Diario de Pepín. Día 54

Estar de vacaciones es muy cansado. Vas y vienes de los sitios y apenas descansas, no como cuando estamos en la oficina, que trabajamos, pero a mí me da tiempo a dormir. Hoy hemos ido a un sitio que yo no conocía, tan lleno de gente que era un agobio, todo pies y piernas, sin hueco para que pasáramos los perros que, por cierto, éramos muchos. Mamá me cogió en brazos unas cuantas veces porque yo creo que nos estábamos agobiándo los dos. Dice mamá que, cuando ella era niña, la abuela le reñía porque siempre iba mirando al suelo, así que, ahora, no le iban a faltar motivos porque desde que me vigila, no mira para otro lado.

Yo tenía muchísimo que olfatear y no tenía un momento de sosiego y, además, todos los niños que se cruzaban con nosotros querían tocarme. Y había muchos también. Entre los mayores que me decían cosas y los niños que me tocaban no había forma de caminar.

Yo no sé si durará mucho esto de llamar tanto la atención. A mí no me importa, incluso me gusta; pero espero que mamá no se canse.

Diario de Pepín. Día 53

Babos es una abusona. Bien es verdad que me he alegrado de volver a verla; que, en cuanto bajamos del coche, empecé a mover el rabo porque reconocí el mismo lugar de hace tres semanas y empecé a corretear por el jardín pero, en cuanto apareció ella, la vi tan grande que me encogí un poco y me quedé al verlas venir, procurando no provocar. Y eso que mamá le trajo un hueso enorme, para que no se comiera mi comida, que, en cuanto llego, es lo primero que hace; abre esa bocaza enorme que tiene y en un «plis plas» se zampa todo lo que hay en mi comedero. Y hoy, como no había comida, se ha puesto a beber agua como si no hubiera un mañana, y nos ha dejado el piso pingando.

Luego hemos jugado un ratito muy bien, yo corría y ella me perseguía por el jardín, y, como yo soy mucho más pequeño que ella, tengo que correr muchísimo más de prisa para que no me alcance y me meto por sitios pequeños por los que ella no cabe. Mamá se reía al vernos, dejó el libro que estaba leyendo y nos miraba dando vueltas como locos. Pero claro, eso fue hasta que se acordó del hueso. En cuanto se lo metió en la boca se olvidó de mí; se tumbó en la hierba y venga a morder y a morder. Yo todavía me atreví a acercarme, porque esos huesos me chiflan, pero antes de poder quitárselo de la boca me pegó un gruñido que me echó para atrás. Supongo que no me iba a morder, pero por si acaso, que lo que sí es seguro, es que no iba a dejarse quitar el hueso. Por eso digo que es una abusona, que, como por tamaño iba a ganar ella, me puse a correr en círculos a su alrededor, a más velocidad que si escapara de un fuego, para distraerla y poder quedarme con el dichoso hueso, pero nada, que estuve un buen rato corriendo y la única que me miraba era mamá y lo único que hice fue cansarme. Así es que recogí velas y me fui a acurrucar al lado de mamá, dolido con tanto desprecio. Yo no lo sabía aún, pero mamá me había traído también un hueso para mí, aunque era más pequeño.

Diario de Pepín. Día 52

Mamá dice que solo me faltan los granos para ser un adolescente. Yo la escucho atentamente, pero no entiendo qué quiere decir. Ella sabrá. Las madres saben cosas que nosotros nunca llegamos ni a imaginar.

Supongo que se refiere a que soy un cachorro con ganas de ser grande y a que he crecido pero sigo siendo un cachorro. Vamos, que ni yo sé muy bien lo que soy. Unos días, o unos ratos, los dientes no me dejan en paz y me tiro a morder todo, y otros me pongo mimoso y le pido a mamá que me coja en brazos y me acaricie la tripa. ¡Se está tan bien en brazos de mamá! Escucho su corazón mientras me acaricia la cara y la barriguita… podría pasarme las horas muertas así, hasta que me da un repente y salto a perseguir a Sofía o a recorrer el pasillo con un peluche en la boca. Yo mismo me extraño de estos cambios de humor, pero me dejo llevar; será lo mejor.

Hoy no me he hecho pis en casa. Mamá se puso contenta. Y yo también.

Diario de Pepín. Día 51

Hay días en los que todo sale bien y hay días en los que todo sale mal. Bueno, empezar el día haciendo pis en casa es el aviso de que todo va a ir mal. ¡Y mira que me esfuerzo! ¡Y mira que lo intento! Que yo tengo muy clarito que mamá me ha dicho que no puedo hacer pis en la cunita de tela azul que antes era de Sofía, que yo lo sé… Pero no sé si sería porque ayer bebí más agua, o por el trocito de sandía que me dio mamá por la noche, el caso es que ya no aguantaba más y, eso sí, como yo sé que no debo hacerlo en la cunita azul lo hice justo al lado  pero la camita se quedó pingando otra vez.

Diario de Pepín. Día 50

Sofía se va acercando cada vez más. Es como si la recién llegada fuera ella y, poco a poco, fuera cogiendo confianza.

Yo ya había vivido con gatos en mi otra casa y tengo visto que son gente que anda a su aire, y que, por muy activos que sean, tienen un ritmo que, visto con ojos de perro, ni siquiera es ritmo. Yo veo que mamá me llama y salgo como una bala, o que, cuando llega a casa, me pongo a bailotear de manos delante de ella para que me acaricie y me diga cositas; en cambio, Sofía –y no es porque esté yo-, la espera pacientemente subida en un mueble, maúlla casi sin voz cuando llega mamá y se lo piensa dos veces antes de bajarse –excepto si tiene hambre-. Y si mamá la llama, Sofía va, pero se toma su tiempo.

Bueno, pues ahora, al cabo de dos meses, ya nos sentamos los tres en el Sofá: primero yo, luego llega mamá y, algo más tarde y después de llamarla, llega Sofía. Y, cosa extraordinaria, cuando mamá se tumba en el sofá después de comer, y yo me tumbo encima de mamá, Sofía ya ha empezado a tumbarse al lado. Solo un ratito, luego se pone nerviosa y se va. Claro que dice mamá que, antes de llegar yo, siempre se tumbaba Sofía con ella…

Si no fuera porque a veces me da un repente y salgo corriendo detrás de ella por toda la casa hasta que se sube a cualquier sitio para escapar, yo creo que ya seríamos como hermanos. Porque eso somos en realidad, hermanos con una mamá, aunque yo creo que Sofía no lo sabe.

Diario de Pepín. Día 49

¿Un cachorro puede dejar de ser un cachorro sin haber cumplido los cinco meses? A saber: no he vuelto a hacer pis en casa, espero pacientemente a que mamá se duche y desayune –sin cogerle las chanclas- y hago pis y caca en la hierba que está cerca de casa, espero hasta que la puerta se abre del todo y luego ya salgo yo –un día no esperé y mamá me dio sin querer un golpe en los morros cuando la abrió, por eso he espabilado y ya no me pasa-, y, cuando mamá me deja solo en casa no vacío el vestidor –ella procura dejarlo cerrado por si acaso- ni me llevo arrastrando los muñecos de la cama. ¡Ah, y no he vuelto a comer cacas de Sofía! Porque me da miedo entrar en el arenero cerrado y no poder salir.

Pensándolo bien creo que no, que un cachorro de cinco meses sigue siendo un cachorro. Aunque se porte bien. Supongo que eso es lo que mamá llama “educación”.

Diario de Pepín. Día 48

Estos días han sido una revolución. Mamá no me ha llevado a la oficina porque tampoco ha ido ella a trabajar. He subido y bajado del coche un montón de veces; bueno, mamá me ha subido y me ha bajado del coche, porque yo no me atrevo pero ya no me escapo ni tiro para atrás. La verdad es que en el coche no se va mal; me tumbo en el asiento de atrás y hasta me duermo, salvo cuando pegamos botes, que me asustan mucho, aunque mamá entonces vaya muy despacito.

Vino la mujer que habla como mamá pero no es mamá y yo me asusté por la noche porque no me acordaba de que se había quedado a dormir y empecé a ladrar para avisar a mamá de que había ruidos extraños en la casa. Al día siguiente salimos a caminar temprano y la mujer que habla como mamá me llevó todo el tiempo de la correa, pero muy corta porque dice que tengo que acostumbrarme a ir al lado, que así acostumbró ella a su perrita. Luego, por la tarde ya había muchísima gente en la calle, todo eran piernas a mi alrededor; menos mal que llevaba la correa cortita y nadie se tropezó conmigo.

Hoy ya nos hemos quedado solos mamá, Sofía y yo; y estamos reventados. Yo creo que tango trasiego de maletas y de camas y de idas y venidas nos deja agotados a todos. Por eso me he pasado el día tumbado en el sofá, pero totalmente repantingado, todo lo largo que soy. Y cada vez soy más largo, que he crecido un poco más.

Diario de Pepín. Día 46

¡Qué paliza, madre mía! Mamá me ha dado una sorpresa y hemos vuelto a mi primera casa. Mi mami de antes me llenó de besos en cuanto llegué, pero mis hermanas, las dos que aún no han sido adoptadas y siguen viviendo allí -que están locas, locas-, empezaron a perseguirme y a morderme y a no dejarme en paz. Son más altas que yo y tienen las patas más largas que las mías, pero yo no me dejé albardar y me defendí y también las mordí a ellas; y eso que eran dos. Bueno, en realidad, los mordiscos no eran de hacer mucho daño; pero nos mordimos. Y mucho. Sobre todo cuando llegó Linda, que, entonces, empezamos a perseguirla a ella nosotros tres. Linda se puso muchas veces panza arriba, pero también nos mordió a nosotros en las orejas y nos sacó los dientes para asustarnos. Mamá y los demás nos miraban y nos dejaban hacer y nosotros, venga a correr, venga a correr, aunque yo fui un par de veces a ver a mamá,y, cuando me silbó, me fui corriendo hasta ella, para que no se pensara que, como estaba en mi casa de antes, ahora la quería menos .

Después fueron llegando mis otros hermanos, pero yo casi no los recordaba, porque se fueron pronto de la casa de mis papis a otras casas. A mi mamá Alba sí que la recuerdo, pero no estaba allí, aunque mi otro hermano, el más grandullón de todos, es igualito que ella, igualito, igualito.

Cuando llegó mi papá de antes ya estábamos todos por allí armando y también me abrazó y me besó, que yo sé que me quiere mucho.

Bueno, pues entre tanto jaleo, y tanto correr y tanto morder, el que más armaba y más ladraba de todos era Tony, que siempre tuvo muy mal carácter y sigue igual. Tony lleva años sin ser cachorro, pero se comporta muy mal, a pesar de que sus papás –mis primeros papás- le riñen; pero a él le da igual. Y luego, Messi, que es un tragaldabas de mucho cuidado y quería comer de todo.¡Hasta se subió a la mesa –y mira que está gordo- y se agenció una empanada que medio se zampó antes de que nos diéramos cuenta!.

Ha sido un día muy cansado, pero ha merecido la pena. He llegado tan reventado a casa que casi no me he metido con Sofía. Lo que pasa es que ella ya no se fía de mí y prefiere esconderse antes de que yo empiece a perseguirla por el pasillo. Por si acaso.

Diario de Pepín. Día 45

Mamá y yo vemos crecer la hierba. Por la mañana vemos como corre el agua por la calle abajo, porque siempre llueve finito encima de los jardines. De pronto, se para la lluvia y ya solo queda la hierba mojada y fresquita. Yo disfruto mucho correteando por el jardín empapado de agua, pero no me gusta nada pisar la calle mojada; no es lo mismo. Bueno, pues, a lo mejor, una mañana, la hierba está muy pequeñita, como si una vaca hubiera pasado allí la noche pegándose un atracón, y huele a hierba cortada; al día siguiente la vemos un poquito más crecida, verde y mullida que da gusto pisarla, crece un poquito más el siguiente día y, como mucho, un día o dos más, y las vaquitas vuelven a pasar la noche comiendo pasto. Nosotros nunca las vemos, pero vemos como queda de pequeñita la hierba después de pasar ellas por allí. Y otra vez a empezar; la hierba nunca se cansa.  Y las vaquitas, tampoco.

Diario de Pepín. Día 44

Debe de ser domingo otra vez, porque esta mañana hemos llegado hasta el río. El río está lejísimos pero yo no me canso, incluso doy brincos por la hierba que hay allí y echo carreras sin correa ni nada, aunque nunca me alejo demasiado de mamá y miro de vez en cuando a ver si ella sigue cerca. Me gusta, cuando me separo un poco, que mamá me silbe para volver. Ella me silba de una forma especial, como solo silba ella y como solo me silba a mí,  y, entonces, yo echo a correr como si no hubiera un mañana. Luego me siento frente a mamá esperando una golosina, ella me dice “muy bien, muy bien” y me da un trozo de colín como premio.

Pero todo no es así de bonito, porque esta tarde, mamá se ha enfadado conmigo. Primero, porque hice pis en casa, aunque ella me tiene un empapador en el balcón por si me aprietan las ganas y no me aguanto hasta la hora de salir, y luego, porque le pedí que me quitara la correa para subir las escaleras de casa y, cuando íbamos por mitad de camino, me paré, ella me llamó pero no hice caso, y volví a bajarme hasta el portal. Mamá bajó detrás de mí a buscarme, me riñó y volvió a ponerme la correa –que odio desde que me asustó por el pasillo de casa- y me llevó casi a rastras porque yo me hacía el remolón. Y luego, ya en casa, me dijo muy, muy seria que no me moviera de un rincón y yo estuve allí quieto, sin moverme, muchísimo rato, a ver si se le pasaba el enfado. Por lo menos estuve uno o dos minutos allí quieto; una eternidad.