Diario de Pepín. Día 39

Cuando salimos a la plaza y a los jardines, las mujeres me dicen cosas y me acarician y se entretienen conmigo. Los hombres, también; pero las mujeres me dicen algo cariñoso a mí y luego ya hablan con mamá de sus cosas. De las cosas de ellas, no de las cosas de mamá. Yo olfateo alrededor mientras le cuentan cosas de su casa y de su familia, como si la conocieran de toda la vida aunque sea la primera vez que hablan. A mí no me importa, porque siempre son mujeres viejas que no tienen perro y así disfrutan un poquito también de mí.

Hoy, una de ellas, que nunca había hablado con  nosotros aunque yo ya la había visto más veces en aquel banco, le dijo a mamá que yo era “muy, muy bonito” y le preguntó qué de qué raza soy. Mamá le dijo riendo que yo soy “de marca blanca” y, entonces, ella dijo que era tan bonito como si fuera comprado. Yo no sabía que los perros podían comprarse, supongo que los gatos también, pero Sofía, no; el otro día le dijo mamá a otra mujer que la mamá de Sofía se ahogó en una piscina y se quedaron los gatitos huérfanos y se la regalaron para cuidarla. ¿De verdad se compran los perros? Yo no quiero que me compren, aunque luego digan que soy feo porque mamá no me ha comprado. A mí me basta con que mamá me quiera y me cuide y yo la quiera a ella. Y estoy seguro de que a mamá no le importa si soy más feo o más guapo. Yo la quiero, y basta. Eso basta, ¿verdad?

Nasir

Nasir tiene algo más de cuatro años, pero aparenta casi seis, de alto que está. Nasir es todo ojos, el pelo recio y oscuro bordeando un rostro afilado y pálido de niño mayor. Entra en la consulta de la mano de la madre, un poco rezagado, y se apoya con las dos manitas en el borde de la mesa cuando ella se sienta para explicarme lo que le pasa. Nasir me mira desde sus dos ventanales negros y no dice nada, ni siquiera cambia de expresión cuando yo le pregunto, mira a la madre pidiéndole en silencio que responda por él y yo bromeo preguntándole si se le han llevado la lengua cuando lo operaron de anginas, hace unos días. No, Nasir no me responde pero me mira embelesado, diciéndome sin voz que tiene lengua, que puede hablar, pero que no piensa hacerlo. Me dirijo a él como si no estuviera la madre, le pregunto y espero que me responda para que se dé cuenta de que él es importante para mí, le indico que se siente en la camilla -la madre le ayuda aunque él colabora- y le hablo para que pierda el miedo, aunque no parece que tenga miedo. Siento sus ojos tras de mí mientras me muevo y abre la boca antes de que se lo pida, adivinándome. Todo está bien, la madre se tranquiliza y Nasir sigue mirándome con curiosidad y en silencio, sin hacer amago de bajarse de la camilla, de modo que bromeo sobre los helados que debe haber comido desde que lo operaron –ningún niño se resiste a la influencia de un helado, aunque solo sea imaginándolo-, le acaricio el pelo recortado y duro con la palma de la mano y le animo a bajarse para irse. La madre le insiste en que dé las gracias, pero Nasir no habla, lo sacude un poco por el brazo insistiendo y le apremia: “Pues dile adiós, que ha sido muy amable contigo… Dile adiós, Nasir”. Nasir me mira con un brillo en la mirada que habla por él, y, ya en el pasillo, de la mano de su madre, se vuelve y me dice en voz alta: “¡Adios, guapa!”. Y la risa de su madre se funde con la mía.