Octubre

Afuera sigue lloviendo.
Es octubre.
Todo parece más efímero
en octubre,
languidece la luz
y el viento racheado
amenaza
con las garras del invierno
mientras yo
me visto de ocre entre las hojas
abandonadas,
casi muertas,
me duelo
como se duelen ellas,
pasado ya el tiempo
en el que fueron árbol
y susurraban palabras de amor,
mecidas por el suave viento
de la primavera.
Pero el tiempo inacabado
volverá,
con sonidos distintos
con distintos colores,
dejando atrás las luces mortecinas
y el abrigo del fuego en los hogares,
los árboles
seguirán siendo los mismos
e, incluso,
serán iguales las hojas que han de caer
de nuevo,
la gente de la plaza
parecerá la misma gente
pero nada será igual…
La vida se renueva 
para cerrar su círculo
y seguir
susurrando palabras de amor
en corazones que sueñan
y tejer versos
en la pluma de poetas locos
que visten de hipnótico color
la tristeza
de las hojas muertas.

Diario de Pepín. Día 82

Me asombro de que me quedan muchas cosas nuevas por conocer. Me pregunto cuándo acabaré de ver todo por primera vez.

Y es que, de pronto, salgo a pasear por la mañana temprano y me doy cuenta de que, durante la noche, le han salido un montón de cosas amarillas y marrones a la hierba. Y, cuando me acerco, me doy cuenta de que son hojas, como las de los árboles, pero sueltas, y que no pesan y se mueven –algunas- en cuanto me acerco y si corre un poquito de aire ya casi ni las alcanzo. Son hojas secas que cubren toda la hierba, y hacen montones en los recovecos donde el viento no llega, y, cuantas más hay en el suelo, menos hay en los árboles. Yo nunca había visto esto, y lo miro con una cierta desconfianza porque mamá pisa los montones amarillos –¡dice que le encanta!- y suena como si algo se rompiera debajo de sus pies, y entonces yo me separo de un brinco, que no sé lo que va a salir de allí.

Si lo pienso bien, hay cosas que, aunque sea la primera vez que las veo, yo ya sé lo que son, o lo que no son. Como si alguien me lo hubiera contado hace mucho tiempo sin yo darme cuenta. Porque, por ejemplo, hoy he visto unos hongos enormes y blancos entre la hierba y yo sé ya, porque sí, que no son comida. Por eso paso de ellos y sigo rebuscando a ver si encuentro un cachito de pan que alguien se haya dejado caer o que hayan puesto para los pájaros. ¡Al pan qué más le da que se lo coma un pájaro o que me lo zampe yo…! A mamá es a la que no le da lo mismo, a juzgar por cómo me riñe cuando cojo comida del suelo. Que un día la voy a morder sin querer y vamos a tener un disgusto, que me mete los dedos en la boca para sacarme lo que estoy comiendo, y yo no soy capaz de abrirla y tragar a la vez.

Otoño

Los barrenderos  no me dejan pisar

las hojas del otoño,

las busco

como los niños buscan los charcos

para chapotear

y ellos me miran amenazantes

cuando les desbarato un montón echándolas al aire;

alguno, incluso me vocea “¡señora!”,

me habla de usted porque cree que estoy loca

y amaga con pegarme…

pero se queda quieto y me mira,

que luego

le da miedo esa locura

capaz de lanzar sueños

al viento.