De paseos

“Estoy un poco harto, la verdad. Todos los días con la misma monserga, con lo a gusto que estaría yo echando una cabezadita en el sofá mientras ella ve la tele. Mírala, ya está en el pasillo esperándome. Si no fuera yo bueno le iban a dar…, pero me da pena. Si no fuera por mí se moriría de asco en casa, sola todo el día. Por eso sigo aquí, a pesar de las ganas que tengo de correr mundo, de husmear por ahí todo el tiempo, de perseguir pájaros. Por eso voy a ir hasta ella meneando la cola y me pondré de manos en sus muslos para que proteste como todos los días, dos veces al día. ¡Sólo porque ella lleva la correa, cree que me saca a pasear!”.

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Una historia de violencia.

 -¡Elvirita, no te acerques al perro!

El padre de Elvirita grita para que el grito frene a la niña, que corretea descuidadamente alrededor del animal llamando su atención, el perro se asusta un poco al oír aquel vozarrón con tanta premiosidad y abre los ojos y mueve la oreja libre mientras sigue sesteando tumbado en el porche, sin reconocerse amenaza para nadie y, menos aún, para aquella criaturita volandera, y  Elvirita, sorprendida también, se queda en off, con los bracitos levantados como las aspas de un ventilador, con el brinco a medias, y, tras un momento de desconcierto, se aleja de puntillas y algo encogida, retrocediendo con el índice en los labios, en demanda de un silencio cómplice.

Elvirita tiene cuatro años, y no tiene miedo de los perros ni de nada, aunque, cuando su padre grita y se enfada nota que la ropa se le afloja algo y el ombligo se le mete para adentro, un poquito. Cuando pasa esto, ella se queda muy quieta, en medio de cualquier sitio y de cualquier cosa que estuviera haciendo, y el tiempo pasa a su lado, y con el tiempo el peligro, y todo vuelve a la normalidad.

El padre de Elvirita tampoco tiene miedo de los perros, aunque haya gritado a la niña para alejarla de allí. El padre de Elvirita tiene miedo, mucho, muchísimo, de que a la niña le pase algo malo, e intenta protegerla de todo y de todos porque todo puede ser una amenaza para ella. Si un día le pasara algo, sería capaz de cualquier cosa. De cualquier cosa.

El perro no tiene nombre, porque, en realidad, no tiene dueño. Tuvo uno hace unos años, que lo dejó abandonado en un camino cuando aún era un cachorro desorientado, y ahora, cuando erraba por las afueras de aquel pueblo, unos jóvenes desaliñados, recién llegados como él, le dieron comida y agua y él se sintió feliz de merecer atención una vez y movió el rabo muchas veces para demostrarlo, y se quedó allí, por fin en un hogar.

El bochorno de agosto levanta flama sobre el asfalto y el canto de las chicharras penetra en las casas a pesar de los postigos echados. Elvirita y su primo Enrique, tres años mayor que ella, también se han echado la siesta, a la fuerza, como cada día, y aprovechan la ausencia de los demás para trastear a gusto. Juegan al escondite y luego salen al porche desierto, donde el perro duerme, la piel aleteando sobre sus costillas, la lengua asomando en la boca entreabierta. Corretean alrededor del animal pero no consiguen que despierte de su letargo, por lo que Enrique coge una rama tronchada y empieza a azuzar al perro con ella mientras Elvirita observa desde cerca. Cuando la punta de la rama se clava entre las costillas, el perro gruñe y da un rabotazo contorsionándose. Antes de poner las cuatro patas sobre el suelo la boca ya ha enganchado el brazo de Elvirita pero en seguida cede y suelta, solo la marca de los colmillos, como un aviso.

El padre llega desencajado, el llanto de la niña lo ha despertado y aún no sabe ni dónde está. Elvirita llora aunque el brazo no le duele, llora porque se ha asustado al ver la reacción del perro y porque, de inmediato, ha entendido que lo que Enrique estaba haciendo era una de esas cosas que no se deben hacer. Su padre la zarandea como para comprobar que sigue viva, sólo ha sido un susto, dice alguien, pero los alaridos de su padre tapan todo lo demás, incluso el canto de las chicharras ha dejado de escucharse. El perro también se ha asustado y ha reculado un poco esperando que vuelva la calma, y no se resiste cuando el padre de Elvirita lo agarra por el cogote y lo arrastra hacia fuera, ya le ha pasado más veces; sólo gruñe un poco cuando nota la presión en la garganta, cuando se da cuenta de que la cuerda aprieta demasiado y tiran de ella, y lo levantan del suelo. El padre de Elvirita vocifera “¡Te lo dije, te lo dije, que no te acercaras al puto perro!”.

Todos miran, incapaces de reaccionar, mientras el perro bate desesperadamente el aire con las patas, buscando un apoyo inalcanzable. Elvirita no puede moverse, no puede llorar ni puede dejar de mirar ni a su padre enfurecido ni al perro, que se ha dejado morir, exhausto.

Elvirita tiene un agujero inmenso donde debería estar su ombligo. Ni siquiera se da cuenta de que sus sandalias están empapadas porque se ha orinado encima.

El principio de las cosas.

Ya de chica, cuando su abuela la llevaba al parque, no paraba quieta ni un momento, correteaba con el bolsito colgando, el bolso con forma de perro que le trajeron los Reyes Magos hacía dos años, cuando era tan pequeña que pensó que era un perrito de verdad y lo llamaba y le ofrecía golosinas sin que el perro se inmutara, hasta que, una mañana, al cabo de seis o siete días sin respuesta, vio que el animal tenía la panza abierta y mamá metía allí su merienda para la guardería. Debió ser la primera vez que se dio cuenta de que nada es lo que parece.

Por eso, se dejaba rodear de palomas en la plaza, y las oseaba para que se alejaran volando, no fuera a ser que tampoco fueran palomas, y se pasmaba, aguantando en cuclillas sobre la hilera de hormigas, tan pequeñas y tan ordenadas, medio ocultas bajo cargas tambaleantes, y levantaba luego la vista para reconocerse de nuevo entre gente que pasaba sin mirar a ninguna parte, sin ver palomas, ni hormigas, ni niñas que querían tocarlo todo y mirarlo todo y aprenderlo todo.

SETUBAL 6

Músicos

Vivir de la música no entraba en mis planes; en realidad, nadie que haya nacido en mi barrio debería hacer planes de futuro, porque ese futuro casi nunca llega.

El caso es que, cada mañana, cargamos el viejo acordeón heredado del abuelo y los vasos de refresco para las monedas y nos vamos hasta el centro de la ciudad. Trabajamos hasta mediodía y por la tarde todos los días que queremos o, más bien, todos los días que no llueve o no hace demasiado frío. Los turistas nos miran con curiosidad, muchos se paran y nos sacan fotos; en realidad, no sé si se detienen a escuchar o porque les gusta vernos tan concentrados en la tarea. Nosotros vamos a lo nuestro y no miramos a nadie, nos hemos dado cuenta de que son más generosos así, si, simplemente, nos dejamos observar, como los peces en las peceras.

La verdad es que me gusta esto, a veces me gusta tanto que se me olvida que soy un perro.

GENTE 2 EN BYN