En la estación

Las vacaciones son fuente de divorcios, y tiene su lógica. Compartes cama y mantel con otro u otra y, a veces, llega un momento en que, por fata de tiempo o por desidia, ni siquiera compartes conversación, o, al menos, ya no es esa conversación vivaz, apresurada, de tono alegre o, por el contrario, de tono grave y dramático, pero imprescindible para compartir, para sentir que formas parte de algo más amplio que tú mismo. Esa es la esencia, compartir.

Quizás las parejas se acostumbran, se dejan arrastrar por la luz mortecina de la rutina y se conforman con colocarse cada día el traje necesario, el uniforme identificativo, y ya se quedan tranquilas, olvidados ya los esfuerzos, los anhelos, el deseo de encontrar a alguien con quien estar el minuto siguiente, y luego el siguiente y siempre así… Que nada es para toda la vida, salvo si esa vida dura solo un minuto.

Y compartir, de repente, cada momento del día, con quien ya nada te apetece compartir, conlleva la amargura.

Hoy he esperado un tren durante horas, como se espera a veces el destino, con el convencimiento de que, hagas lo que hagas, tendrás que esperar, y no va a depender de ti el resultado. Como mucho, y eso sí estaba en mi mano, con la paciencia necesaria para observar, para aprender de la vida que me pasa por encima.

Parecía que el país entero se iba de vacaciones, que yo sé que no; y parecía, también, que la gente estaba dispuesta a pagar un alto precio por ello; una larguísima e incómoda espera, y, a juzgar por la expresión de sus rostros, que no era de desesperación, asumiendo que, para disfrutar, también hay que sufrir.

En medio de la marabunta, una pareja que sobrepasaba los 60 se acercó a información, la mujer preguntando por un tren y el hombre, al cargo de dos maletas, un poco retrasado, pero no lo suficiente como para excluirse de la conversación; acostumbrado a dejar hacer, a no inmiscuirse. El tren había partido ya hacía unos cuatro o cinco minutos. La mujer se llevó las manos a la cabeza, imposible que, si ellos llevaban esperando quién sabe cuánto tiempo, hubieran perdido el tren. El hombre no dijo nada, la miró con cara de “ya te lo decía yo” y la fulminó con la mirada. Sin decir nada, le echó en cara todas las veces que ella había vencido en la pelea diaria que, probablemente, ya duraba muchos años, la de quién se lleva el gato al agua, la de quién pasa por encima de quién, la de uno contra otro.

No dijo nada, y eso me impresionó más aún, el reproche, duro y frío, solo en la mirada, pero no dijo nada, buscaron otro billete y cargaron los dos con el peso de aquella grieta profunda, como la de un volcán que amenaza con estallar.

Al cabo de mucho tiempo, ella seguía hablando por teléfono, caminando por los pocos huecos que quedaban entre la gente. Él la seguía con las dos maletas, a la misma distancia de antes, inexpresivo, ya sin reproche en la mirada, que era de aceptación. Pensé que la conversación de ella no iba a terminar nunca, era su escudo para no enfrentarse en su soledad con él, para evitar hablar de lo que había pasado, para ignorar los reproches, como si lo ocurrido fuera algo normal. Y él, ya inexpresivo, sin la furia del primer momento, el volcán que estuvo a punto, pero no estalló.

Y esperaron otro tren y se fueron de vacaciones como una pareja feliz, a sabiendas de que habían perdido el tren de la vida.

Fauna urbana

A veces,  entre la gente con la que me cruzo en la ciudad, hay alguna mujer -con más frecuencia son mujeres que aún no son viejas-  que caminan solas, sin rumbo fijo y como amortiguadas; mujeres que olvidaron peinarse o quitarse las zapatillas de estar en casa o fueron incapaces de abrocharse bien el abrigo, drogadas legalmente y con receta, extraviadas y devueltas al redil… de aquella manera.

Otras veces me cruzo con parejas que caminan del brazo como quien lleva un bastón, caminan con rostros sin expresión, o, mejor dicho, con expresión de desánimo, de desilusión, de hartazgo, cada cual a lo suyo, que para nada es el otro, y no puedo menos de pensar en la condena que arrastran, tan juntos hasta la muerte y tan solos. Entonces necesito buscar un parque infantil, de esos con rampas y balancines de plástico, con padres jóvenes que ríen y animan a sus niños pequeños entre risotadas y gritos -porque ni unos ni otros aventuran aún destinos de hastío y resignación-, y donde, con algo de suerte, puedo encontrarme a algún viejo sentado en un banco, observando la escena con una mirada más joven que su edad, calibrando con satisfacción al verles el paso del tiempo por su vida misma, atento, tranquilo y, sobre todo, con una sonrisa en la mirada. Y entonces pienso que aún hay salida.