Afuera llovía desordenadamente; el olor a tierra húmeda se filtraba por las ventanas y llegaba a ella como un bálsamo apaciguador. Excepto la lluvia empapándolo todo, limpiándolo todo, nada ni nadie quedaba en la calle. Se dio cuenta de que también ella llovía sin control, las lágrimas se desbordaban por sus mejillas y caían manchando el suelo de madera como gotas de sangre transparente; nada existía fuera de ese llanto silencioso que ahogaba sus deseos y empapaba sus recuerdos de olor a tierra mojada. Se dejó llorar hasta que las nubes se agotaron afuera y empezó a salir la gente de los portales y la vida inundó de nuevo la calle, y se quedó pegada al cristal, mirando desde adentro, como los niños miran a través del cristal de un acuario, con admiración y con temor también, pero, sobre todo, a través de una barrera infranqueable.
Etiqueta: soledad
Siete días
El primer día no fue capaz de dormir; cerraba los ojos y sólo la veía a ella, hablándole sin voz, moviendo la boca para decirle lo que ya había escuchado de sus labios cuando vino a despedirse, como un martillo en su cerebro.
El segundo día se levantó agotado, al límite de sus fuerzas, se veía arrastrándose bajo un peso que no podía soportar, sin horizonte, en una existencia gris y dolorosa que empezaba a asfixiarle, como si ella se hubiera llevado el aire que respiraba.
El tercer día el dolor se hizo más físico, le dolía la garganta y el estómago se le había anudado. Hablaba poco o nada, lo estrictamente necesario para que nadie sospechara lo que le pasaba; sólo le faltaba que alguien se le acercara condescendiente intentando entenderlo.
El cuarto día se sintió terriblemente sólo, abandonado a sus recuerdos como el único alimento del que podía tirar para seguir subsistiendo, aunque aquella existencia fuera ya oscura y triste; sin futuro, con un presente doloroso y un pasado efímero que intentaba aprovechar como el fuego en el invierno, acercándose a él para entrar en calor, para sentir de nuevo el cuerpo entumecido por el frío, a sabiendas de que ya no podría echar más leña para mantenerlo vivo.
El quinto día sintió que había tocado fondo, que ya no podía sentirse peor. Se supo sólo y sin fuerzas para sobrevivir, ni siquiera le consolaba ya el recuerdo de los momentos felices, le atenazaba la sensación de pérdida, de nunca jamás, y decidió dejarse llevar, dejarse ahogar en aquella pena sin llanto. Ya no podía sentirse peor.
El sexto día comenzó a emerger del fondo en el que se había hundido. Sin ni siquiera decidirlo se sintió impulsado a vivir a pesar de todo, a llegar a la superficie, como si no quedara otro remedio. Tomó conciencia de su propia existencia, dolorosa pero real. Soñó que su corazón se liberaba de una coraza que le aprisionaba y lo vio latir por sí mismo. Se sintió un superviviente. La recordó de nuevo y le dolió aún, mucho, muchísimo, pero al momento supo que sólo podía permitirse recordar para seguir caminando. Y eso hizo.
El séptimo día descansó.
El adiós
A él le dijo que llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento, pero no era verdad; en realidad, sólo llevaba mucho tiempo temiendo que llegara ese momento; el suelo se abría bajo sus pies y ella no podía agarrarse a nada para evitar que la oscuridad la tragara. Se sintió como un náufrago, intentando bracear en medio del océano, inútilmente.
Le agradeció la sinceridad, y se dejó hundir en aquel dolor mudo y sin lágrimas. Y se sintió terriblemente sola. Otra vez.
Contigo
-¡Si yo estuviera ahí, contigo…!- Lo dijo casi sin darse cuenta, apenas fue un pensamiento que buscó salida en los labios como por impulso, por la necesidad de hacerse escuchar, de que él la oyera. Incluso ella misma se sorprendió aunque, inmediatamente, repitió las mismas palabras, esta vez para los dos, arrastrando un poco más el final de la frase, para que perdurara el deseo de compartir con él.
Compartir es un verbo difícil, pensó, siempre cojo e inacabado, siempre desmedido e inabarcable, siempre anhelante y siempre insatisfecho. Compartir, pensó, es un verbo solitario, que se alimenta de sueños.
Sombra y luz
Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.
Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.