Libros

Paseó la vista por la librería, quedamente, recreándose en cada estante, torciendo un poco el cuello para leer en silencio cada título; incluso acarició con la punta de los dedos el lomo despellejado de algunos libros y las esquinas rizadas por el manoseo en los de bolsillo… Cerró los ojos y escogió un libro a ciegas, dejándose llevar por la casualidad o el destino, según se mire, y, como siempre, se fue a la última página, para leer desde el último punto y así dejarse arrastrar por el texto, como las olas tiran del cuerpo hacia mar adentro con cabos invisibles e irremediables. En la última página, escrito a mano con estilográfica, podía leerse “¿Quién eres…? Un enigma…una realidad…una promesa…un sueño…un deseo…todo eso, y más”.

Pasó la mano por la hoja, como alisándola, y cerró el libro con cuidado, como se arropa a un niño en su cama, se acercó el libro al pecho en un abrazo íntimo y respiró hondo. Y supo que ya no sería posible dejar de vivir aquella historia.

Cocinillas.

Como pudo se empinó y alcanzó el libro de la estantería. La última vez que mamá buscó en él una receta lo colocó en la balda de abajo y ahí llevaba ya más de tres meses.  Le picó la curiosidad para ver si ella sería capaz de cocinar algo para papá y para mamá, bueno, y también para Quique, aunque no parecía que Quique fuera capaz de comerse cualquier cosa que nadie fuera capaz de cocinar, a no ser esos purés asquerosos con aspecto de caca. Hojeando, hojeando, se fijó en una receta que tenía una llamativa etiqueta con la palabra “Muy fácil” y una enigmática palabra que no conocía, “papillote”.

Leyó con atención y entonces se dio cuenta. De cuando en cuando, mamá andaba por casa con la cabeza envuelta en papel de aluminio, apareciendo después con un aspecto completamente cambiado. Eso era, mamá se hacía la cabeza al papillote, seguramente esa era la razón de que mamá fuera capaz de adivinar todo lo que pensaban o podían pensar papá, ella misma o Quique; incluso Sixto, el gato, parecía previsible para el cerebro “al papillote” de mamá.

De nuevo, al cabo de unos días, mamá salió del baño con la cabeza brillante y plateada. Ella le preguntó y mamá dijo que se teñía el pelo, pero ella sabía que eso sólo era una disculpa.

Novela negra.

Ninguno de los dos cumple ya los setenta. Caminan por la acera, esquivando gente más joven y  más resuelta que, sin duda, va hacia alguna parte. Él, un paso por delante, ella, más pegada a la pared, y, junto a ambos, un mozo de hotel, con uniforme negro y ribeteados blancos, que lleva una maleta grande y pesada. En la manga, una etiqueta de tela bordada donde se lee “Gran Hotel”.

Los viejos pasan junto a la librería y se paran, primero él y luego ella, a mirar un enorme cartel que anuncia un certamen de novela negra. La novela ganadora se multiplica muchas veces alrededor del cartel y en la estantería. En la cubierta se lee el título enmarcando una fotografía en sepia, donde puede verse a una pareja de ancianos que llega a un hotel de lujo, acompañados de un mozo uniformado que acarrea una maleta.