Premio XI Concurso de Micropoemas de la Fundación José García Nieto

Ayer, día 5 de marzo, se llevó a cabo la entrega de premios, según el acta del jurado, firmada el 17 de enero de 2025.

Han sido 393 los micropoemas que han concursado, desde 25 países diferentes: Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, España -con 249 concursantes-, Estados Unidos, Francia, Honduras, México, Montenegro, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Reino Unido, Uruguay y Venezuela.

Como en años anteriores, los concursantes han tenido que intertextualizar en sus poemas unos versos de José García Nieto. En esta ocasión han sido los siguientes: “Te escribo y sé que escribo para que no me leas…”

Son pertenecientes al libro titulado Carta a la madre, publicado en el año 1987, y por el que obtuvo el VI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística. Fue editado por Ediciones Caballo Griego para La Poesía, en una edición no venal, con prólogo de Pere Gimferrer y epílogo de Pureza Canelo.

Siento un enorme agradecimiento hacia la Fundación por considerar que mi poema “Y, sin embargo” haya sido merecedor de un Accésit Ex aequo.

Y, sin embargo

Podrían recogerme tus manos,
hacerme yo un ovillo
y refugiarme
en el hueco de tus palmas,
podría adormecerme
al abrigo de esa cuna
mientras tu corazón ensaya
su latido sosegado
y me arrulla.

Y, sin embargo,
te escribo y sé que escribo
para que no me leas…
te espero y sé que espero
aunque nunca llegas.

Como en un tren

Como en un tren
viajo,
un tren que se mueve veloz
pero no sé adónde va.

Y, sin embargo,
es preciso viajar,
seguir ese camino por vías
que yo no dibujé
con cruces y desvíos
que dejé atrás
y, quizás,
debí seguir.

Vagabundeo así,
con la certeza
de mi punto de partida,
junto a otros
tan perdidos como yo,
tan ajenos a mí
que ni siquiera me ven
cuando bajamos
en la misma estación,
hasta que una voz amable
te saluda
o unos ojos calmos
te regalan su mirada
y, entonces,
ya te das cuenta
de que has llegado a casa.

Octubre

Afuera sigue lloviendo.
Es octubre.
Todo parece más efímero
en octubre,
languidece la luz
y el viento racheado
amenaza
con las garras del invierno
mientras yo
me visto de ocre entre las hojas
abandonadas,
casi muertas,
me duelo
como se duelen ellas,
pasado ya el tiempo
en el que fueron árbol
y susurraban palabras de amor,
mecidas por el suave viento
de la primavera.
Pero el tiempo inacabado
volverá,
con sonidos distintos
con distintos colores,
dejando atrás las luces mortecinas
y el abrigo del fuego en los hogares,
los árboles
seguirán siendo los mismos
e, incluso,
serán iguales las hojas que han de caer
de nuevo,
la gente de la plaza
parecerá la misma gente
pero nada será igual…
La vida se renueva 
para cerrar su círculo
y seguir
susurrando palabras de amor
en corazones que sueñan
y tejer versos
en la pluma de poetas locos
que visten de hipnótico color
la tristeza
de las hojas muertas.

Hijo

Yo te ofrecí las manos, hijo,
llenas de tierra fértil
para que tú crecieras,
la tierra que es vida
pero no es el árbol,
la tierra que apoya
y alimenta
pero no es el árbol…

Tú eres el árbol, hijo,
y tus raíces sujetan
la tierra de mis manos,
tú eres mi bosque verde
y entre tus hojas cantan mis pájaros.

Tardes de estío

Las tardes de solanera

me recuerdan otras tardes

de mi infancia,

esas de vacaciones en la escuela,

sin nada que poder hacer,

sin poder salir a jugar

porque el sol deshacía la sesera,

obligada a una siesta

que no era descanso, ni sosiego,

porque los niños tienen ansia de vida

y nunca tienen sueño,

ni siquiera,

cuando caen rendidos y sueñan…

Ahora, que necesito la siesta

como el picapedrero

precisa de un descanso,

que escapo del sol

como de un fuego devastador,

ahora, que el día es un camino

demasiado largo

para hacerlo de una tirada,

me siento a descansar

y rebobino atrás, muy atrás,

hasta la mirada de niña sobre el mundo,

sobre el horizonte aquel

sin nombre ni guía de llegada y

bajo el peso de todas las fechas que viví

acierto a ver aún los ojos vivarachos

de aquella muchacha

que sigo siendo yo,

que todo lo mira

como si el mundo fuera nuevo cada día,

como si todos los anhelos

batieran alas para llegar a las nubes

y dibujar en el cielo azul

los sueños de mi infancia,

los que aún perduran

y los que quedarán como

pájaros huérfanos

cuando yo me vaya…

He aprendido

He aprendido a vivir,

he aprendido a desnudarme,

a inventariar

los lunares del alma,

las arrugas,

las cicatrices de heridas viejas,

el gozo por todo lo ganado

y el dolor

                        por todo lo perdido…

He aprendido a mirarme

en el espejo

con la benevolencia de los ancianos,

que ya todo lo disculpan

porque todo lo han vivido,

pero mantengo aún

el destello fugaz del indomable,

del que no se conforma,

del que atiza los rescoldos

porque no se resigna

a dejarse vivir,

a abandonarse al momento final,

tan predecible,

como si aún pudiera ganar yo,

mientras aprendo a morirme.

Un pájaro

Si yo pudiera ser

un pájaro

viajaría por el cielo de los barrios

                                    de la ciudad inmensa

me quedaría a jugar en los patios

                                    de los colegios,

con los niños que aún son niños,

                                    y bajaría

hasta los bancos donde se sientan los viejos,

descansando de la vida y la memoria

en el sol y sombra de los parques,

donde hay una fuente que apenas

                                    pueden oír ya.

Si yo fuera un pájaro,

                                    tan frágil

como un pájaro,

volaría hasta tu balcón y,

en el alfeizar de tu ventana,

esperaría durante horas

a verte llegar,

a verte salir y entrar apresurado,

o sentarte en tu butaca

                                    sin mirar el reloj,

mientras yo picoteo el cristal

                                    y espero

a que vuelvas los ojos hacia mí

                                    y sonrías,

feliz de que, por un momento,

hayas dejado que fuera

siquiera un pájaro

                                    en tu vida.

Un hombre feliz

Hay un hombre feliz

que camina entre la gente,

que pasea por los parques

y, a su pesar,

trabaja por un sueldo

porque de algo hay que vivir.

Y, sin embargo, es un hombre feliz.

Cuando se levanta y abre

la ventana de su cuarto

y respira el aire limpio aún,

cuando, en la calle,

se cruza con dos jóvenes

unidos por las manos,

la mirada cómplice y alegre,

el paso ligero y bailarín,

cuando se sienta en un banco

para ver pasar

a los que pasan

paseando,

a los que pasan

afanándose

en tareas importantes…

¿Quién sabe la importancia de las cosas

que nos preocupan

o dirigen nuestros pasos con premura?

¿Quién sabe lo que piensa un hombre

que se sienta al borde del camino

a descansar?

¿Quién sabe por qué,

a pesar de todo,

puede un hombre ser feliz?

Toda la luz

Abría las ventanas
esperando que la luz inundara
las estancias,
que no dejara rincón oscuro
donde ocultar los miedos
hasta la próxima vez,
esa luz que baila con el polvo
y todo lo ilumina,
ese baño de sol
que nos viste de tules
y de sueños…

Imaginaba
que el ventanuco barrado
de mi celda
era un amplio balcón,
la entrada a raudales
de la vida que soñaba,
y cerraba los ojos
para no deslumbrarme,
bajo el escaso haz de luz
sobre mis párpados entornados.

Como el viento, la vida…

Yo no quiero ser roble,

quiero ser junco,

quiero ser la hierba

en la orilla del río

que nos lleva,

quiero engañar al viento

que quiebra las ramas secas

y arranca las hojas verdes,

que gime en los callejones

y golpea

los cristales con violencia.

Quiero engañarlo,

que piense,

que no merece la pena

desgastarse

con quien parece tan débil

como una brizna de hierba.