Diario de Pepín. Día 70

Reconozco que lloré; pero solo un poco. Es que vi remover de maletas, aunque era otra maleta más pequeña que la que mamá preparó las otras veces, y mamá me sacó muy temprano a la calle – muy, muy temprano-, pero no fuimos después a la cochera. Volvimos a casa, mamá me dio un beso, cogió esa maleta pequeña y se marchó. Y yo me quedé llorando detrás de la puerta. Yo sé dónde he nacido, pero procuro no acordarme del monstruo ese del abandono; de hecho, ya no sueño con él y tiene la cara tan borrosa que ya no lo reconozco, pero cuando se fue mamá se me vino a la memoria y empecé a gañir casi sin darme cuenta.

Después, cuando ya era muy de día, vino a buscarme el chico de la gorra y me llevó con él a la oficina, me puso la mantita y los juguetes en su despacho y hasta me sacó al parque. Él me saca de distinta manera que mamá, pero yo disfruto lo mismo; el parque es el parque y hay que aprovecharlo.

Mamá volvió por la tarde y ya no nos separamos en todo el rato.

Diario de Pepín. Día 66

Ya estoy bien, pero he tenido mala la barriga. Mamá tiene razón cuando dice que no hago más que comer guarrerías, y algo comí que me hizo daño. Por la noche me puse muy revuelto y tuve que hacer caca aunque no eran horas ni nada. Así que me levanté de la cama y me fui a hacer caca en la ducha. Mamá no me riñó, solo dijo que había cagado una tirita, y que menos mal que la había cagado. Luego ya me he entrado hambre y he estado bien.

Diario de Pepín. Día 60

Estoy cansadísimo. Para ser domingo, estoy mucho más descansado cualquier día de los que voy a la oficina. Esta mañana hemos ido hasta el río, que ya es un camino largo, y había más gente que las otras veces; estaban poniendo cintas de plástico a lo largo de todo el camino pero mamá no me dejó morderlas. Mamá dijo que iba a haber una carrera. Luego seguimos un poco más lejos y mamá echó pienso del que Sofía no quiere -Sofía es muy escogida para la comida- a un montón de gatos que había por allí. Había un gato que solo tenía un ojo y todos tenían mucha hambre, porque se acercaron en seguida a comer, sin asustarse de nosotros ni nada. Pero mamá tampoco me dejó acercarme a ellos. ¡Y mira que insistí!

Al volver a casa yo me he tumbado en la camita nueva que nos trajo ayer mamá. Nos gusta mucho a los dos, a Sofía y a mí, pero no nos tumbamos los dos a la vez porque, aunque cada vez nos llevamos mejor, conviene no ir muy de prisa. Yo he estado tumbado todo la mañana, menos las veces que he ido a ver a mamá, pero ella ha estado todo el tiempo haciendo cosas en casa, incluso ha cambiado los muebles de sitio en una habitación. Se ha pegado tal paliza que hasta yo me he cansado. ¡Menos mal que después los dos nos hemos dormido la siesta en el sofá!

Diario de Pepín. Día 59

¡Mira si me querrá mamá que esta tarde ha estado cosiendo los peluches que yo había destrozado! Y es que mamá odia coser desde que la obligaban a hacerlo por ser una niña. Mientras ella cosía yo me tumbé a su lado en el sofá y de vez en cuando metía la cabeza para llevarme los muñecos, pero ella no me dejaba hasta que estuvieron perfectos otra vez. Yo no me moví de allí en todo el tiempo. Lo menos que podía hacer era acompañar a mamá en esa odiosa tarea. ¡Y luego, a morderlos otra vez!

Diario de Pepín. Día 58

Dice mamá que, antes de estar yo, salía de la oficina y se iba a casa, algunos días muy cansada. Y ahora que estoy yo, aunque llegue muy, muy cansada, tiene que sacarme un rato a la calle para que haga pis. Y dice también que, por eso mismo, yo soy importante; porque no todo es trabajo. Yo hago lo que puedo: siempre la recibo dando saltos de alegría y siempre quiero estar con ella. ¡Ah, y siempre intento portarme bien!. A veces no me sale, pero yo lo intento.

Diario de Pepín. Día 47

Yo creo que los cachorros no sabemos ir hacia adelante todo el rato. Acabamos recorriendo unos caminos larguísimos pero siempre nos desviamos, oliendo y buscando algo que llevarnos a la boca. Pues yo creo que pasa lo mismo con las cosas que vamos aprendiendo; que, cuando llevamos tres o cuatro días haciendo pis en la calle, de pronto no aguantas las ganas y lo haces en casa. Siempre igual, tres pasos hacia adelante y, de pronto, uno hacia un lado. O hacia atrás. Pero, al final, siempre vamos hacia adelante. Eso es lo que importa.

Diario de Pepín. Día 38

Hoy era un día normal, la vuelta de la mañana, las carreras por el parque, correr hacia mamá cuando me silba, y luego, la oficina. Lo bueno fue que llevaba muchos días sin ver al chico de la gorra y hoy estuvo con nosotros. ¡Madre mía, le hice un montón de gracias y él me dio una paliza de cariño!. Al chico de la gorra no le gustan mis lametazos pero yo no podía aguantar las ganas y venga a lamerle y lamerle las piernas. Al final él dejó de protestar y yo dejé de lamer.

Por la tarde mamá sacó un cajón grande y escuché como le decía a Sofía que ya sabía ella que no le gustaba el transportín, pero que no quedaba otra, y metió dentro un comedero pequeño con comida blanda que a Sofía le encanta -y a mí, también, pero no me dejan comerla-. Sofía empezó a olfatear y casi entró a comer, y mamá la observaba desde lejos, pero, en el último momento Sofía se arrepintió y se fue lejos. Total, que, al final, mamá tuvo que meterla como pudo y Sofía empezó a maullar de una forma que daba mucha lástima. Y es que Sofía no sabe ir andando por la calle, como yo, y por eso la tienen que llevar al veterinario metida en un cajón. Los gatos parecen muy listos pero no saben muchas cosas que nosotros sabemos de normal.

Diario de Pepín. Día 37

Hoy hemos vuelto a nuestra casa de todos los días. Mamá me coge en brazos para subirme al coche y también para bajarme, porque a mí me aterra, igual que me pasa con el ascensor. Luego ya hasta me duermo a ratos y me cambio de sitio en el asiento de atrás porque, a veces, da el sol y me abrasa. En el sitio donde hemos estado hacía fresquito pero aquí hace muchísimo calor; incluso mamá me cogió en brazos al salir de la cochera porque el suelo me quemaba las patitas.

Sofía nos estaba esperando y yo corrí detrás de ella hasta que se subió a la cama de un brinco para escapar. He querido contarle cómo ha sido el viaje, pero parece que no le importa; supongo que es porque ella no ha ido. No he podido decirle que he conocido a Babos y a otros perros que andaban sueltos por allí. La más revoltosa, con mucha diferencia, era Babos, que me agobiaba por ser tan grande aunque era maja. Su papá le reñía y le decía que tuviera cuidado porque yo soy un bebé. Yo no le decía nada, porque, al fin y al cabo , él quería protegerme, pero yo no soy ningún bebé. Yo soy un cachorro que ya tiene cuatro meses, y soy capaz de correr como un perro grande. Y, si no, que le pregunten a Babos.

Diario de Pepín. Día 36.

Mamá dice que toda ese agua es el mar y toda esa arena es la playa. A mí me da igual cómo se llamen, para mí siguen siendo agua y arena, pero en unas cantidades enormemente grandes. El mar se mueve todo el rato y la arena tiene un olor riquísimo, pero meto los hocicos y no saco nada, solo el olor, y se me quedan pegados granitos que me hacen cosquillas. Por encima del mar hay pájaros grandes y blancos que yo no había visto nunca, y chillan como si se quejaran por algo. Y siempre hay mucho viento.

Cuando hemos vuelto a la casa de ahora ha venido la perra Braco a verme y a jugar conmigo. Dice su papá que se llama Babos. Ayer echamos muchas carreras, ella estaba cansada y yo no, pero hoy estoy un poco cansado porque eso de la playa cansa mucho -y subir y bajar del coche, eso sí que me agota-. Total, que he chillado un par de veces como si me hiciera daño y luego me he subido de un brinco al sillón de mamá, porque allí Babos no se atreve. Un minuto más tarde, Babos ya me había dejado en paz, pero yo he aprovechado y me he quedado un poco más. ¡Se estaba tan bien!

Diario de Pepín. Día 35

No me gusta el movimiento de maletas en casa, porque malo es que se marche mamá y me deje aquí pero casi peor es que me lleve con ella. Porque yo, en realidad, odio el coche. Bueno, odio subir y bajar del coche, porque yo no necesito mucho espacio pero es que el coche es como una caja y entrar en una caja no es agradable. Luego ya sí, me echo a dormir en el asiento todo lo largo que soy y hasta voy a gusto.

Me da pena Sofía porque ella se ha quedado en casa, aunque, bien mirado, me echará de menos, con lo tranquila que estará. Yo no puedo más; han sido muchas emociones juntas para un cachorro como yo. Aquí la gente habla un poco raro, yo miro a mamá para ver si ella los entiende y parece que sí. Los perros, no. Los perros son como en todos los sitios. Aquí hay una perra altísima que mamá dice que es una Braco y ha jugado conmigo y, con las patas tan largas que tiene, pues he corrido yo más que ella.