di cuenta de cómo las ibas desmontando detrás de mí, de cómo las derribabas, hasta que me vi libre en medio de la calle, en medio de mi vida. Y entonces decidí caminar contigo.

Miedo

El hombre, joven, tiene el pelo negro y lo lleva corto sobre las orejas, mientras se le ahueca un poco en la parte de arriba. Coge el vaso con la mano diestra y se levanta del sofá girándose hacia el espejo de la pared donde se refleja serio y pensativo; podría parecer triste porque el blanco y negro se ha instalado en la escena pero no se siente triste, esa noche no. La camisa abierta, perdida ya la corbata, le devuelve un poco de luz; se fija en el diminuto botón, ahora libre y piensa en alto, “Tengo miedo de morirme sin haber querido lo suficiente”. “Suficiente, ¿para qué?”. Ella ha levantado la cabeza y le ha seguido con la mirada, pero no ha dejado su asiento, no quiere invadirle en este momento. “Suficiente… para perder el miedo a morirme”.

Sombras y luces

No es un mendigo aunque podría parecerlo por su ropa gris, los mendigos no colorean su aspecto porque no hay color en su vida, buena gana de fingir, y, además, es más discreta la sombra de los grises que las luces del color, no vaya a ser que, además de mendigar, se llame la atención, y eso no está permitido por los que tienen de todo o casi de todo, ni se lo permite al mendigo la propia vergüenza, que no se ha conocido a ninguno orgulloso de serlo. Si nos fijamos bien, tampoco parece un mendigo a pesar de los grises y de que camina un poco encogido, arrastrando los pies como el preso que arrastra una pesada cadena, y con la cabeza escondida entre los hombros, por miedo o por vergüenza, o, simplemente, por falta de entusiasmo para empezar el día. Podría parecer, si nos fijamos, un hombre sólo, que camina sólo y se siente sólo, quizás, porque brilla en sus ojos un punto de dignidad por encima de la amargura que traza los surcos en su cara, como de quién ha sido y quiere seguir siendo, como de quién no se resigna, de quién todavía puede encontrar algo de fuerza para continuar, aunque sea hacia no se sabe dónde.

Hoy he vuelto a verle, medio arrastrado por un niño pequeño que le llevaba de la mano y tiraba de los dos entre brincos y chillidos, sorteando bordillos y escalones, pero sin soltarle nunca, que la carga se arrastra mejor si se comparte y el chiquillo se sabe, sin saberlo, más fuerte que el viejo y  más capaz. De pronto, el niño se ha parado y le ha hecho señas para que el hombre se agache y, cuando lo ha hecho, no sin cierta dificultad, que los goznes no ceden solo porque uno afloje en la amargura, le ha dado un abrazo colgándose de su cuello. En unos instantes, han seguido el camino los dos, el viejo, menos viejo, y el niño, más mayor; el niño caminando más despacio, y el viejo, casi sin arrastrar los pies.