Café

Estuvo a punto de volverse, movido por un impulso. El aroma del café que el camarero acababa de servirle desapareció cuando aquel perfume le envolvió por la espalda, como si ella, ella, aguardara pacientemente detrás y le tocara el hombro para llamar su atención.

La cucharilla removiendo el azúcar era ya el perfume mismo, el olor que el perfume dejaba en su piel, el olor de sus ojos tímidos e inmensos, de sus silencios acogedores  y de sus charlas interminables, el olor de sus gestos, de sus abrazos, de la huella en sus sábanas; el olor de su memoria…

Respiró hondo, todo lo que pudo; apuró el café de un trago y salió despacio hacia su vida.

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Artrosis

Voy algo gastado ya. Voy y vengo como puedo con mis tres piernas y la que me nació en el nogal del huerto es la única que no me duele, que la quiero ya más que a las mías propias, que sólo hicieron el mérito de nacer conmigo y, a base de doblar y desdoblar, se pasan el día chirriando, mientras que ésta otra se aguanta las ganas de adelantarme y echar a correr, ella que puede, y se queda a mi lado, sumisa y ordenada, uno dos, unos dos… Por eso, cuando la siento algo cansada, dejo de trajinar de un lado para otro, y me vuelvo al almacén, y la dejo apoyada contra el quicio de la puerta, y me llego hasta la silla del nieto, y me pongo a ensoñar en medio de la nada y del tiempo que voy tomando prestado con falsas promesas de devolución. Y, a veces, me quedo traspuesto y vuelvo a buscar nidos y a coger moras, y madre me riñe porque llego con las rodillas desolladas. Aún ahora, las rodillas desolladas.

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Mi vida entera.

No me has querido nunca; o me has querido poco, que, para el caso, lo mismo da. Seguro que has olvidado el día en que nos conocimos, cuando bajabas la cuesta del pueblo con aquel vestidito de flores, con vuelos en la falda, y la cintura tan marcada que daban ganas de abrazarte por ella y no soltarte más; cuando me mirabas sonriendo y entornando los ojos, y meneando las caderas. ¡Dios, qué ganas de tenerte, desde aquel día!; y lo que me hiciste marear y andar detrás de ti, espantando moscones que nunca te han faltado alrededor… Te dejabas querer y yo me volvía loco por ti; eras mi vida entera, y tú, tú no lo entendías, no estabas nunca a la altura, dejándome en vergüenza delante de los amigos y de los compañeros de trabajo, muy mosquita muerta, muy modosita, para luego coquetear con todo el que se te pusiera por delante. Si, hasta he dudado de que los niños fueran míos, me dicen que se me parecen y será verdad, pero no puedo soportar que también les quieras a ellos más que a mí, siempre pendiente, siempre encima, y a mí, ni puto caso que me haces…

Alguna vez, sí, alguna vez me has querido, alguna vez me has abrazado y me has mirado con esos ojos negros que me embrujaban, toda mía, pero luego te ibas al trabajo, o con las amigas, o sabe Dios adónde, y volvías con otra cara, con otras palabras, con otro olor, y ya te molestaba que te tocara porque decías que siempre pensaba en lo  mismo y no era el momento; ¡y no te dabas cuenta de que yo necesitaba entonces tenerte, más que nunca! ¡No te dabas cuenta de que tu rechazo era la prueba de lo puta que eras! ¿Por qué me provocabas? Yo no quería pegarte, pero no había forma de hacértelo entender; me resistí lo que pude, ¿cuántos años estuvimos casados sin ponerte la mano encima si no era para acariciarte? ¿Cuántos? Solo he vivido para ti, toda mi vida, y, cuando te di el primer bofetón corriste en seguida a casa de tu madre, hasta que fui a buscarte y me humillé y me arrastré para que volvieras. Creías que siempre iba a ser así ¿verdad? Tú, en un altar, y yo, siempre sumiso, esperando la limosna que me dabas.

Ya se acabó, si querías tanto a los niños, haberlo pensado antes, de ti dependía. Ya no te verán más, ni ellos ni esos hijos de puta con los que seguro que te acostabas. Lo que más me jode es que me has hecho dudar por un momento; me has mirado como aquellas veces, cuando me querías; hasta que te has asustado viendo tanta sangre.

Ahora ya no vas a dejarme, ya no vas a ninguna parte, ni yo tampoco. No quiero ir a ninguna parte sin ti. Esperaré, no tardarán en llegar a buscarme.

En el ocaso

Escoger el nombre había sido cosa de su madre, o, al menos, así se lo contaron cuando era pequeño, cuando él se dio cuenta de que casi todos los niños tenían un nombre corto y él, en cambio, no. O eso le parecía a él.
Solía llegar corriendo desde la escuela a su casa y le preguntaba a mami por qué sus amigos se llamaban Luis, o Manuel, o Jesús, o Javier, o… y él se llamaba con ese nombre tan largo, tan raro.
Su madre, entonces, dejaba la patata a medio pelar en el cestillo, o la labor de costura sobre la mesa camilla, y posaba sus manos, aquellas manos tan ágiles y delicadas aún, sobre sus pequeños hombros, se colocaba frente a él, con los ojos a la altura de los suyos, y le miraba con tanta ternura como él nunca volvió a ver en otros ojos a lo largo de su vida, ni siquiera en los de ella.
Entonces mami le contaba cosas de cuando su padre y ella eran muy jóvenes y no podían separarse uno del otro, -luego sí, luego papá desapareció de pronto un día y mamá lloró mucho, y muchas, muchas veces después, la vio en la ventana, con la mirada lejos y los ojos aguados-, y le contaba cómo soñaban con tener un hijo, el hijo más querido del mundo, el más deseado, porque ellos se querían tanto y querían tantas cosas buenas para él, que, incluso, habían decidido no ponerle un nombre cualquiera, un nombre vulgar como tantos otros. Su hijo era especial, y su nombre debía serlo también. Su nombre era el nombre de su abuelo paterno, porque papá había venerado a su padre y quería que su hijo heredara con el nombre la dignidad, la fuerza de voluntad y el carácter templado que siempre había admirado en él, y mamá escogió cuidadosamente un segundo nombre, nuevo, limpio de lastres, abierto a todas las posibilidades buenas que juntos se atrevieron a soñar para él, para su futuro.

Yo le conocí cuando los sueños de papá y mamá ya se habían esfumado, cuando ya era un viejo de poco más de cuarenta años que caminaba torpemente, como si fuera un polichinela, y el encargado de manipularlo no acertara a mover los hilos sino a base de pequeños tirones. Sus adicciones y todo lo que había ido dejando atrás a lo largo de su vida le habían vuelto gris la piel y el pelo raído, como de estopa, y miraba desde detrás de unos profundos ojos negros, bordeados de surcos más profundos aún. No podría decirse si se dejaba vivir, o, más bien, se estaba dejando morir, tal era su agotamiento. Su madre, a veces, le hacía compañía. Era la única que le seguía llamando por su nombre completo, quizás, pensaba él, porque seguía llamando al hijo que una vez soñó y que, a estas alturas, ya se había ausentado para siempre.
Se sabía próximo a la muerte, con esa certeza que no sienten los que cada día juegan con la vida como si fuera eterna. A veces, se mortificaba pensando cuánto de errores pasados y cuanto de mala suerte había en su camino, para después dejarse envolver en un bálsamo de resignación, de conciencia fatal a mitad de camino entre el azar y el destino, entre el remordimiento y la aceptación.
Se sentía un fracasado; seguro que no había sido el hombre que habían soñado por él, y el miedo y la debilidad le seguían paralizando, pero, en la oscuridad de su habitación, cuando los minutos se volvían eternos, enfrentado a su propia conciencia, se reconocía capaz de buscar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte, a una muerte cierta y cercana ya.
Entre la niebla y el sueño, tuvo la revelación de su propia esquela, con aquel nombre suyo tan largo, tan único, y se dejó llevar; sin resistencia.