Había una casa vieja y deshabitada. De construcción firme, su estructura había soportado bien la huella del tiempo, pero, su fachada gris, más gris aún frente a los edificios nuevos, delataba su condena al olvido.
Yo solía pasear por la avenida, llegaba hasta ella, la miraba desde la acera de en frente, como a un espejo, y la veía allí, resistiendo contra viento y marea, desgastada y sola, sin la vida que en otro tiempo cobijó. El abandono provoca un deterioro acelerado y había llegado un momento en que ya no se la veía capaz de acoger risotadas y chillidos de críos, ni de ofrecer una cama donde hacer el amor, ni de oler a bizcocho recién hecho o al café de las mañanas. Llegó un momento en que la casa, de pura costumbre, ya no fue habitable, y unos obreros metódicos y cumplidores, la protegieron con redes y tapiaron sus ventanas para que nada de afuera le siguiera haciendo daño, ni las palomas, ni los vientos huracanados, ni el sol cegador de julio. Pero nada pudieron hacer para protegerla de sí misma, de la soledad de sus cuartos, de la penumbra de sus pasillos o del silencio que la ahogaba dentro.
Hace unos días he vuelto a caminar hasta ella. Han empezado a construir un bloque de apartamentos allí al lado y, por contraste, se la ve más vieja aún, más fuera de lugar, más castigada. La construcción de los cimientos nuevos ha abierto una grieta inmensa en la fachada de la casa. Es cuestión de tiempo, de no demasiado tiempo. Me cuesta cada vez más mantenerme en pie, la herida de mi corazón no va a cerrarse. No me he rendido, es solo que, en el abandono, ninguna de las dos teníamos posibilidades de sobrevivir.

