Locura de amor

A Francisco, el loco, no le importaba que en el pueblo lo llamaran así; al fin y al cabo, nunca se lo decían a la cara, y, además, su madre ya no estaba allí para llorar por eso, como había hecho durante los últimos cuarenta años, desde que la Nuncia lo engolosinó con tanto mover el culo y ponerle las tetas en la cara, para luego quedarse embarazada de aquel pelanas que vino a trabajar al pueblo. Que suyo no era el bombo, eso lo tenía él muy seguro, que él bebía los vientos por ella, pero no había llegado a ponerle la mano encima, que se hacía la remilgada y luego mira por donde salió. Mira que le había dicho su madre que la Nuncia no le convenía, y él, erre que erre, que no veía más que por sus ojos, que iba tras ella como un corderito, hasta que pasó lo que pasó, y, entonces, sí que se volvió loco, sí, que se emborrachó hasta caerse muerto, aquella y muchas noches más, y oía como la Nuncia se reía a carcajadas en sus narices, y él se daba cabezazos contra las paredes, con las manos tapando las orejas y gritando más fuerte que las risotadas de ella, aunque nunca dejaba de oírlas; bueno, sí, las dejó de oír cuando empezaron las voces, las que le decían que merecía estar muerta por lo que le había hecho, y entonces seguía viéndola por las noches, un poco transparente y siempre sin la barriga, y ya no se reía, que seguro que ella escuchaba las voces también y sabía lo que le esperaba.

Su madre entonces lo pasó muy mal, penando por este hijo, decía, que se ha vuelto loco de dolor; de amor, madre, de amor, decía él, que la sigo queriendo aunque todas las noches quiero matarla. Su madre dio gracias a dios, y, ni se le ocurrió ir a confesarse después, cuando supo que la Nuncia se había muerto en el parto, porque ya no podía vivir con la angustia de saber que ese hijo acabaría matándola, y, al fin y al cabo, si alguien tenía que pagar por esto, que pagara ella, la muy puta, que le había destrozado la vida al su Francisco.

La prueba

Desde que, de pequeño, su tía, una sombra larguirucha y malhumorada, de la que decían que se había quedado soltera porque no  había quién la aguantara, le dijo que tenía la cabeza hueca, ese sambenito le había perseguido durante toda su vida como una maldición. A él no le había preocupado mucho el asunto, salvo cuando quiso hacerse novio de la Chon y los padres le pusieron mala cara porque, dijeron, siempre había sido un poco lelo y todo el mundo lo sabía.

Fue el Román, el hijo de la Vicenta, el que corrió el pueblo de cabo a rabo para  contarlo; que el Fabián se había subido a una higuera, a la parte más alta, a por los higos más gordos, y se le había roto la rama y se había caído del árbol, y se había oído un ruido como el de una sandía cuando se revienta. Y allí se había quedado el Fabián, con los ojos abiertos y los sesos desparramados por el suelo, que, mira por donde, estaba claro que no tenía la cabeza hueca.

 

Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.

Siete días

El primer día no fue capaz de dormir; cerraba los ojos y sólo la veía a ella, hablándole sin voz, moviendo la boca para decirle lo que ya había escuchado de sus labios cuando vino a despedirse, como un martillo en su cerebro.

El segundo día se levantó agotado, al límite de sus fuerzas, se veía arrastrándose bajo un peso que no podía soportar, sin horizonte, en una existencia gris y dolorosa que empezaba a asfixiarle, como si ella se hubiera llevado el aire que respiraba.

El tercer día el dolor se hizo más físico, le dolía la garganta y el estómago se le había anudado. Hablaba poco o nada, lo estrictamente necesario para que nadie sospechara lo que le pasaba; sólo le faltaba que alguien se le acercara condescendiente intentando entenderlo.

El cuarto día se sintió terriblemente sólo, abandonado a sus recuerdos como el único alimento del que podía tirar para seguir subsistiendo, aunque aquella existencia fuera ya oscura y triste; sin futuro, con un presente doloroso y un pasado efímero que intentaba aprovechar como el fuego en el invierno, acercándose a él para entrar en calor, para sentir de nuevo el cuerpo entumecido por el frío, a sabiendas  de que ya no podría echar más leña para mantenerlo vivo.

El quinto día sintió que había tocado fondo, que ya no podía sentirse peor. Se supo sólo y sin fuerzas para sobrevivir, ni siquiera le consolaba ya el recuerdo de los momentos felices, le atenazaba la sensación de pérdida, de nunca jamás, y decidió dejarse llevar, dejarse ahogar en aquella pena sin llanto. Ya no podía sentirse peor.

El sexto día comenzó a emerger del fondo en el que se había hundido. Sin ni siquiera decidirlo se sintió impulsado a vivir a pesar de todo, a llegar a la superficie, como si no quedara otro remedio. Tomó conciencia de su propia existencia, dolorosa pero real. Soñó que su corazón se liberaba de una coraza que le aprisionaba y lo vio latir por sí mismo. Se sintió un superviviente. La recordó de nuevo y le dolió aún, mucho, muchísimo, pero al momento supo que sólo podía permitirse recordar para seguir caminando. Y eso hizo.

El séptimo día descansó.

Aceite de colza

Que sí, que ahora lo cuenta, a pesar de todo; a pesar de las hemorragias y el cansancio, y de boquear como un pez cuando sube dos escalones, y de esos dolores de tripas que le hacen retorcerse, y esos dedos agarrotados que no sujetan ni la cuchara.

Que es como si fuera ayer, trabajando en Madrid hace treinta años, soltero y en casa de la patrona, y comiendo y cenando en el bar, que allí solo iba a dormir y a que le lavaran la ropa, y a otro compañero y a él les cayó lo del aceite, que él estaba hecho una mierda y le decían que no tenía nada porque no salía la enfermedad, aunque te iba matando por dentro; y hasta que, al final, ya lo ingresaron y estuvo a la muerte.

Que eran otros tiempos, que luego nos pagaron todo, hasta las tiritas y el agua oxigenada, para toda la vida; que qué mala suerte tuvimos, ¿no?; porque nadie iba a ser tan canalla de matarnos con ese veneno sólo para ganar más; vamos, digo yo…