Tardes de estío

Las tardes de solanera

me recuerdan otras tardes

de mi infancia,

esas de vacaciones en la escuela,

sin nada que poder hacer,

sin poder salir a jugar

porque el sol deshacía la sesera,

obligada a una siesta

que no era descanso, ni sosiego,

porque los niños tienen ansia de vida

y nunca tienen sueño,

ni siquiera,

cuando caen rendidos y sueñan…

Ahora, que necesito la siesta

como el picapedrero

precisa de un descanso,

que escapo del sol

como de un fuego devastador,

ahora, que el día es un camino

demasiado largo

para hacerlo de una tirada,

me siento a descansar

y rebobino atrás, muy atrás,

hasta la mirada de niña sobre el mundo,

sobre el horizonte aquel

sin nombre ni guía de llegada y

bajo el peso de todas las fechas que viví

acierto a ver aún los ojos vivarachos

de aquella muchacha

que sigo siendo yo,

que todo lo mira

como si el mundo fuera nuevo cada día,

como si todos los anhelos

batieran alas para llegar a las nubes

y dibujar en el cielo azul

los sueños de mi infancia,

los que aún perduran

y los que quedarán como

pájaros huérfanos

cuando yo me vaya…

Diario de Pepín. Día 75

Me gusta el chico de la gorra. Estoy bien con él. Supongo que, aunque ahora es un tío muy grande, hace mucho tiempo fue el bebé de mamá, un cachorrito como yo. Supongo que mamá lo cuidaba como cuida de mí, y lo abrazaba y lo besaba igual que hace conmigo. Y supongo que, por eso, él fue muy feliz. ¡Qué suerte llevar tanto tiempo con mamá! Yo ya llevo la mitad de mi vida con ella. La mitad de una vida es mucho tiempo, incluso para alguien como yo, que solo tengo seis meses.

Alzheimer

Lleva el bastón en avanzadilla, tambaleante como sus propios pasos, segura solo la mano izquierda, que apoya sobre él, mientras busca con la derecha el respaldo de la silla donde va a sentarse. Me mira un momento con ojos como canicas, inexpresivos y brillantes, que en seguida enfocan lejos, detrás de mí y detrás de todo.

Está. Permanece callada, como a la espera de no se sabe qué, con las manos sarmentosas sobre la mesa, la alianza estrangulando el dedo, y los surcos como de rastrillo en la tez morena. Se deja llevar y responde, obediente, cuando percibe el tono interrogante de los otros,  aunque en seguida notas la fatiga que la invade, la falta de interés.

-¿Cuántos años tienes?

– ¡Uy, muchos…!

-Pero, ¿cuántos tienes? ¿En qué año naciste? ¿Qué día naciste?

Por un momento, los ojos cristalinos parpadean y se mueven al unísono de un lado a otro, buscando algo, la respuesta a tanto interrogante, y, al cabo de unos segundos me mira a mí, tranquila ya, y responde:

-No sé, yo era muy pequeña entonces, y no me acuerdo.