Fauna urbana

A veces,  entre la gente con la que me cruzo en la ciudad, hay alguna mujer -con más frecuencia son mujeres que aún no son viejas-  que caminan solas, sin rumbo fijo y como amortiguadas; mujeres que olvidaron peinarse o quitarse las zapatillas de estar en casa o fueron incapaces de abrocharse bien el abrigo, drogadas legalmente y con receta, extraviadas y devueltas al redil… de aquella manera.

Otras veces me cruzo con parejas que caminan del brazo como quien lleva un bastón, caminan con rostros sin expresión, o, mejor dicho, con expresión de desánimo, de desilusión, de hartazgo, cada cual a lo suyo, que para nada es el otro, y no puedo menos de pensar en la condena que arrastran, tan juntos hasta la muerte y tan solos. Entonces necesito buscar un parque infantil, de esos con rampas y balancines de plástico, con padres jóvenes que ríen y animan a sus niños pequeños entre risotadas y gritos -porque ni unos ni otros aventuran aún destinos de hastío y resignación-, y donde, con algo de suerte, puedo encontrarme a algún viejo sentado en un banco, observando la escena con una mirada más joven que su edad, calibrando con satisfacción al verles el paso del tiempo por su vida misma, atento, tranquilo y, sobre todo, con una sonrisa en la mirada. Y entonces pienso que aún hay salida.

La vida simple

Si lo pensaba detenidamente, él no era un hombre brillante; pero, ¿para qué quería ella un hombre brillante, capaz de eclipsar con su luz la suya propia, o capaz de atraer, por el mismo motivo, a todas las mariposas que revoloteaban por ahí? ¿Cómo explicarle que lo que ella necesitaba en realidad era un hombre normal que supiera hacerse imprescindible? Sí, un hombre que supiera manejarse en el noble arte de la esgrima, con reflejos e imaginación y capaz de marcar sin herir; un hombre de tierna sonrisa y sosegados silencios; un refugio, a veces, y un niño siempre, pero, sobre todo, lo que ella necesitaba, era un hombre capaz de ordenar el frigorífico porque ella era una inútil para eso y estaba harta de encontrarse la fruta enmohecida y los yogures caducados.

La casa.

Era una casa pequeña en un pueblo pequeño; una casa de esas que te devuelven la paz que no has perdido, que te sosiegan el alma y que, en seguida, huele a ti; una de esas casas fresquita en verano y refugio en invierno, con un troje vacío donde almacenar todos los miedos y todos los fantasmas, un troje donde también bailen las hadas que te dieron la mirada inmensa de aquel niño que empezaba a enamorarse, hace tantas vidas ya, y de todos los niños que después han sido.

La culpa

Asunción tiene menos años de los que aparenta, su falta de detalle en el vestir, su pelo desteñido y ese rictus que le arrastra la boca hacia abajo, la hacen parecer una mujer vieja. Asunción es de pocas palabras, y nunca habla por propia iniciativa, contesta, cuando lo hace, con frases cortas y en un tono desabrido, como toda ella. Pero no siempre fue así.
Amadeo, el marido de Asunción, es amable con ella a pesar de su carácter; también es amable con los vecinos, siempre dispuesto a echar una mano, siempre servicial; nadie recuerda haberle visto borracho y todos hablarían bien de él si acaso alguien preguntara. Pero no siempre ha sido así.
Asunción y Amadeo se conocieron en las fiestas del pueblo de ella, cuando los muchachos de los pueblos vecinos se acercaban al baile y a los bares a ojear a las mujeres, a provocar a los hombres y a presumir de sus conquistas. Asunción y Amadeo tenían 18 años entonces, hace muchos años ya, y los dos rebosaban fuerza y ganas de vivir. Lo suyo no fue fácil, porque ella andaba entonces ocupada con un novio que, además de a ella, le gustaba también a su familia, y la oposición de sus padres, cuando se percataron de la presencia de Amadeo en el corazón de la hija, solo se vino abajo ante la vergüenza de un embarazo que nadie deseó. Cuando Manuel nació, tanto los abuelos paternos como maternos se ablandaron y perdonaron, todos veían en los rasgos del niño los suyos propios y Amadeo y Asunción eran tan jóvenes y tan inexpertos que dejaron que el niño fuera creciendo como el trofeo de cada uno de ellos.
No es posible saber si fue el miedo a la responsabilidad, el exceso de juventud, la ingerencia de las familias o un poco de todo, pero, cuando Manuel aún tenía lengua de trapo, Amadeo buscaba ya con frecuencia el desahogo y la perdida libertad en otras mujeres que no eran la suya, y Asunción se pudría en medio del dolor sin saber qué hacer para retenerle a su lado. La desesperación la llevó, de desear a su marido, a desear hacerle daño, su herida solo se restañaría con una herida peor, y una noche en que Amadeo regresó de madrugada, oliendo a cerveza y a un perfume que no podía ser el suyo le mintió con los puños apretados hasta hacerse sangre en las palmas de las manos que Manuel no era hijo suyo, sino del novio que tenía cuando él empezó a rondarla. No hubo más gritos aquella noche, ni en los días siguientes, sólo dos fieras enjauladas haciéndose daño en silencio.
Al cabo de unos días, el niño, harto de la falta de atención que le prestaban los padres, comenzó a lloriquear desde el descansillo de la escalera porque quería salir a la calle; del lloriqueo pasó a los chillidos y al pataleo hasta que Amadeo le gritó a Asunción que hiciese algo para callar “a tu hijo”-dijo-, y escupió las dos palabras como si fueran veneno. Ella no se inmutó, continuó de pie fregando los cacharros, de espaldas al marido. Por eso no lo vio, no pudo ver como Amadeo se levantaba con rabia, se ponía al lado del niño –más bien, sobre el niño- y le gritaba que se callara. Manuel, al contrario, enfadado por la falta de costumbre de que le negaran algo, y asustado al ver a su padre gritándole desde su estatura de gigante, arreció el llanto hasta que la manaza de Amadeo le volteó la cara y le desequilibró el cuerpo. El niño rodó escaleras abajo, y los gritos cesaron en ese mismo instante. Por un momento, Amadeo y Asunción lo vieron caer, incrédulos y paralizados, hasta que los dos corrieron atropelladamente hacia el hijo inmóvil.
Los dos dijeron que había sido un accidente; sin tener que hablarlo antes, los dos contaron que el niño era travieso y había aprovechado el momento en que ninguno de los dos lo vigilaba para bajar la escalera. Los vecinos contaron que querían tanto al niño, que era tanto su dolor, que ni el padre ni la madre fueron capaces de llorar; los dos, secos y heridos de muerte. El día del funeral se miraron como pudieron, y los dos admitieron sin decirlo que nos les bastaría el resto de su vida para librarse de aquella culpa compartida. Jamás volvieron a hablar de Manuel, ni volvieron a ocupar el piso de arriba –nos sobra espacio aquí abajo, dijeron-.
Cuando Asunción se despierta desencajada al oír en sueños el llanto del niño, Amadeo acude solícito hasta ella y la abraza sin ternura hasta que se tranquiliza, sin decir una palabra. Cuando es Amadeo el que tiene pesadillas y se levanta y camina como un loco por la casa con las manos cubriendo sus oídos, ella se acerca y se las coge entre las suyas para calmarle. Viven juntos los dos, ayudándose a morir lentamente, sin separarse nunca, para no tener nunca un momento de desahogo, un momento de olvido.

El moco

-¡No! ¡No hagas eso!
El grito de su madre le paralizó, se giró hacia ella con la serenidad de un niño de tres años y vio como ella se le venía encima como un vendaval, le sujetaba con fuerza la muñeca, lo arrastraba hasta la encimera y arrancaba una porción de papel de cocina para limpiarle las narices y la mano que tenía el moco colgando.

-¡¿No te habrás comido más?!- sin duda su madre estaba nerviosa aquel día, no podía ser que gritara así sólo porque él se había sacado de la nariz un moco medio seco. Es verdad que ya se había comido uno, pero estaba solo cuando lo había hecho, ella no lo había visto. También había chillado su madre cuando, hace meses, le vio limpiándose el dedo pringoso en la pared y dejando allí un moco que, al cabo de unas horas ya parecía una mosca disecada. No entendía por qué estas reacciones, los mocos salían de su nariz, eran algo suyo, o, más bien, él los encontraba allí cuando hacía prospecciones de búsqueda, no olían mal, como la caca o el pis, que también salían de él pero de muy malas maneras, y, además, si estaban tan cerca de la boca, qué importancia podía tener que se los comiera. Sólo sabían un poco salados y le gustaba aplastarlos con la lengua.

Había revivido la escena, esa y otras parecidas, en esa ocasión y en otras muchas a lo largo de sus cuarenta años, con la misma intensidad, con la misma frescura de entonces. Sacarse los mocos de la nariz cuando estaba sólo se había convertido en una forma de afianzar su individualidad a lo largo de los años, y comérselos, en una forma de rebeldía contra su madre y contra todos. Es verdad que, en los últimos meses, se había reconciliado un poco con la vida y liberaba su nariz con un gesto maestro del pulgar izquierdo, ayudado, a veces por el índice, pero ya no sentía el impulso de saborear el botín, de modo que siempre había un pañuelo de papel al lado para hacerse cargo. Recordó aquello mientras conducía por aquella carretera sin tráfico, su madre violentada echándose literalmente sobre él, y lo recordó, no sólo porque un rato antes había visto al menor de sus hijos reproduciendo la escena y no había tenido valor para recriminarle, hasta tal punto lo entendía, sino porque, cuando miraba atentamente el moco que a él mismo le colgaba del índice izquierdo mientras hábilmente sujetaba el volante con la mano derecha, vio como le adelantaba en la carretera el BMW de su vecino y éste le saludaba jovialmente al reconocerle. No pudo buscar el pañuelo, no sintió el impulso de abrir la boca y tragar, ya no, tan solo pudo reaccionar pegando apresuradamente el moco en el volante, saludando cortésmente como manda la buena educación, y limpiando después la mosca disecada, como habría ordenado su madre.

Sombras y luces

No es un mendigo aunque podría parecerlo por su ropa gris, los mendigos no colorean su aspecto porque no hay color en su vida, buena gana de fingir, y, además, es más discreta la sombra de los grises que las luces del color, no vaya a ser que, además de mendigar, se llame la atención, y eso no está permitido por los que tienen de todo o casi de todo, ni se lo permite al mendigo la propia vergüenza, que no se ha conocido a ninguno orgulloso de serlo. Si nos fijamos bien, tampoco parece un mendigo a pesar de los grises y de que camina un poco encogido, arrastrando los pies como el preso que arrastra una pesada cadena, y con la cabeza escondida entre los hombros, por miedo o por vergüenza, o, simplemente, por falta de entusiasmo para empezar el día. Podría parecer, si nos fijamos, un hombre sólo, que camina sólo y se siente sólo, quizás, porque brilla en sus ojos un punto de dignidad por encima de la amargura que traza los surcos en su cara, como de quién ha sido y quiere seguir siendo, como de quién no se resigna, de quién todavía puede encontrar algo de fuerza para continuar, aunque sea hacia no se sabe dónde.

Hoy he vuelto a verle, medio arrastrado por un niño pequeño que le llevaba de la mano y tiraba de los dos entre brincos y chillidos, sorteando bordillos y escalones, pero sin soltarle nunca, que la carga se arrastra mejor si se comparte y el chiquillo se sabe, sin saberlo, más fuerte que el viejo y  más capaz. De pronto, el niño se ha parado y le ha hecho señas para que el hombre se agache y, cuando lo ha hecho, no sin cierta dificultad, que los goznes no ceden solo porque uno afloje en la amargura, le ha dado un abrazo colgándose de su cuello. En unos instantes, han seguido el camino los dos, el viejo, menos viejo, y el niño, más mayor; el niño caminando más despacio, y el viejo, casi sin arrastrar los pies.

A veces lo hago…

A veces lo hago; perderme –literalmente, perderme-,  entre la gente de la ciudad. Salgo sin rumbo fijo, sin nada en particular de qué ocuparme, y camino por las calles del casco antiguo, o, por el contrario, me dirijo a las calles más comerciales, llenas de gente dispar que conversa y carga con bolsas, como anuncios andantes. Camino entonces como un sonámbulo que trata de orientarse, mirando todo y a casi todos, como si pasara las hojas de un libro para echar un vistazo rápido, dispuesto a sorprenderme siempre de los ojos que me devuelven la mirada al pasar. Mirar gente desconocida y que esa gente repare en mí me produce siempre una sensación de nudo en el estómago, me parece que quieren decirme mucho más de lo que yo soy capaz de percibir durante los pocos segundos que dura el contacto. De hecho, cuando esto sucede, cuando yo miro a alguien de forma aparentemente distraída, y ese alguien me mira a mí, se desdibuja todo lo demás, la ciudad misma, el aire, la luz, los otros, y solo tomo conciencia de sus ojos profundos, habladores, interrogantes.

Los días en que las calles están demasiado llenas, no; no soporto los codazos o los empujones, me agobian muchísimo, sobre todo si pienso en los niños pequeños que caminan de la mano de sus padres y lo hacen perdidos en un bosque de piernas, sin llegar a ver nunca, desde tan abajo, las caras de los transeúntes con los que se cruzan, esquivando los bolsos de mujeres descuidadas, que siempre se balancean a la altura de sus cabecitas.

Puesto que la ciudad cambia constantemente, he decidido que me gusta verla recién levantada, medio dormida y medio despierta, con la cara lavada y las ventanas abiertas para dar paso a esa luz dorada de las primeras horas del día, la que apenas calienta aún, la que no agobia,  la que lo baña todo de dulces promesas. Me gusta estrenar el día en las calles desiertas, donde solo me cruzo con algún estudiante en bicicleta, o con la gente que prepara las terrazas de las cafeterías para la invasión que les espera –en invierno, no, en invierno, los pocos que se atreven a caminar “bajo cero”, ahuecan los hombros para proteger la cabeza entre las solapas levantadas de los abrigos, mientras el aliento gélido camina por delante de las bocas-. Me resultan familiares los sonidos y los olores de esas primeras horas, puedo escuchar el zureo de las palomas y el canto enloquecedor de los pardales que atosigan los árboles y enmudecen cuando das una palmada al aire; y el sonido de las mangueras a presión rociando las aceras para devolverlas pulcras otra vez y arrastrar las huellas de la vida nocturna. Me gusta el olor a pan reciente, y a café recién hecho, y a churros calientes y tostadas –en cada sitio, un olor, siempre el mismo, como una identidad flotante y acogedora que me envuelve y mece y adormece mi cerebro como una nana intemporal-.

Sí, a veces lo hago; me siento inmortal por estas calles, mirándome en los ojos de los desconocidos…

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