Los domingos, Pepín y yo paseamos un poco más tarde por la mañana. Salimos muy temprano cada día, cuando apenas la ciudad despierta, y solemos encontrarnos con caras conocidas, porque siempre somos los mismos los que andamos por ahí a esas horas.
Los domingos, no; los domingos salimos más tarde y nos encontramos con gente que ya no tiene cara de ir medio dormida ni de ir a trabajar.
Este último domingo, mientras Pepín olisqueaba los maceteros de petunias, los pies de las papeleras y las esquinas meadas, yo me dedicaba, como siempre, a observar. En principio, no me fijé en la mujer, sino que me llamó la atención el hombre que, a dos o tres metros de cruzarse con ella, la miró fijamente, pero no a la cara. La miré a ella, casi ya de espaldas a mí, y pensé que no tenía un cuerpo escultural ni llevaba ropa llamativa, pero, de refilón, pude apreciar el bamboleo que le provocaba no llevar sujetador.
El hombre caminó unos metros más y se volvió, esta vez, para mirarla por la espalda. Aún volvió la cabeza dos veces más, como para refrescar la imagen primera.
La mujer siguió su camino sin ver siquiera al hombre que la miraba y el hombre siguió el suyo sin verme a mí. Pepín me miró, esperando, y los dos volvimos a casa.
