El tenedor

Entré en el bar para tomar un café. La parejita de la mesa de al lado estaba terminando una cerveza y un pincho de calamares. Apuraron la bebida y dejaron los tenedores en el platito, casi enlazados por los dientes, preparados a esperar su retirada. Cuando se levantaron para irse, la chica se colocó el bolso sobre el hombro y, sin darse cuenta, golpeó el extremo de uno de ellos, que saltó inesperadamente y cayó al suelo. La joven volvió la vista al escuchar el tintineo, pero debió pensar que no merecía la pena agacharse y lo dejó allí, abandonado a un destino que no era el suyo.

Era media mañana y había mucho movimiento. Dos chicos jóvenes y resueltos entraron decididos a llegar al fondo de la barra, y, en su camino, el primero de ellos pisó el extremo del tenedor, que, en un arabesco, acabó en el suelo, del otro lado de la mesa. Ni siquiera se dio cuenta, había visto un hueco donde podían servirle pronto y eso era lo importante en aquel momento.

Yo me levanté para pagar la consumición y, cuando volví a mi mesa, ya nada quedaba en las mesas vecinas. El camarero había recogido la loza y los despojos con una velocidad encomiable, quizás, por eso, el tenedor seguía en el suelo, esperando llamar la atención de alguien. Me senté un momento y esperé para ver cómo iba a resolverse la situación. Esperé para ver si, realmente, había tanto paralelismo como a mí me parecía entre aquella escenografía y la vida: Uno sufre un revés, a menudo por accidente, y pasas a ser invisible para los demás, indigno de aprecio —o digno de desprecio—, y todos aceptan que si estás allí es posible que ese sea tu lugar.

Me levanté dejando mi taza y mis platos en la mesa; pensé que, así, el camarero seguiría justificando, al menos, parte de su trabajo, y, al dirigirme hacia la puerta, me desvié del camino recto y recogí el tenedor del suelo, volviendo a dejarlo sobre el mármol redondo y blanco. Juraría que, al hacerlo, el tenedor me sonrió —hasta donde puede sonreír un tenedor, claro—.

No creer en Dios

Dios es un constructo. Alguien lo inventó para evitar la lógica y, sobre todo, para librarse de la responsabilidad de sus actos. Si ocurre una desgracia, es cosa de Dios, que te quiere y quiere probarte, y, si hay un motivo de felicidad, debes agradecérselo también a él, que te está premiando por no sabemos qué, pero seguramente por algo inmerecido, tal es su generosidad.

Dios, en su constructo, es el extremo de la condición humana, mejor que el mejor hombre y peor que el peor de los mortales. ¿Cómo, si no, puede Dios pedirle a un padre que asesine a su hijo para ofrecérselo en sacrificio, solo para demostrar su poder inconmensurable? ¿Cómo puede permitir genocidios en su nombre? No, Dios y su mano protectora o su mano de verdugo, tan cruel, resulta tan rácano y cicatero como podemos serlo cualquiera de nosotros. Dios está hecho a nuestra imagen y semejanza.

La vida pasa, nos pasa por encima con mejor o peor fortuna, pero eso no depende de Dios, no de ese Dios. Mis padres han tenido la vida que les tocó vivir, como casi todo el mundo; depende de cuándo y de dónde naces. Por mucho que Franco desfilara bajo palio, ningún Dios puede consentir ni proteger a un dictador que provoca una guerra, que mata en su nombre y en el de sus propias ideas, y que firma sentencias de muerte en tiempos que, cínicamente, llamó tiempos de paz tras la victoria.

Mis padres tienen ahora 95 años y una salud que podría decirse acorde con su edad. Mi padre, casi ciego y con problemas de movilidad, conserva su cabeza como si el tiempo no hubiera pasado por él. Mi madre, en cambio, es totalmente dependiente, y su cerebro se ha nublado tanto, que, a veces, ni siquiera me reconoce, y otras, me sonríe porque aflora en ella un sentimiento profundo hacia mí, pero no sabe cómo me llamo y, probablemente, no sepa, en esos momentos, que soy su hija.

El desgaste de la vida ya vivida le ha hecho perder la memoria y la ha arrinconado en sus años de niña. Mi madre tiene pesadillas y alucinaciones, y vuelve a morirse de miedo porque van a buscar a su padre a casa para matarlo, y ve cómo le cortan el pelo a su hermana y le hacen tragar aceite de ricino, y cómo su hermano, apenas un adolescente, se viste con camisa negra y grita “arriba España” para sobrevivir, y cómo las niñas-bien le pisan a ella los pies obligadamente descalzos al paso de la procesión. Mi madre grita semiinconsciente porque cree que la van a matar o vocea ¡Viva Franco! ¡Viva!

La vida la está privando de todo lo bueno y la sacude machaconamente, sin ninguna relación con los merecimientos. No, ella no merecía ser víctima entonces, cuando sufrió bajo la crueldad de los que se creían tocados por el dedo divino, y no merece ahora revivir ese pasado. No puede haber un Dios tan cruel e injusto que se responsabilice de este devenir. No puede haber un Dios tan miserable que perpetúe el daño que le hicieron.

En la estación

Las vacaciones son fuente de divorcios, y tiene su lógica. Compartes cama y mantel con otro u otra y, a veces, llega un momento en que, por fata de tiempo o por desidia, ni siquiera compartes conversación, o, al menos, ya no es esa conversación vivaz, apresurada, de tono alegre o, por el contrario, de tono grave y dramático, pero imprescindible para compartir, para sentir que formas parte de algo más amplio que tú mismo. Esa es la esencia, compartir.

Quizás las parejas se acostumbran, se dejan arrastrar por la luz mortecina de la rutina y se conforman con colocarse cada día el traje necesario, el uniforme identificativo, y ya se quedan tranquilas, olvidados ya los esfuerzos, los anhelos, el deseo de encontrar a alguien con quien estar el minuto siguiente, y luego el siguiente y siempre así… Que nada es para toda la vida, salvo si esa vida dura solo un minuto.

Y compartir, de repente, cada momento del día, con quien ya nada te apetece compartir, conlleva la amargura.

Hoy he esperado un tren durante horas, como se espera a veces el destino, con el convencimiento de que, hagas lo que hagas, tendrás que esperar, y no va a depender de ti el resultado. Como mucho, y eso sí estaba en mi mano, con la paciencia necesaria para observar, para aprender de la vida que me pasa por encima.

Parecía que el país entero se iba de vacaciones, que yo sé que no; y parecía, también, que la gente estaba dispuesta a pagar un alto precio por ello; una larguísima e incómoda espera, y, a juzgar por la expresión de sus rostros, que no era de desesperación, asumiendo que, para disfrutar, también hay que sufrir.

En medio de la marabunta, una pareja que sobrepasaba los 60 se acercó a información, la mujer preguntando por un tren y el hombre, al cargo de dos maletas, un poco retrasado, pero no lo suficiente como para excluirse de la conversación; acostumbrado a dejar hacer, a no inmiscuirse. El tren había partido ya hacía unos cuatro o cinco minutos. La mujer se llevó las manos a la cabeza, imposible que, si ellos llevaban esperando quién sabe cuánto tiempo, hubieran perdido el tren. El hombre no dijo nada, la miró con cara de “ya te lo decía yo” y la fulminó con la mirada. Sin decir nada, le echó en cara todas las veces que ella había vencido en la pelea diaria que, probablemente, ya duraba muchos años, la de quién se lleva el gato al agua, la de quién pasa por encima de quién, la de uno contra otro.

No dijo nada, y eso me impresionó más aún, el reproche, duro y frío, solo en la mirada, pero no dijo nada, buscaron otro billete y cargaron los dos con el peso de aquella grieta profunda, como la de un volcán que amenaza con estallar.

Al cabo de mucho tiempo, ella seguía hablando por teléfono, caminando por los pocos huecos que quedaban entre la gente. Él la seguía con las dos maletas, a la misma distancia de antes, inexpresivo, ya sin reproche en la mirada, que era de aceptación. Pensé que la conversación de ella no iba a terminar nunca, era su escudo para no enfrentarse en su soledad con él, para evitar hablar de lo que había pasado, para ignorar los reproches, como si lo ocurrido fuera algo normal. Y él, ya inexpresivo, sin la furia del primer momento, el volcán que estuvo a punto, pero no estalló.

Y esperaron otro tren y se fueron de vacaciones como una pareja feliz, a sabiendas de que habían perdido el tren de la vida.

Agua

El agua caliente para la parturienta y para el recién nacido que bracea en la palangana. El agua del barreño de zinc para el baño de los domingos. El agua cociendo para encallar y el agua fría para lavar las tripas en la matanza. El agua casi helada bajo los carámbanos que había que romper para lavar la ropa. El agua que acarreaba desde la fuente para poder beber en casa…

Todo en mi vida ha sido agua. Incluso esta agua con sabor a sal que inunda mi cara cuando los recuerdos me asedian porque tú no estás.

La poda

El hombre del mono azul se acerca al árbol, la mirada de juez y un brillo de muerte en la mano. El dolor necesario para que la vida se renueve. Poco a poco, la tijera va amputando, aquí y allá, y las ramas van cayendo, como lágrimas, a sus pies.

Autorretrato

Había una casa vieja y deshabitada. De construcción firme, su estructura había soportado bien la huella del tiempo, pero, su fachada gris, más gris aún frente a los edificios nuevos, delataba su condena al olvido.

Yo solía pasear por la avenida, llegaba hasta ella, la miraba desde la acera de en frente, como a un espejo, y la veía allí, resistiendo contra viento y marea, desgastada y sola, sin la vida que en otro tiempo cobijó. El abandono provoca un deterioro acelerado y había llegado un momento en que ya no se la veía capaz de acoger risotadas y chillidos de críos, ni de ofrecer una cama donde hacer el amor, ni de oler a bizcocho recién hecho o al café de las mañanas. Llegó un momento en que la casa, de pura costumbre, ya no fue habitable, y unos obreros metódicos y cumplidores, la protegieron con redes y tapiaron sus ventanas para que nada de afuera le siguiera haciendo daño, ni las palomas, ni los vientos huracanados, ni el sol cegador de julio. Pero nada pudieron hacer para protegerla de sí misma, de la soledad de sus cuartos, de la penumbra de sus pasillos o del silencio que la ahogaba dentro.

Hace unos días he vuelto a caminar hasta ella. Han empezado a construir un bloque de apartamentos allí al lado y, por contraste, se la ve más vieja aún, más fuera de lugar, más castigada. La construcción de los cimientos nuevos ha abierto una grieta inmensa en la fachada de la casa. Es cuestión de tiempo, de no demasiado tiempo. Me cuesta cada vez más mantenerme en pie, la herida de mi corazón no va a cerrarse. No me he rendido, es solo que, en el abandono, ninguna de las dos teníamos posibilidades de sobrevivir.

El recital

Fue un éxito. Todos los recitales lo son, pero este lo fue especialmente. Nos esperaban ilusionados, sus caras, su sonrisa abierta y sus gestos apresurados los delataban y nosotros nos sentimos especiales por ello. Recitamos nuestros poemas y cantamos nuestras canciones e, incluso, ellos también lo hicieron. Al terminar, como muestra de su agradecimiento, nos regalaron algunos trabajos hechos en sus talleres, unos marcadores de páginas troquelados y dos cuadros realizados con hilos, tan cuidadosamente pegados unos junto a otros como solo puede hacerlo alguien para quien el tiempo no cuenta o alguien para quien, precisamente, el tiempo cuenta solo cuando pasa.

Nosotros solo pudimos decir “gracias” muchas, muchas veces. Y prometimos volver. Y prometimos no olvidarnos.

La puerta esclusa se cerró cuando salimos, con un golpe seco y doloroso. Mientras recorríamos el patio miramos atrás, a la cuadrícula de ventanas de la fachada. Un hombre joven nos miraba salir, las manos aferradas a los barrotes, la cabeza apoyada en ellos. Quizás, aquella tarde, nuestros poemas y nuestra música le habían dado alas, pero él seguía allí, privado de libertad.

Rutinas

Cada tarde, antes de la hora del cierre del obrador, llegaba hasta la pequeña plaza y se sentaba en uno de los bancos de granito que bordeaban la fuente. Iba con tiempo, a sabiendas de que una cosa era la hora del cierre y otra, bien distinta, era cuando ella podía salir del trabajo.

A veces, observaba a los niños correteando alrededor, con el runrún del agua de fondo, otras, se fijaba en alguna madre joven que se sentaba a descansar -con cuidado de que las innumerables bolsas que colgaban de los brazos de la sillita de paseo no la volcaran- o aprovechaba el momento para darle un potito al bebé.

No le importaba esperar, incluso le había cogido el gusto. Llevaba años haciéndolo, tantos como los que llevaba ella trabajando allí. No consideraba una pérdida de tiempo esperarla; mientras lo hacía veía a los bebés y el afán protector de sus madres y pensaba en los niños que ellos no tenían aún y que, quizás, nunca tendrían, o se fijaba en los perros que se acercaban a olisquearlo o meaban en el césped y pensaba que sería agradable que, al llegar a casa los dos juntos, saliera a recibirlos un perrito ladrando y moviendo el rabo. Pero, sobre todo, pensaba en la sonrisa de ella al salir y verlo allí, solo por esa sonrisa merecía la pena esperar.

Yo tardé en darme cuenta, lo veía al pasar y llegó un momento en que asumí, después de tantas y tantas veces, que el hombre formaba parte de la plaza, como la fuente o los bancos o los árboles. Al cabo de meses así, un día acerté a pasar cuando ella salía, sonriente, del obrador y él se acercaba, radiante, a darle un beso en los labios. Después, algún día más los vi caminar de la mano, después del trabajo.

En mi propia rutina, los domingos y los festivos eran los días en los que él no estaba en la plaza, para volver el lunes a la rutina de ellos dos.

Sin embargo, un día entre semana de un mes de octubre, cuando la plaza ya estaba cubierta de hojas amarillentas que el viento arrastraba, no lo vi. No lo vi esperando en la plaza y en la trapa cerrada del obrador alguien había puesto un papel escrito a mano donde podía leerse “Cerrado por defunción”. Tampoco lo vi al día siguiente ni en la semana siguiente, por lo que deduje que, quizás, la muerta era ella. De esto hace casi dos años.

Al cabo de diez o quince días volví a verlo en la plaza, a la misma hora y en el mismo banco, y así, de lunes a viernes, hasta que un día acerté a pasar cuando el obrador cerraba; la mujer sonriente no salió hacia la plaza, entonces, él se levantó, esperó hasta que la trapa se cerró con ese estruendo que cerraba también su mundo y se marchó.

En la noche

Hace mucho tiempo ya que todos los gatos son pardos, aunque yo no soy consciente de ello.

De pronto, un aullido feroz me devuelve a la vida y ya solo existe para mí esa ambulancia que se aleja veloz hacia el hospital. Pienso entonces que esa sirena es un signo de vida, un signo de esperanza; ¿para qué si no, si el enfermo ya fuera un cadáver?

Y me alegro por él, o por ella, y también por mí, que, ahora, soy consciente de eso, de que estoy viva. Y cierro lo ojos otra vez, para soñar contigo.

Nunca

Él nunca le dijo que la quería. Ella nunca se lo preguntó; tenía miedo de que le dijera que la quería mucho, y, en el amor, querer mucho es siempre querer menos de lo que hay que querer.

Ahora ya nada importaba, tan solo quedaba este desgarro que no le dejaba vivir: ¿y si ella nunca llegó a saberlo? ¿y si, en el momento de su muerte, no tuvo la certeza de cuánto la había querido? Y, apretando los puños, volvía a gritar en silencio: “Te quiero. Lo sabes ¿verdad? Te quiero.”