Recital Asociación Amigos de Unamuno

El pasado día 29 de marzo, la Asociación Amigos de Unamuno organizó un recital de poesía y música a cargo de nuestra Asociación poético-musical Homero, en una sala de la Torre de los Anaya.

Creo que el recital salió redondo, a pesar de que faltaban dos de los integrantes del grupo Homero. Nos sentimos tan arropados, había tanta expectación en el ambiente y escuchaban todos con tanta atención, que a todos se nos hizo corto.

De los poemas que recitamos, cada uno de nosotros había escrito uno dedicado, especialmente, a Unamuno. Entre el público estaba un nieto de Don Miguel, Pablo Unamuno, con lo cual, el compromiso era mayor, si cabe.

Dejo aquí el poema que escribí para la ocasión, un poema que refleja mi visión personal de Don Miguel.

Don Miguel, el hombre


Que todo me duele dentro,
la patria, el hombre, la vida,
que no admito dictaduras,
salvo la de la razón,
que ondean al viento jirones del alma,
que vivo
en el destierro atroz
de los hombres sin fe
que buscan la fe
llamando
a las puertas de Dios…


Que vivo en vaivenes
de luz y de sombras,
que busco el sendero escarpado
que me lleve a morir
cuando caiga el último grano de arena
y yo sea, vencido, vencedor al fin.

Recital en El Cubo de Don Sancho

Ayer, día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, el Grupo Homero llevó la música y la poesía hasta El Cubo de Don Sancho.

La tarde se mostró inhóspita y desagradable, fría y lluviosa, pero las atenciones del pueblo y de la Corporación Municipal, que hizo posible este recital, compensaron con creces los malos augurios ambientales. De hecho, nos hemos comprometido a volver en el verano, con mejor tiempo, con más calma, con ganas de pasear el pueblo y visitar el torreón.

Gracias, de corazón, a todos los que acudieron a escucharnos y al Ayuntamiento, por su organización.

https://salamancartvaldia.es/noticia/2025-03-09-el-cubo-de-don-sancho-celebra-el-dia-internacional-de-la-mujer-con-cultura-y-reflexion-364867

No creer en Dios

Dios es un constructo. Alguien lo inventó para evitar la lógica y, sobre todo, para librarse de la responsabilidad de sus actos. Si ocurre una desgracia, es cosa de Dios, que te quiere y quiere probarte, y, si hay un motivo de felicidad, debes agradecérselo también a él, que te está premiando por no sabemos qué, pero seguramente por algo inmerecido, tal es su generosidad.

Dios, en su constructo, es el extremo de la condición humana, mejor que el mejor hombre y peor que el peor de los mortales. ¿Cómo, si no, puede Dios pedirle a un padre que asesine a su hijo para ofrecérselo en sacrificio, solo para demostrar su poder inconmensurable? ¿Cómo puede permitir genocidios en su nombre? No, Dios y su mano protectora o su mano de verdugo, tan cruel, resulta tan rácano y cicatero como podemos serlo cualquiera de nosotros. Dios está hecho a nuestra imagen y semejanza.

La vida pasa, nos pasa por encima con mejor o peor fortuna, pero eso no depende de Dios, no de ese Dios. Mis padres han tenido la vida que les tocó vivir, como casi todo el mundo; depende de cuándo y de dónde naces. Por mucho que Franco desfilara bajo palio, ningún Dios puede consentir ni proteger a un dictador que provoca una guerra, que mata en su nombre y en el de sus propias ideas, y que firma sentencias de muerte en tiempos que, cínicamente, llamó tiempos de paz tras la victoria.

Mis padres tienen ahora 95 años y una salud que podría decirse acorde con su edad. Mi padre, casi ciego y con problemas de movilidad, conserva su cabeza como si el tiempo no hubiera pasado por él. Mi madre, en cambio, es totalmente dependiente, y su cerebro se ha nublado tanto, que, a veces, ni siquiera me reconoce, y otras, me sonríe porque aflora en ella un sentimiento profundo hacia mí, pero no sabe cómo me llamo y, probablemente, no sepa, en esos momentos, que soy su hija.

El desgaste de la vida ya vivida le ha hecho perder la memoria y la ha arrinconado en sus años de niña. Mi madre tiene pesadillas y alucinaciones, y vuelve a morirse de miedo porque van a buscar a su padre a casa para matarlo, y ve cómo le cortan el pelo a su hermana y le hacen tragar aceite de ricino, y cómo su hermano, apenas un adolescente, se viste con camisa negra y grita “arriba España” para sobrevivir, y cómo las niñas-bien le pisan a ella los pies obligadamente descalzos al paso de la procesión. Mi madre grita semiinconsciente porque cree que la van a matar o vocea ¡Viva Franco! ¡Viva!

La vida la está privando de todo lo bueno y la sacude machaconamente, sin ninguna relación con los merecimientos. No, ella no merecía ser víctima entonces, cuando sufrió bajo la crueldad de los que se creían tocados por el dedo divino, y no merece ahora revivir ese pasado. No puede haber un Dios tan cruel e injusto que se responsabilice de este devenir. No puede haber un Dios tan miserable que perpetúe el daño que le hicieron.

Octubre

Afuera sigue lloviendo.
Es octubre.
Todo parece más efímero
en octubre,
languidece la luz
y el viento racheado
amenaza
con las garras del invierno
mientras yo
me visto de ocre entre las hojas
abandonadas,
casi muertas,
me duelo
como se duelen ellas,
pasado ya el tiempo
en el que fueron árbol
y susurraban palabras de amor,
mecidas por el suave viento
de la primavera.
Pero el tiempo inacabado
volverá,
con sonidos distintos
con distintos colores,
dejando atrás las luces mortecinas
y el abrigo del fuego en los hogares,
los árboles
seguirán siendo los mismos
e, incluso,
serán iguales las hojas que han de caer
de nuevo,
la gente de la plaza
parecerá la misma gente
pero nada será igual…
La vida se renueva 
para cerrar su círculo
y seguir
susurrando palabras de amor
en corazones que sueñan
y tejer versos
en la pluma de poetas locos
que visten de hipnótico color
la tristeza
de las hojas muertas.

Tardes de estío

Las tardes de solanera

me recuerdan otras tardes

de mi infancia,

esas de vacaciones en la escuela,

sin nada que poder hacer,

sin poder salir a jugar

porque el sol deshacía la sesera,

obligada a una siesta

que no era descanso, ni sosiego,

porque los niños tienen ansia de vida

y nunca tienen sueño,

ni siquiera,

cuando caen rendidos y sueñan…

Ahora, que necesito la siesta

como el picapedrero

precisa de un descanso,

que escapo del sol

como de un fuego devastador,

ahora, que el día es un camino

demasiado largo

para hacerlo de una tirada,

me siento a descansar

y rebobino atrás, muy atrás,

hasta la mirada de niña sobre el mundo,

sobre el horizonte aquel

sin nombre ni guía de llegada y

bajo el peso de todas las fechas que viví

acierto a ver aún los ojos vivarachos

de aquella muchacha

que sigo siendo yo,

que todo lo mira

como si el mundo fuera nuevo cada día,

como si todos los anhelos

batieran alas para llegar a las nubes

y dibujar en el cielo azul

los sueños de mi infancia,

los que aún perduran

y los que quedarán como

pájaros huérfanos

cuando yo me vaya…

Semana Santa

Te busqué, Señor,
entre los picos de los capirotes,
en los pies descalzos de los penitentes,
en las espinas manchadas de sangre,
en las lágrimas de cristal de tu madre,
en los mantos de terciopelo,
en las espadas de plata te busqué,
pero no estabas…

Se consumieron los pabilos
humeantes,
se secaron las lágrimas por la lluvia
y volvieron todos
a sus casas, a su labor,
a su madriguera,
a sus odios y sus broncas,
a sus guerras…

Y tú, Señor, no estabas…

 

Lectura con Pepín

Pepín me mira

cuando me pongo a leer;

yo creo que se extraña,

al fin y al cabo

no lo hago a menudo.

Pepín se tumba en el sofá

pegado a mí,

y me mira de vez en cuando, sin moverse;

luego parece dormir un poco,

me mira otra vez,

estamos ahora en dos mundos diferentes,

y se separa un poco de mí.

Y me mira a menudo

para ver si ya he vuelto.

Apariencias

La mujer habló con la madre y, cuando terminó, se dirigió a la hija, una muchachita de unos 8 o 9 años, que había permanecido a su lado, discretamente callada y observando.

-¿Cómo te llamas? Dijo la mujer, y esperó la respuesta.

La niña, levantando apenas los ojos, dijo: Noa.

-¡Qué bonito! Contestó la mujer, entusiasmada. Y lo repitió de nuevo, para que no hubiera lugar a dudas.

La niña, quizás no, pero las dos mujeres sabían que, de haberse llamado Robustiana, la respuesta habría sido la misma. Y el entusiasmo, también.

Diario de Pepín. Día 100

Yo creía que hoy sería un día normal de oficina, pero no. Hemos salido por la mañana como si fuera domingo, más tarde y más rato. A mí eso me gusta, me gusta mucho porque puedo olfatear más tiempo y por más sitios y, además, hay poca gente en la calle. Que a mí, ver muchos pies y verlos muy cerca me da un poco de miedo y, cuando me quiero dar cuenta, tengo las orejas gachas y el rabo entre las piernas.

Después mamá me ha hecho entrar en el coche a rastras porque yo no quería. No es que no quisiera ir a ver a los abuelos, no; que siempre se ponen muy contentos de verme y me dan pedacitos de pan, es que no me gusta que el coche se mueva tanto. A mí me gusta moverme yo. Entre unas cosas y otras apenas he dormido, porque dormir en el coche no es dormir, que bastante tengo yo con no marearme.

Y después, que mamá parecía hoy incansable, hemos ido a un sitio que tampoco me gustaba, incluso mamá me cogió en brazos porque se daba cuenta de que tenía miedo. Los que estaban allí debían ser amigos suyos; yo no los conocía pero ellos sí me conocían a mí, no sé cómo. Mamá estuvo viendo las cosas que había y dijo que todas eran muy bonitas y que iba a volver otro día sin mí, para estar más tranquila. Buf, menos mal, porque, entre el miedo y el cansancio yo ya sólo pensaba en dormirme en el sofá.

Diario de Pepín. Día 74

No estés triste, mamá. Esta vez no he llorado cuando saliste de casa con la maleta. Me dijiste que vendría a buscarme el chico de la gorra y, efectivamente, llegó a media tarde y me llevó con él. Su gata no es como Sofía, se asusta mucho de mí, pero yo creo que es que me ha visto poco. Si tuviera que volver pronto con él seguro que ya sería diferente.

Yo estoy bien, mamá. Yo sé que te gusta que me suba al sofá y me pegue a ti y apoye mi cabecita en tu muslo, que me acueste en tu cama y que me ponga de manos en el borde del colchón para que tú me subas – los dos sabemos que alcanzo a subir yo solo pero te gusta cogerme-, y que me ponga en la almohada hecho un ovillo y coloque mi cabeza sobre tu mano cuando te estás quedando dormida. Pero hoy no puede ser, mamá, a mí también me gustaría estar contigo -siempre voy a estar contigo-, pero algunas veces tendrás que irte sin mí. Y yo te esperaré. No dudes que yo te esperaré, ¿vale? Yo te quiero muchísimo, mamá, y por eso quiero que no estés triste. Mientras te espero, te mando un besito de buenas noches, mamá. Que duermas bien y sueñes conmigo.