Diario de Pepín. Día 41

Hoy otra vez. En el parque nos juntamos cinco perros, de todos los colores, formas y tamaños, aunque se veía que todos eran mayores que yo porque todos estaban mucho más tranquilos y ninguno dio saltos cuando yo me acerqué. Y todos los papás me miran a mí porque soy el nuevo; y va uno y le pregunta a mamá que de qué raza soy. Mamá respondió, otra vez, que soy de marca blanca, y algunos papás se echaron a reír, pero no inmediatamente, que se quedaron un poco pensando qué habría querido decir. Y, entonces, va un papá y dice que yo soy muy bonito, que algunos cruces son muy feos, pero que yo soy muy bonito… ¡qué obsesión tienen algunos papás con eso de la raza, que yo ni sé lo que es!

Yo olí un poco a todos y todos me olieron a mí. Todos hicimos lo mismo, sin importarnos lo que pensara el papá de cada uno.

Hoy no estaba Cascabel en la Plaza pero, a cambio, he conocido a Paco. La mamá de Paco no lo había sacado a pasear hasta ahora, porque le faltaban vacunas, pero ahora ya, sí. Ahora ya podemos jugar juntos porque somos casi de la misma edad aunque él es mucho más pequeño que yo. Si no fuera por todo el pelo que tiene, sería un  montón de veces más pequeño que yo. Y la mamá de Paco no le preguntó a la mía de qué raza soy.

Diario de Pepín. Día 40

Las cosas con Sofía van mucho mejor. Ahora ya se acuesta en el sofá aunque esté yo por allí y no se asusta si yo me subo de un brinco. Es que, cuando ella salta, no se nota apenas, parece que no pesara nada, y, en cambio, cuando salto yo se nota en el sofá entero.

Por la noche nos acostamos mamá y yo en la cama, y luego ya viene ella –viene ahora, que antes ni aparecía por allí- y da un salto por encima de los dos y se pone también junto a mamá, pero del otro lado. Para poco allí porque en seguida se larga y empieza a maullar muy suave desde la puerta de la cocina, como pidiendo algo. Algunos días mamá se levanta a echarle un poco de comida blanda y ya se calla, pero dice mamá que tiene que acostumbrarse a comer pienso, como yo.

Es más difícil educar a Sofía que a mí porque Sofía insiste muchísimo. Cuando mamá no le da comida blanda se sube a un mueble, se pone de manos y empieza a arañar un cuadro. Por eso mamá la llama “descuelgacuadros”, y le riñe desde lejos y Sofía se para de momento y luego, vuelta a empezar. Mamá tiene mucha paciencia porque Sofía le mueve los cuadros y, cuando me deja en casa, yo me llevo siempre hasta mi camita la oveja rellena de arena que sujeta la puerta de la habitación -y eso, porque me cierra el vestidor y no puedo cogerle las sandalias-. ¡Y mira que nos lo ha dicho veces, que no, que no, que eso no se hace! Pero, de momento, no podemos aguantarnos las ganas…

Diario de Pepín. Día 39

Cuando salimos a la plaza y a los jardines, las mujeres me dicen cosas y me acarician y se entretienen conmigo. Los hombres, también; pero las mujeres me dicen algo cariñoso a mí y luego ya hablan con mamá de sus cosas. De las cosas de ellas, no de las cosas de mamá. Yo olfateo alrededor mientras le cuentan cosas de su casa y de su familia, como si la conocieran de toda la vida aunque sea la primera vez que hablan. A mí no me importa, porque siempre son mujeres viejas que no tienen perro y así disfrutan un poquito también de mí.

Hoy, una de ellas, que nunca había hablado con  nosotros aunque yo ya la había visto más veces en aquel banco, le dijo a mamá que yo era “muy, muy bonito” y le preguntó qué de qué raza soy. Mamá le dijo riendo que yo soy “de marca blanca” y, entonces, ella dijo que era tan bonito como si fuera comprado. Yo no sabía que los perros podían comprarse, supongo que los gatos también, pero Sofía, no; el otro día le dijo mamá a otra mujer que la mamá de Sofía se ahogó en una piscina y se quedaron los gatitos huérfanos y se la regalaron para cuidarla. ¿De verdad se compran los perros? Yo no quiero que me compren, aunque luego digan que soy feo porque mamá no me ha comprado. A mí me basta con que mamá me quiera y me cuide y yo la quiera a ella. Y estoy seguro de que a mamá no le importa si soy más feo o más guapo. Yo la quiero, y basta. Eso basta, ¿verdad?

Diario de Pepín. Día 38

Hoy era un día normal, la vuelta de la mañana, las carreras por el parque, correr hacia mamá cuando me silba, y luego, la oficina. Lo bueno fue que llevaba muchos días sin ver al chico de la gorra y hoy estuvo con nosotros. ¡Madre mía, le hice un montón de gracias y él me dio una paliza de cariño!. Al chico de la gorra no le gustan mis lametazos pero yo no podía aguantar las ganas y venga a lamerle y lamerle las piernas. Al final él dejó de protestar y yo dejé de lamer.

Por la tarde mamá sacó un cajón grande y escuché como le decía a Sofía que ya sabía ella que no le gustaba el transportín, pero que no quedaba otra, y metió dentro un comedero pequeño con comida blanda que a Sofía le encanta -y a mí, también, pero no me dejan comerla-. Sofía empezó a olfatear y casi entró a comer, y mamá la observaba desde lejos, pero, en el último momento Sofía se arrepintió y se fue lejos. Total, que, al final, mamá tuvo que meterla como pudo y Sofía empezó a maullar de una forma que daba mucha lástima. Y es que Sofía no sabe ir andando por la calle, como yo, y por eso la tienen que llevar al veterinario metida en un cajón. Los gatos parecen muy listos pero no saben muchas cosas que nosotros sabemos de normal.

Diario de Pepín. Día 37

Hoy hemos vuelto a nuestra casa de todos los días. Mamá me coge en brazos para subirme al coche y también para bajarme, porque a mí me aterra, igual que me pasa con el ascensor. Luego ya hasta me duermo a ratos y me cambio de sitio en el asiento de atrás porque, a veces, da el sol y me abrasa. En el sitio donde hemos estado hacía fresquito pero aquí hace muchísimo calor; incluso mamá me cogió en brazos al salir de la cochera porque el suelo me quemaba las patitas.

Sofía nos estaba esperando y yo corrí detrás de ella hasta que se subió a la cama de un brinco para escapar. He querido contarle cómo ha sido el viaje, pero parece que no le importa; supongo que es porque ella no ha ido. No he podido decirle que he conocido a Babos y a otros perros que andaban sueltos por allí. La más revoltosa, con mucha diferencia, era Babos, que me agobiaba por ser tan grande aunque era maja. Su papá le reñía y le decía que tuviera cuidado porque yo soy un bebé. Yo no le decía nada, porque, al fin y al cabo , él quería protegerme, pero yo no soy ningún bebé. Yo soy un cachorro que ya tiene cuatro meses, y soy capaz de correr como un perro grande. Y, si no, que le pregunten a Babos.

Diario de Pepín. Día 36.

Mamá dice que toda ese agua es el mar y toda esa arena es la playa. A mí me da igual cómo se llamen, para mí siguen siendo agua y arena, pero en unas cantidades enormemente grandes. El mar se mueve todo el rato y la arena tiene un olor riquísimo, pero meto los hocicos y no saco nada, solo el olor, y se me quedan pegados granitos que me hacen cosquillas. Por encima del mar hay pájaros grandes y blancos que yo no había visto nunca, y chillan como si se quejaran por algo. Y siempre hay mucho viento.

Cuando hemos vuelto a la casa de ahora ha venido la perra Braco a verme y a jugar conmigo. Dice su papá que se llama Babos. Ayer echamos muchas carreras, ella estaba cansada y yo no, pero hoy estoy un poco cansado porque eso de la playa cansa mucho -y subir y bajar del coche, eso sí que me agota-. Total, que he chillado un par de veces como si me hiciera daño y luego me he subido de un brinco al sillón de mamá, porque allí Babos no se atreve. Un minuto más tarde, Babos ya me había dejado en paz, pero yo he aprovechado y me he quedado un poco más. ¡Se estaba tan bien!

Diario de Pepín. Día 35

No me gusta el movimiento de maletas en casa, porque malo es que se marche mamá y me deje aquí pero casi peor es que me lleve con ella. Porque yo, en realidad, odio el coche. Bueno, odio subir y bajar del coche, porque yo no necesito mucho espacio pero es que el coche es como una caja y entrar en una caja no es agradable. Luego ya sí, me echo a dormir en el asiento todo lo largo que soy y hasta voy a gusto.

Me da pena Sofía porque ella se ha quedado en casa, aunque, bien mirado, me echará de menos, con lo tranquila que estará. Yo no puedo más; han sido muchas emociones juntas para un cachorro como yo. Aquí la gente habla un poco raro, yo miro a mamá para ver si ella los entiende y parece que sí. Los perros, no. Los perros son como en todos los sitios. Aquí hay una perra altísima que mamá dice que es una Braco y ha jugado conmigo y, con las patas tan largas que tiene, pues he corrido yo más que ella.