Un pájaro

Si yo pudiera ser

un pájaro

viajaría por el cielo de los barrios

                                    de la ciudad inmensa

me quedaría a jugar en los patios

                                    de los colegios,

con los niños que aún son niños,

                                    y bajaría

hasta los bancos donde se sientan los viejos,

descansando de la vida y la memoria

en el sol y sombra de los parques,

donde hay una fuente que apenas

                                    pueden oír ya.

Si yo fuera un pájaro,

                                    tan frágil

como un pájaro,

volaría hasta tu balcón y,

en el alfeizar de tu ventana,

esperaría durante horas

a verte llegar,

a verte salir y entrar apresurado,

o sentarte en tu butaca

                                    sin mirar el reloj,

mientras yo picoteo el cristal

                                    y espero

a que vuelvas los ojos hacia mí

                                    y sonrías,

feliz de que, por un momento,

hayas dejado que fuera

siquiera un pájaro

                                    en tu vida.

Diario de Pepín. Día 39

Cuando salimos a la plaza y a los jardines, las mujeres me dicen cosas y me acarician y se entretienen conmigo. Los hombres, también; pero las mujeres me dicen algo cariñoso a mí y luego ya hablan con mamá de sus cosas. De las cosas de ellas, no de las cosas de mamá. Yo olfateo alrededor mientras le cuentan cosas de su casa y de su familia, como si la conocieran de toda la vida aunque sea la primera vez que hablan. A mí no me importa, porque siempre son mujeres viejas que no tienen perro y así disfrutan un poquito también de mí.

Hoy, una de ellas, que nunca había hablado con  nosotros aunque yo ya la había visto más veces en aquel banco, le dijo a mamá que yo era “muy, muy bonito” y le preguntó qué de qué raza soy. Mamá le dijo riendo que yo soy “de marca blanca” y, entonces, ella dijo que era tan bonito como si fuera comprado. Yo no sabía que los perros podían comprarse, supongo que los gatos también, pero Sofía, no; el otro día le dijo mamá a otra mujer que la mamá de Sofía se ahogó en una piscina y se quedaron los gatitos huérfanos y se la regalaron para cuidarla. ¿De verdad se compran los perros? Yo no quiero que me compren, aunque luego digan que soy feo porque mamá no me ha comprado. A mí me basta con que mamá me quiera y me cuide y yo la quiera a ella. Y estoy seguro de que a mamá no le importa si soy más feo o más guapo. Yo la quiero, y basta. Eso basta, ¿verdad?

Novela negra.

Ninguno de los dos cumple ya los setenta. Caminan por la acera, esquivando gente más joven y  más resuelta que, sin duda, va hacia alguna parte. Él, un paso por delante, ella, más pegada a la pared, y, junto a ambos, un mozo de hotel, con uniforme negro y ribeteados blancos, que lleva una maleta grande y pesada. En la manga, una etiqueta de tela bordada donde se lee “Gran Hotel”.

Los viejos pasan junto a la librería y se paran, primero él y luego ella, a mirar un enorme cartel que anuncia un certamen de novela negra. La novela ganadora se multiplica muchas veces alrededor del cartel y en la estantería. En la cubierta se lee el título enmarcando una fotografía en sepia, donde puede verse a una pareja de ancianos que llega a un hotel de lujo, acompañados de un mozo uniformado que acarrea una maleta.