Un buen día

Hoy ha sido un buen día. Uno de esos días inesperados que te dejan un regusto dulce ahí dentro, un cosquilleo de satisfacción, un golpeteo de nudillos, suave pero insistente, que abre la puerta de las emociones y deja pasar la luz. Eso es, la luz. Uno de esos días en los que uno se siente vivo, o más vivo, y en calma. Un día de esos en los que, precisamente, importa menos tener que morir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Todo sobre mi madre

A Miguel

He de reconocer que mi infancia fue diferente; ni mejor ni peor que la de los demás, pero diferente, sí. Y es que, si tenía fiebre, mi madre, como todas las madres, también me besaba en la frente como si tuviera un termómetro en los labios, pero a mí no me duraba nada la calentura y, si acababa vomitando después de un berrinche, mi madre no se creía que algo me hubiera sentado mal y encima me reñía por el estropicio y, si me dolía la barriga porque no  quería ir al cole y me dolía tan fuerte o más que a los otros niños que, por lo mismo, se quedaban en casa, pues, nada, un par de achuchones en la tripa y una cara tan seria que me encaminaba al colegio sin decir ni pio.

Pero, por otro lado, mi madre también me evitó el trato, y yo se lo agradezco, con señores ceñudos que te meten palos en la boca cuando te duele la garganta y se asoman con una luz como si desde allí te estuvieran mirando la conciencia -esos que primero te dicen  “vamos, bonito, que no te voy a hacer daño” y al momento te están sacando el estómago por la boca-, y evitó que mujeres de voz chillona vestidas de blanco me plantaran un picotazo en el culo después de mojármelo con un algodón empapado en alcohol helado. Y muchas cosas más porque, mi madre, además de madre, es médico y yo diría que se ha especializado en mí.

De moscas

La mosca merodeó perezosa por el borde de los tazones y acabó posándose en el hule que protegía la mesa para el desayuno. Trompeteó en una gota de café con leche que el padre había vertido y se alisó las alas con las patas traseras. Eduardo pensó que se estaba relamiendo, que, seguramente, esa sería  la manera en que las moscas disfrutaban de un manjar, y pensó también que a él le gustaba más el cola-cao, pero sobre gustos no hay nada escrito, decía su madre, y, quizás, por una vez, su madre tuviera razón.

La mosca se alejó un poco, visitó el azucarero y el mango de la cuchara que se hundía en la leche con madalenas de su hermana y escapó velozmente del manotazo que su madre le lanzó. Eduardo no pudo seguirla con la vista porque su madre le apremió a que desayunara si no quería llegar tarde al colegio, y tuvo que aplicarse para que tampoco le llegara a él el manotazo de la madre. La energía estaba muy mal repartida a aquellas horas, madre era la única que estaba viva, ¡y de qué manera!,  dando órdenes a diestro y siniestro y moviéndose sin parar, padre se movía, eso sí, pero en silencio, con cara de pocos amigos y como si no viera a nadie  –lo único bueno de esto era que, si no te veía, tampoco podía reñirte-, y Lola…, Lola estaba desde por la mañana escribiéndose con las amigas en el móvil y mirándose al espejo y, además, lo trataba siempre como si fuera un niño, bueno, como si ser un niño fuera algo… a evitar.

Eduardo pensó que la mosca debía de tener mucha hambre para atreverse con aquella familia, aunque, para un momento, seguramente no eran tan malos. Madre seguía metiendo prisa mientras se afanaba en el fregadero pero él no quería moverse porque se había dado cuenta de que las moscas solo se posan sobre cosas que no se mueven, y por eso había dejado la mano izquierda sobre la mesa, un poco alejada del tazón y de todo lo demás, y se había puesto a pensar muy fuerte en que la mosca acabaría dándose cuenta e iría a posarse sobre su mano.  Siguió así un par de minutos más, mientras buceaba en el cola-cao con la cuchara en otra mano buscando restos de galletas y mirando de reojo la mano inmóvil, que se le estaba quedando como muerta –Eduardo había leído en un libro muy viejo que en un circo de hace siglos había un domador de pulgas saltarinas, pero nada sabía de que alguna vez hubiera habido un domador de moscas; sin duda era mucho más difícil domar moscas, que se te escapan volando a la menor, que domar pulgas, que solo son capaces de saltar y llegan cerca-. Dejó de respirar un momento para concentrarse mejor y en seguida la mosca se posó en el hule, caminó un poco hacia la mano chupeteándolo todo y, finalmente, voló hasta situarse sobre el nudillo de su dedo índice. Eduardo la miró de reojo para no asustarla y siguió inmóvil mientras ella se alisaba las alas sobre su mano, se creció un poco al reconocer que la mosca había acudido a su llamada y decidió que, de momento, era suficiente; un domador de moscas debía tener mucha paciencia pero había observado que las moscas tenían más bien poca o, quizás, era, simplemente, que se cansaban. Su madre, no; su madre nunca se cansaba de aguijonearle y ya estaba otra vez metiéndole prisa; menos mal que él tenía muchísima paciencia, como cualquier domador de moscas que se preciara de serlo.

Añoranza

Te espero. Nadie puede comprender; nadie puede saber hasta qué punto necesito tus caricias, el dulce tacto de tu piel, tus manos tibias sobre mis curvas, tu aliento cálido que me envuelve mientras, más que mirarme, me imaginas como tú quieres que sea…

… No has vuelto, amor, y yo apenas puedo recordar tus ojos; voy languideciendo en esta soledad y en este frío pero, a veces, me parece evocar la caricia de tus manos y me sobresalta el latido de mi corazón de serrín.

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Rompecrismas

Sucedió que el gigante Rompecrismas tenía a bien merodear por los pedregales con el fin de acribillar a pedradas a los aldeanos y abrirles la cabeza; de ahí su nombre. Sucedió también que, hartos los aldeanos de semejante inquina y sinrazón, poco a poco, fueron huyendo de los montes frecuentados por Rompecrismas, habida cuenta, además, de que, entre pedregales, tampoco crecía el pasto para su ganado. Enfurecido el gigante al quedarse sin nadie a quien apedrear rugió tanto como pudo, bramó hasta quedarse sin voz y arañó con sus garras de monstruo los peñascos que recorría a grandes zancadas. Tal era su fuerza y la ira con que la gobernaba, que abrió profundas grietas en la piedra con la misma facilidad que si rompiera un bizcocho.

Al día siguiente, las heridas que Rompecrismas había abierto en las rocas aparecieron llenas de flores silvestres que dibujaban, visto desde lejos, un mapa gris surcado por multitud de arroyos multicolores. Cuando el gigante vio semejante panorama, se sintió el más inútil de todos los gigantes inútiles, y con el desánimo entre las piernas decidió abandonar aquel lugar que le trataba de una forma tan ingrata y humillante.

Y así fue como los pobladores del valle pudieron regresar a sus casas, y yo pude entender como era posible que las flores nacieran, directamente, de las peñas.SAM_3328

Conversaciones con Woody

-Conocí una vez a un tipo al que le daba miedo que lo quisieran…, él no lo sabía, claro, pero, cada vez que alguien le quería, a él le entraban unas ansias terribles por alejarse, por esfumarse, por volverse transparente. En realidad le daba tanto miedo, que, ante cualquier muestra de afecto, él se tornaba insensible; aparentemente insensible. Su psiquiatra decía que era el miedo a que dejaran de quererle lo que le hacía comportarse de una forma tan esquiva; que rechazaba el afecto por si lo perdía después. El tipo era capaz de emocionarse viendo caer una hoja de un árbol y, sin embargo, parecía de corcho cuando se trataba de su corazón.

-Y ¿consiguió resolverlo con el tiempo?

-Bueno… aún voy al psiquiatra.

Campo a través

¡Cómo son ustedes, los de ciudad! Vienen al campo y se quedan pasmados con cualquier cosa, lo miran todo con una extrañeza que asusta, y con asco, que les extraña que haya cagalitas y bichos por cualquier parte, y son todos unos sensibles y en seguida cargan con la procesionaria del pino y esos estornudos que parecen que van a reventar, pero siguen viniendo… Nosotras pasamos de todo, oiga, que llevamos generaciones enteras a lo nuestro, a comer, a criar y a la leche, porque la lana ya, yo creo que ni la aprovechan…  Y le advierto que yo tengo mi puntito, ¿no ha visto a las otras,  aborregadas sin levantar la cabeza de la hierba, como si se le fuera a terminar mañana, y todas aculando cuando le han sentido llegar? Yo tengo mi curiosidad, oiga, y la niña, también, porque aprende lo que ve, ya iré luego a comer, que la hierba no se escapa; pero mientras, para uno que llega y se pone a mirarme… pues me acerco y examino, a ver si es usted de fiar o le veo malas intenciones. Y le digo una cosa, oiga, me gusta usted, voy a quedarme un momentito aquí, por si podemos hacer algo de amistad, que esas ovejas son muy aburridas.

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Nunca

Podría dudarse de quién ganó –nunca debió haber guerras ni batallas-. Me has cosificado, me has puesto cadenas y has cercenado mis posibilidades de crecer, pero eso no me convierte en esclavo; esclavo, nunca. Aunque el dolor sea tan profundo que ya forme parte de mí, sigo vivo. Sigo vivo para poder cicatrizar mis heridas, para dar testimonio de mi rebeldía, para demostrarte que podrás destruirme pero nunca, nunca, podrás dominarme.

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Vanidad

Su madre le dijo siempre que era un príncipe, aunque ya se sabe que las madres no tienen criterio para estas cosas. Su madre lo sabía y él también; lo que no podía entender era que los demás no se dieran cuenta y pretendieran vivir a espaldas de esta realidad.  Por eso, cuando la primera noche de primavera se dejó llevar hacia aquellas dos estrellas que se acercaban rugiendo hacia él y se lo llevaron por delante, solo pudo pensar que todos tendrían que admitirlo al fin, cuando vieran su sangre azul manchando el asfalto.  De haber vivido, seguramente su madre habría llorado lágrimas de sapo.

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Nasir

Nasir tiene algo más de cuatro años, pero aparenta casi seis, de alto que está. Nasir es todo ojos, el pelo recio y oscuro bordeando un rostro afilado y pálido de niño mayor. Entra en la consulta de la mano de la madre, un poco rezagado, y se apoya con las dos manitas en el borde de la mesa cuando ella se sienta para explicarme lo que le pasa. Nasir me mira desde sus dos ventanales negros y no dice nada, ni siquiera cambia de expresión cuando yo le pregunto, mira a la madre pidiéndole en silencio que responda por él y yo bromeo preguntándole si se le han llevado la lengua cuando lo operaron de anginas, hace unos días. No, Nasir no me responde pero me mira embelesado, diciéndome sin voz que tiene lengua, que puede hablar, pero que no piensa hacerlo. Me dirijo a él como si no estuviera la madre, le pregunto y espero que me responda para que se dé cuenta de que él es importante para mí, le indico que se siente en la camilla -la madre le ayuda aunque él colabora- y le hablo para que pierda el miedo, aunque no parece que tenga miedo. Siento sus ojos tras de mí mientras me muevo y abre la boca antes de que se lo pida, adivinándome. Todo está bien, la madre se tranquiliza y Nasir sigue mirándome con curiosidad y en silencio, sin hacer amago de bajarse de la camilla, de modo que bromeo sobre los helados que debe haber comido desde que lo operaron –ningún niño se resiste a la influencia de un helado, aunque solo sea imaginándolo-, le acaricio el pelo recortado y duro con la palma de la mano y le animo a bajarse para irse. La madre le insiste en que dé las gracias, pero Nasir no habla, lo sacude un poco por el brazo insistiendo y le apremia: “Pues dile adiós, que ha sido muy amable contigo… Dile adiós, Nasir”. Nasir me mira con un brillo en la mirada que habla por él, y, ya en el pasillo, de la mano de su madre, se vuelve y me dice en voz alta: “¡Adios, guapa!”. Y la risa de su madre se funde con la mía.