Diario de Pepín. Día 71

Sofía había vomitado mientras nosotros estábamos fuera. Ya había vomitado el día anterior, cuando estábamos tumbados en el sofá después de comer, y mamá me pilló al vuelo cuando quise bajarme de un salto para ir a comerme el vómito. De veras que me pilló en el aire y no pude moverme, y luego ya fue ella con la fregona a limpiarlo mientras yo miraba desde una distancia de seguridad.

Pues hoy, como Sofía vomitó bastante pronto, el robot de mamá que barre cuando ella no está había repartido el vómito por el suelo, haciendo unos preciosos dibujos de ir y venir por casi toda la casa. Así es que mamá se puso con la fregona en cuanto llegamos y yo solo pude dar un par de legüetazos al suelo antes de que mamá me riñera. No sé qué le pasa a mamá con los vómitos que no soporta que me acerque a ellos, ni los de Sofía ni los que me encuentro en nuestros paseos. ¡Y mira que estos días había montones en la calle y en la hierba, como si estuvieran esperando a que pasáramos nosotros para… quedarme con las ganas de hincarles el diente!

Diario de Pepín. Día 70

Reconozco que lloré; pero solo un poco. Es que vi remover de maletas, aunque era otra maleta más pequeña que la que mamá preparó las otras veces, y mamá me sacó muy temprano a la calle – muy, muy temprano-, pero no fuimos después a la cochera. Volvimos a casa, mamá me dio un beso, cogió esa maleta pequeña y se marchó. Y yo me quedé llorando detrás de la puerta. Yo sé dónde he nacido, pero procuro no acordarme del monstruo ese del abandono; de hecho, ya no sueño con él y tiene la cara tan borrosa que ya no lo reconozco, pero cuando se fue mamá se me vino a la memoria y empecé a gañir casi sin darme cuenta.

Después, cuando ya era muy de día, vino a buscarme el chico de la gorra y me llevó con él a la oficina, me puso la mantita y los juguetes en su despacho y hasta me sacó al parque. Él me saca de distinta manera que mamá, pero yo disfruto lo mismo; el parque es el parque y hay que aprovecharlo.

Mamá volvió por la tarde y ya no nos separamos en todo el rato.

Diario de Pepín. Día 69

He tenido un día rabioso, de esos que, de pronto, no puedes estarte quieto  y, si toca salir a la calle, sales como un loco tirando de la correa con tanta fuerza como si quisieras arrastrar el mundo. Y casi lo arrastras, o, al menos, casi arrastro a mamá, que viene a ser lo mismo.

Yo creo que la culpa es de esta forma de crecer que tenemos los perros. Y de los dientes, claro, que ayer estaba yo jugando, como juego con todo lo que me llevo a la boca, y mamá se extrañó del sonido que hacía mi juguete al caer al suelo. Y miró y lo cogió en su mano y resultó que estaba jugando con una muela que se me había caído. Que yo nunca pensé que costara tanto hacerse grande.

Diario de Pepín. Día 68

¡Hala, cómo he corrido! Hemos ido al parque, pero cuando no parece el mismo parque, porque está lleno de gente. Mamá me ha soltado y había allí ya otros cuatro perros que se notaba que se conocían de antes. Yo he observado un poco al principio, como hago siempre que oteo un perro de lejos, y luego… ¡a la batalla! Dos perros eran grandotes, pero ya he visto yo que, generalmente, los perros grandes ni se enfadan ni nada, y otros dos eran más pequeños –más grandes que yo, por supuesto, pero más pequeños que los otros-. Bueno, pues uno de los pequeños, que, además estaba muy gordo, venga a ladrarme y a no dejarme en paz. Su papá decía que quería jugar, pero yo no estoy tan seguro, porque yo también quería jugar y no había forma. Total que yo me metí entre los grandes, venga a correr y a correr y no me alcanzaban y, cuando me vi apurado, me subí al muro de piedra y me metí entre las piernas de los señores, que seguro que allí no iban a hacerme nada. Luego llegó también el papá de Cayetana, que es mi amiga enorme y negra, y nos dio una galleta a cada uno, y otro papá con un perro chico que se llama Pirata, pero a ese yo no lo conocía de antes y casi no me dio tiempo a olerlo porque nos marchamos en seguida.

Uno de los papás dijo que yo era un perro muy espabilado. Mamá sonrió y dijo que yo era muy listo.

Diario de Pepín. Día 67

Por las mañanas correteo muchísimo porque, cuando salimos a caminar, apenas hay gente en la calle, aunque sí que me encuentro con perrillos que salen a dar una vuelta, como nosotros. Incluso me encuentro con los  mismos perros y  nos saludamos y nos olemos y damos unas vueltas alrededor de la correa. Lo peor es que, por la mañana, huele a cosas de comer en muchísimos sitios; en el parque, alrededor de las papeleras, en la calle, donde ahora no hay mesas ni gente pero por la tarde sí; y quedan en el suelo muchos trozos de pan y de bocadillos y de bolsas de fritos que huelen de maravilla… y mamá no me deja coger nada. Me va riñendo y dando tirones todo el tiempo y, cuando puedo hincarle el diente a algo, me mete los dedos en la boca para sacármelo. Solo me deja coger algún vaso de plástico, que se dobla cuando lo muerdo, y puedo corretear un rato con él en la boca. Entonces voy feliz, más chulo que un ocho, y la gente me mira sonriendo.

El parque, ahora, está desierto, solo podemos entrar y salir de él por un sitio que no tiene alambrada. Da gusto corretear y oler sin que nadie te distraiga. Me concentro tanto en el trabajo que, de vez en cuando, tengo que levantar la cabeza para ver si mamá se ha perdido. Menos mal que ella me espera.

Diario de Pepín. Día 66

Ya estoy bien, pero he tenido mala la barriga. Mamá tiene razón cuando dice que no hago más que comer guarrerías, y algo comí que me hizo daño. Por la noche me puse muy revuelto y tuve que hacer caca aunque no eran horas ni nada. Así que me levanté de la cama y me fui a hacer caca en la ducha. Mamá no me riñó, solo dijo que había cagado una tirita, y que menos mal que la había cagado. Luego ya me he entrado hambre y he estado bien.

Diario de Pepín. Día 65

Mamá dice que me puede el ansia; y yo creo que tiene razón. Cuando llego a casa, a mediodía, busco como un desesperado a Sofía para perseguirla por casa y jugar con ella. Me pueden tanto las prisas que la mitad de las veces no me doy cuenta de que ella está subida en el taquillón de la entrada y ni siquiera la veo porque entro como un toro, sin levantar la cabeza. Entro como una bala y me pongo a buscarla por las habitaciones mientras ella está tan tranquila. Eso sí, cuando la veo, echó a correr detrás de ella, o, según se tercie, porque, a veces, se frena en seco y le paso por encima.

Pues, en una de estas, ella corrió a esconderse debajo de la cama y yo, que no me meto debajo porque me saca las uñas y no tengo espacio para escapar, me pasé de frenada y me subí  encima. Encima de la cama. Y mamá estaba allí, observando lo que hacíamos con unos ojos como platos.  Yo quise disimular pero mamá se echó a reír y me dijo que era un sinvergüenza y que ya no iba a dejarse engañar.

La verdad es que me gusta poder llegar yo solo a los muñecos y, además, como Sofía se sube a la cama para escapar de mí, pues así un sitio menos que tiene; pero me gusta más que todas las noches mamá me coja en brazos y me suba a la cama para dormir con ella. Y, eso ya, no sé…

Diario de Pepín. Día 64

Hay ratos que no me aguanto ni yo. Esto de ser cachorro y tener que crecer es muy complicado. Tengo ratos que estoy tranquilo y camino olisqueando pero sin forzar la marcha o correteo feliz con algo que he encontrado en la boca y soy una buena compañía para mamá, pero otros me vuelvo un manojo de nervios, mamá tira de mí y se enfada porque me apalanco en un sitio y no quiero moverme, o me pongo rabioso y no paro y quiero morderlo todo.

Mamá dice que deben ser los dientes y yo creo que no le falta razón. Cuando me duelen querría hasta morder piedras para no sentirlos, aunque se me cayeran a trozos. Yo no entiendo lo que pasa con los dientes; si he nacido con todos los huesos, con mis patas, mi rabo, mis uñas, y todo va creciendo conmigo ¿por qué he nacido con unos dientes que no valen y me los tienen que cambiar por otros nuevos que duelen tanto? Maldita la gracia que me hace este error de cálculo, podía haber nacido con los buenos y que fueran creciendo a medida que yo lo hago.

Diario de Pepín. Día 63

Lo de levantar la pata para hacer pis, bien sabe Dios que no me sale de natural, pero lo de subirme a la cama de un brinco… Si soy capaz de subirme a las piedras que bordean la hierba del parque, que en algunos sitios son altísimas, también soy muy capaz de subirme a la cama de mamá. Lo que pasa es que no quiero, prefiero llegar a la alfombra y ponerme de manos en el borde de la cama para que mamá me suba. Yo creo que ella no se ha dado cuenta todavía de que lo hago a propósito; yo creo que puedo aguantar así algunos días más.

Hoy no hemos podido ir al parque de todos los días, porque todas las entradas estaban valladas. Yo podía entrar por debajo de una alambrada, pero el hueco era muy pequeño para que pudiera pasar mamá. Seguro que cuando llegó Max tampoco pudo entrar porque él es muy grandote. Entonces, mamá me llevó por otras calles con parques pequeñitos que tenían un montón de olores nuevos y apenas tuvo que reñirme por quedarme  como un mojón en cualquier esquina, porque tenía tanto que oler que iba corriendo de un lado a otro.

Diario de Pepín. Día 62

Lo que no puede ser es que mamá haya comprado la camita nueva y Sofía se la haya cogido como suya. Que ella tiene otra que es solo para ella, como una especie de hamaca que a mí no se me ocurre tocar porque está un poco levantada del suelo, y, además, ella se tumba en la mesa grande del salón, y encima del radiador y en todos los sitios altos que, por esa razón, son sitios de gatos y no de perros. ¡Hombre, y que, desde que trajo mamá la cama nueva, se planta en el medio y no hay quién la mueva de allí! Que mira que podíamos estar los dos, pero no, ella, en el medio. A mí me encanta estar en el sofá al lado de mamá, pero me fastidia ver que, aunque quisiera, no podría estar en la cama nueva. Tan harto me tiene, que, una de las veces que me he despertado, sin que Sofía tuviera tiempo de reaccionar, he dado un salto desde el sofá y me he plantado en la camita. Casi le caigo encima y, ha sido caer yo y salir pitando ella. Hasta mamá se sorprendió, pero se dio cuenta de la jugada, claro.  

En realidad yo paré poco, muy poco, allí; pero, al menos, le enseñé a Sofía que las cosas no son suyas porque sí, y que está muy acostumbrada ella a esquivarme cuando corro detrás porque, de un salto, se sube a los muebles y me deja chafado pero, en el suelo, somos los dos iguales, incluso yo soy un poco más igual que ella.

Antes…
Y después…