El corazón y la palabra

Después de cuatro años, acabo de publicar mi segundo libro. Se trata de una recopilación de relatos publicados en este blog, a lo largo del tiempo. He seleccionado los que me han parecido más intensos y los que me han parecido mejor escritos.

A veces incurrimos en el error de pensar que, si ya tienes los textos, la publicación de un libro es «pan comido». Pero no, ni mucho menos. A partir de ahí, empieza la corrección de los escritos, porque hay una coma que no está bien situada, o un calificativo demasiado sonoro, o una repetición de palabras que resta sobriedad… mil cosas. Y luego la maquetación, el diseño de la portada y la contraportada o los textos que van a aparecer en ellas. Puedo deciros que se trata de un trabajo laborioso y muy, muy cuidado. Todos los detalles importan.

Os contaré una curiosidad. Con la corrección del libro he aprendido como escribir en el ordenador las comillas españolas «», porque las únicas que yo veía en el teclado eran las inglesas “”. Ahora ya las utilizo directamente, como habéis podido comprobar.

El libro se titula «El corazón y la palabra» y está a la venta en Amazon, tanto en ebook como en papel con tapa blanda. Espero que os guste.

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Parejas rotas

Quizás no estaban seguros de que su amor fuera duradero, y por eso necesitaron esculpirlo en el árbol, para que perdurara incluso después de que ellos murieran.

Quizás temían que, con el tiempo, cualquiera de ellos quisiera alejarse del otro, y por eso cercaron sus nombres con un candado.

Quizás el árbol, más sabio por ser más viejo, les hizo un favor rompiendo ese candado y dejándolos libres.

 

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Puro erotismo

La vio desde lejos y se acordó de las piernas de Marilyn cuando sujetaba la falda de su vestido sobre el respiradero del metro. Al acercarse solo tuvo ojos para la media de malla y para esa línea sinuosa que unía la pantorrilla con el pie, tan bella como la línea del horizonte. Ni siquiera le puso pegas al calcetín. La pierna femenina, elevada hacia el cielo, era una invitación; aunque solo fuera la pierna de un maniquí.

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Escribir

Escribir para redimirse, para ser uno mismo.

 

Fíjate que, llegado este momento, no recuerdo si, cuando tú y yo estábamos juntos, yo ya escribía. Supongo que sí, porque esto de escribir fue siempre conmigo –desde chiquitito, diría mi madre, que escribía en los cuadernos sin copiar de ningún sitio, y, cuando le preguntabas que qué estaba escribiendo, siempre decía, “cosas”…-.  Pero yo no lo recuerdo, Isabel. ¿Recuerdas, acaso, el hecho de respirar o de comer o de dormir cada día desde que eras niño? No, sabes que has tenido que respirar y has tenido que comer y has tenido que dormir; pero solo recuerdas el día que pasaste hambre o la noche que tuviste una pesadilla y creíste que te ibas a morir…

Algo así debe sucederme a mí. Echo la vista atrás y me veo…, en realidad no me veo, no acierto a distinguir mi imagen, no alcanzo a verme como el protagonista de mi vida ni tampoco me veo como un mero espectador. Ni dentro ni fuera de mí. Recuerdo, eso sí, las decisiones que he tomado en la vida, las importantes, claro, las que te hacen elegir un camino y dejar los otros, y, sobre todo, recuerdo las que otros tomaron por mí: no es lo mismo caminar que hacer el camino arrastrado por otro.

Quizás ahí radique todo, en que vivo mi vida cada día igual que respiro, como o duermo y solo recuerdo los momentos en que el aire se enrarece a mi alrededor, y yo boqueo y el aire no me llega adentro, y, cuando ya me parece que ni siquiera soy yo, emerge la memoria de mi vida, de la vida que alguna vez he elegido, y vuelvo a escribir. Porque solo escribir me reconcilia conmigo mismo, con lo que he querido ser y con lo que soy.

Por eso no guardo memoria de si escribía cuando estábamos juntos, Isabel, pero sí recuerdo la necesidad inevitable de escribir después.

(De las memorias de Ismael Blanco)

El parque

Volvimos a recordar cuando una vez volvimos a encontrarnos. De pronto llamaron a la puerta todos los recuerdos que habíamos guardado bajo llave. Brotaron como un manantial, sin pedir permiso. Todo cobró sentido entonces, el aroma de su cuerpo en un abrazo, el tono de su voz, la caída leve de sus párpados al mirarme, el bizqueo de su pie izquierdo cuando caminaba a mi lado… y, mucho antes aún, las tardes de merienda cuando éramos críos, el camino hacia la escuela, la espera en los columpios…

He vuelto muchos días por el parque.  Me miran porque siempre voy sin niños. Me quedo cerca de los columpios; saco de mi bolso un pequeño envoltorio con pan y chocolate y espero mientras meriendo. Después espero un poco más, por si acaso llega tarde. Por si llega tarde.

 

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A oscuras

No necesitó mirar el reloj para saber que ya era hora de dejarlo. Eran muchos días trabajando con el mismo ritmo, o con la misma falta de ritmo, como para no saber cuándo era el momento de acabar.

Cerró la puerta y el sonido de la llave dentro de la cerradura volvió a parecerle violento e íntimo. Caminó por la acera esquivando a la gente, las manos en los bolsillos y la cabeza un poco baja. No tuvo que saludar a nadie, y nadie le saludó a él. Al llegar a casa encendió la lámpara del recibidor, dejó el abrigo en el perchero y bajó la persiana del salón. Una por una, bajó todas las persianas menos la de la cocina. Desde allí, a oscuras para que no lo vieran a él, podía ver la sala de ensayo de la Escuela de Danza. Cuatro veces por semana, se acodaba en el alféizar de la ventana y observaba detenidamente a los estudiantes; les veía rodar por el suelo  en lo que intentaba ser un gesto elegante, o dar saltitos  como aves zancudas en la diagonal de la sala. Los miraba pacientemente porque en el ángulo libre estaba ella, observando y corrigiendo. Los miraba esperando el momento en el que ella avanzara hasta el centro, con su cuerpo menudo y recto, los brazos arqueados y  sus pasitos cortos. Los demás se apartaban un poco para dejarle espacio, como en un corro infantil, y entonces ella juntaba los talones y se estiraba un poco más, separaba un poquito sus brazos de paréntesis y se elevaba sobre sus zapatillas de ballet, en un gesto de equilibrio que parecería imposible si no fuera ella. Y él la veía girar sobre la punta de sus pies, como si fuera etérea. Y en ese momento, cuatro noches a la semana, él era el hombre más feliz del mundo.