No creer en Dios

Dios es un constructo. Alguien lo inventó para evitar la lógica y, sobre todo, para librarse de la responsabilidad de sus actos. Si ocurre una desgracia, es cosa de Dios, que te quiere y quiere probarte, y, si hay un motivo de felicidad, debes agradecérselo también a él, que te está premiando por no sabemos qué, pero seguramente por algo inmerecido, tal es su generosidad.

Dios, en su constructo, es el extremo de la condición humana, mejor que el mejor hombre y peor que el peor de los mortales. ¿Cómo, si no, puede Dios pedirle a un padre que asesine a su hijo para ofrecérselo en sacrificio, solo para demostrar su poder inconmensurable? ¿Cómo puede permitir genocidios en su nombre? No, Dios y su mano protectora o su mano de verdugo, tan cruel, resulta tan rácano y cicatero como podemos serlo cualquiera de nosotros. Dios está hecho a nuestra imagen y semejanza.

La vida pasa, nos pasa por encima con mejor o peor fortuna, pero eso no depende de Dios, no de ese Dios. Mis padres han tenido la vida que les tocó vivir, como casi todo el mundo; depende de cuándo y de dónde naces. Por mucho que Franco desfilara bajo palio, ningún Dios puede consentir ni proteger a un dictador que provoca una guerra, que mata en su nombre y en el de sus propias ideas, y que firma sentencias de muerte en tiempos que, cínicamente, llamó tiempos de paz tras la victoria.

Mis padres tienen ahora 95 años y una salud que podría decirse acorde con su edad. Mi padre, casi ciego y con problemas de movilidad, conserva su cabeza como si el tiempo no hubiera pasado por él. Mi madre, en cambio, es totalmente dependiente, y su cerebro se ha nublado tanto, que, a veces, ni siquiera me reconoce, y otras, me sonríe porque aflora en ella un sentimiento profundo hacia mí, pero no sabe cómo me llamo y, probablemente, no sepa, en esos momentos, que soy su hija.

El desgaste de la vida ya vivida le ha hecho perder la memoria y la ha arrinconado en sus años de niña. Mi madre tiene pesadillas y alucinaciones, y vuelve a morirse de miedo porque van a buscar a su padre a casa para matarlo, y ve cómo le cortan el pelo a su hermana y le hacen tragar aceite de ricino, y cómo su hermano, apenas un adolescente, se viste con camisa negra y grita “arriba España” para sobrevivir, y cómo las niñas-bien le pisan a ella los pies obligadamente descalzos al paso de la procesión. Mi madre grita semiinconsciente porque cree que la van a matar o vocea ¡Viva Franco! ¡Viva!

La vida la está privando de todo lo bueno y la sacude machaconamente, sin ninguna relación con los merecimientos. No, ella no merecía ser víctima entonces, cuando sufrió bajo la crueldad de los que se creían tocados por el dedo divino, y no merece ahora revivir ese pasado. No puede haber un Dios tan cruel e injusto que se responsabilice de este devenir. No puede haber un Dios tan miserable que perpetúe el daño que le hicieron.

Octubre

Afuera sigue lloviendo.
Es octubre.
Todo parece más efímero
en octubre,
languidece la luz
y el viento racheado
amenaza
con las garras del invierno
mientras yo
me visto de ocre entre las hojas
abandonadas,
casi muertas,
me duelo
como se duelen ellas,
pasado ya el tiempo
en el que fueron árbol
y susurraban palabras de amor,
mecidas por el suave viento
de la primavera.
Pero el tiempo inacabado
volverá,
con sonidos distintos
con distintos colores,
dejando atrás las luces mortecinas
y el abrigo del fuego en los hogares,
los árboles
seguirán siendo los mismos
e, incluso,
serán iguales las hojas que han de caer
de nuevo,
la gente de la plaza
parecerá la misma gente
pero nada será igual…
La vida se renueva 
para cerrar su círculo
y seguir
susurrando palabras de amor
en corazones que sueñan
y tejer versos
en la pluma de poetas locos
que visten de hipnótico color
la tristeza
de las hojas muertas.

He aprendido

He aprendido a vivir,

he aprendido a desnudarme,

a inventariar

los lunares del alma,

las arrugas,

las cicatrices de heridas viejas,

el gozo por todo lo ganado

y el dolor

                        por todo lo perdido…

He aprendido a mirarme

en el espejo

con la benevolencia de los ancianos,

que ya todo lo disculpan

porque todo lo han vivido,

pero mantengo aún

el destello fugaz del indomable,

del que no se conforma,

del que atiza los rescoldos

porque no se resigna

a dejarse vivir,

a abandonarse al momento final,

tan predecible,

como si aún pudiera ganar yo,

mientras aprendo a morirme.

Como el viento, la vida…

Yo no quiero ser roble,

quiero ser junco,

quiero ser la hierba

en la orilla del río

que nos lleva,

quiero engañar al viento

que quiebra las ramas secas

y arranca las hojas verdes,

que gime en los callejones

y golpea

los cristales con violencia.

Quiero engañarlo,

que piense,

que no merece la pena

desgastarse

con quien parece tan débil

como una brizna de hierba.

En la noche

Hace mucho tiempo ya que todos los gatos son pardos, aunque yo no soy consciente de ello.

De pronto, un aullido feroz me devuelve a la vida y ya solo existe para mí esa ambulancia que se aleja veloz hacia el hospital. Pienso entonces que esa sirena es un signo de vida, un signo de esperanza; ¿para qué si no, si el enfermo ya fuera un cadáver?

Y me alegro por él, o por ella, y también por mí, que, ahora, soy consciente de eso, de que estoy viva. Y cierro lo ojos otra vez, para soñar contigo.

La muerte de Aniceto Pi

El día en que Aniceto Pi decidió morirse fue un día normal. Unos se habían levantado muertos de sueño, maldiciendo su suerte, o su desgracia, que los obligaba a trabajar; otros se habían despertado en los brazos de su amante y volvieron a enlazarse en un abrazo infinito, en espera de que la espera ante una nueva oportunidad de verse fuera corta; otros acariciaron la cabecita del bebé insomne, al fin dormido, y otros, sin más, apagaron la alarma y se fueron a la ducha.

Para Aniceto Pi tampoco fue un día extraordinario; tomar la decisión de morirse no era nada del otro mundo, era una consecuencia normal que casi se veía venir. En los últimos días había pensado en su madre, un “sargento cocina” que confundió toda su vida el orden con el amor a sus hijos; en su exmujer, que cumplió adecuadamente con las expectativas del primer amor y se había ido desinflando, poco a poco, hasta llegar a ser solo una buena amiga, luego, una amiga sin más, y, en estos momentos, una conocida amable con la que tenía intereses en común, sus hijos. También había pensado en ellos, y le reconfortó darse cuenta de que había hecho todo lo que estaba en su mano para que fueran buenas personas, y, ahora, ya talluditos, se veía libre de cualquier responsabilidad. En todo caso, él seguía ofreciéndoles su hombro pero no encontraba en ellos un hombro recíproco. Será lo normal, había pensado también, nos separan muchos años, yo casi estoy de vuelta y ellos empiezan el camino.

Aniceto Pi pensaba mucho y en muchos, pero, a veces, se dejaba adormecer en la playa de sus días mientras veía venir las olas. No se estaba mal así, tomar decisiones era, en ocasiones, demasiado cansado. Hasta que un día, de pronto -todo pasa de pronto, en un único momento, aunque se haya ido fraguando durante días o años, basta un momento para que, al final, suceda- se dio cuenta de que su vida era buena, pero no era la vida que había soñado; se dio cuenta de que, cuando se sentía mal o, por el contrario, era muy feliz, añoraba siempre a quién no estaba con él para compartirlo, se dio cuenta de que aún le quedaban sueños por cumplir, casi olvidados…

La vista de las olas mansas lamiendo la arena de la playa le había dado paz pero, poco a poco, la paz se había ido tornando en hastío. Por eso decidió morirse, dejar de ser lo que era y como era. Decidió ser valiente y arriesgarse ante los juicios ajenos sabiéndose coherente con su propio juicio. Morirse y renacer asiendo las riendas de su vida.

Por horas

Pocas cosas le quedarían ya por ver después de tantos años limpiando casas. En las dos que tenía fijas desde hace más de diez años había ido viendo crecer a los niños, desde el colegio a la Universidad, aunque solo una vez coincidió con uno de ellos. La casa estaba vacía cuando ella trabajaba porque era más cómodo limpiar sin gente por allí, pero un día, hace unos tres años, uno de los chicos pasó a deshora a recoger algo que se le había olvidado y ella lo reconoció. Era el de la foto de la segunda balda del mueble del salón. Le pareció curioso ponerle voz y movimiento a aquel joven sonriente que miraba al infinito y, de pronto, la miraba a ella como si no se atreviera a entrar en su casa, como si el intruso fuera él. Y quizás tenía razón el chico, porque, a aquella hora, el intruso era él.

Se había acostumbrado a aquellas dos casas vacías de gente pero llenas de vida. Había sabido de sus avatares, de sus tragedias y de sus alegrías sin necesidad de que nadie le dijera nada. No había necesidad cuando era ella la que ponía la lavadora cada día, ordenaba las habitaciones y lavaba los platos de la cena anterior, cuando  era ella la que hacía la cama donde habían dormido dos personas, o no hacía falta hacerla porque nadie había dormido allí esa noche…

Las otras casas, las que no eran fijas, eran diferentes. Casi siempre se trataba de limpiezas ocasionales por una reforma, y entonces se parecían a los pisos de los anuncios de alquiler. Las casas de las reformas eran casas no vividas, frías, sin fotos de jóvenes sonriendo al infinito.

Y luego estaban las otras, las de los viejos que iban necesitando ayuda, casi siempre más ayuda de la que eran capaces de reconocer. Aunque eso solo era al principio porque después  los viejos querían más conversación que limpieza; al fin y al cabo ellos ya no podían ver el polvo sobre los muebles y buscaban, mejor, la compañía.

Fuera en unas o en otras, cuando acababa de trabajar y se cambiada de ropa para salir, siempre echaba una ojeada de satisfacción al ver lo limpio que quedaba todo. Imaginaba entonces lo que sería si llegara a su casa y todo estuviera así de reluciente y, durante unos momentos, un calorcillo le subía por el pecho.

Y, mañana, vuelta a empezar.

Escribir

Escribir para redimirse, para ser uno mismo.

 

Fíjate que, llegado este momento, no recuerdo si, cuando tú y yo estábamos juntos, yo ya escribía. Supongo que sí, porque esto de escribir fue siempre conmigo –desde chiquitito, diría mi madre, que escribía en los cuadernos sin copiar de ningún sitio, y, cuando le preguntabas que qué estaba escribiendo, siempre decía, “cosas”…-.  Pero yo no lo recuerdo, Isabel. ¿Recuerdas, acaso, el hecho de respirar o de comer o de dormir cada día desde que eras niño? No, sabes que has tenido que respirar y has tenido que comer y has tenido que dormir; pero solo recuerdas el día que pasaste hambre o la noche que tuviste una pesadilla y creíste que te ibas a morir…

Algo así debe sucederme a mí. Echo la vista atrás y me veo…, en realidad no me veo, no acierto a distinguir mi imagen, no alcanzo a verme como el protagonista de mi vida ni tampoco me veo como un mero espectador. Ni dentro ni fuera de mí. Recuerdo, eso sí, las decisiones que he tomado en la vida, las importantes, claro, las que te hacen elegir un camino y dejar los otros, y, sobre todo, recuerdo las que otros tomaron por mí: no es lo mismo caminar que hacer el camino arrastrado por otro.

Quizás ahí radique todo, en que vivo mi vida cada día igual que respiro, como o duermo y solo recuerdo los momentos en que el aire se enrarece a mi alrededor, y yo boqueo y el aire no me llega adentro, y, cuando ya me parece que ni siquiera soy yo, emerge la memoria de mi vida, de la vida que alguna vez he elegido, y vuelvo a escribir. Porque solo escribir me reconcilia conmigo mismo, con lo que he querido ser y con lo que soy.

Por eso no guardo memoria de si escribía cuando estábamos juntos, Isabel, pero sí recuerdo la necesidad inevitable de escribir después.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Camino

Con cuatro o cinco años iba de la mano de su hermana, que siempre la apretaba un poco por miedo a que se soltara y le echaran las culpas si le pasaba algo, pero nunca se quejaba para que ella no protestara más y no tirara de su brazo, ahora, que ya tenía los dedos blancos por la presión entre los suyos. Iba distraída porque ella se distraía con cualquier cosa, según decía su madre, pero sólo era que todo lo encontraba interesante y no podía caminar al paso porque tenía que volver la cabeza  hacia la lagartija que era capaz de correr por la pared vertical, o hacia las hormigas en formación arrastrando cargas más grandes que ellas mismas por un camino hecho a base de pisar y pisar, hasta que, de pronto, un brusco tirón en su mano  la obligaba a dar saltitos y avanzar  y caminar de prisa para ponerse al paso.

Y vuelta a empezar, una y otra vez, miles de veces. Ahora, que ya no quedan manos que la arrastren, hasta que ya no queden ojos con los que mirar, ni corazón con el que vibrar de emoción.

Agonía

La vida tiene estas cosas; yo me siento hundido en un pozo de amargura y soledad y tú, tú no lo sabes. Podrías pensarlo, eso sí; podrías haber pensado que, de seguir así, llegaría un momento en el que yo acabaría renunciando, en el que tu desidia me obligaría a tomar una decisión… que no he tomado. Ni siquiera de eso he sido capaz, Isabel, tan solo me he dejado caer. Definitivamente. Me torturo pensando que, en realidad, no te importo, que esto es lo que tú querías, que ahora estoy en el sitio donde tú me colocaste. Quizás me equivoque y tan solo se trate de que estamos en órbitas diferentes, condenados a no encontrarnos nunca…

Fíjate que yo ya te he sacado de mi tiempo y tú ni siquiera te has dado cuenta. Pordios! ¿cómo es posible que yo te haya amputado de mi vida y todo siga igual a mi alrededor?

Todo igual a mi alrededor… Todo igual. Mientras yo me siento morir.

(De las memorias de Ismael Blanco)