Ola de calor

Una gota de sudor resbaló por su sien izquierda haciéndole cosquillas. Sabía que tenía la frente cubierta de diminutas cabecitas de alfileres líquidos y no podía menos de pasarse la mano por la frente e, irremediablemente, mirar el agua que se pegaba a los dedos  un segundo antes de secarlos en el pantalón. Y, de nuevo, otra vez a sudar y otra vez a limpiarse el sudor y a mirar la mano mojada, como si fuera la primera vez. Con todo, el agobio llegaba cuando sentía las rodillas húmedas, hay partes del cuerpo que no están preparadas para estas cosas, que suden los sobacos, la cara, la espalda, las ingles o las corvas, bien está, pero que suden las rodillas es la quintaesencia del sudor, el no va más. Ahora mismo, sendos goterones dibujaban un sendero de agua delante de sus orejas y las cejas estaban ya a punto de desbordarse, y, para colmo, las rodillas empezaban a rezumar humedad.

Se dio cuenta entonces de que, si no acababa pronto la negociación, ya no tendría fuerzas para mantener su postura, y ellos lo sabían, porque allí dentro, con el aire acondicionado veinticuatro horas, nadie notaba la ola de calor.

En el estío

El sol es un brasero ardiendo que hiere los ojos y la piel, los perros acezan buscando la sombra, la boca abierta y el aleteo del pellejo en la barriga, sólo las chicharras, incansables, siguen aserrando el aire con ese chirrido metálico que ocupa toda mi cabeza, a punto de estallar. Ya ni siquiera puedo pensar, mi cerebro se ha licuado por el calor y se derrama en gotas de sudor sobre mi cara. En días así, decía mi madre, sólo andan por la calle los locos y los asesinos.

Sólo yo camino por la calle, bajo este sol injusto que todo lo arrasa, la mano derecha en el bolsillo, agarrando el mango del cuchillo que cuelga dentro de la pernera del pantalón, sólo yo, sólo yo tengo algo que hacer ahora, además de ese hijo puta que me espera sin saberlo. Sólo yo; y nunca he estado más cuerdo que en este momento.

Furgoneta de reparto.

-Otra vez se me echa el tiempo encima…, ¡joder, y con este dolor de espalda!-.

Se subió de nuevo a la furgoneta de reparto y, al hacerlo, no pudo menos de torcer el gesto con una mueca, incluso se le escapó un sonido gutural que pretendía ser un quejido. Ya sabía él que ese trabajo no era la mejor recomendación para su espalda torcida –escoliosis, había dicho el médico, pero, al final, era lo mismo; lo llamaras como lo llamaras el resultado era que si cargaba, le dolía, que si trabajaba muchas horas, le dolía, que si el asiento era duro de amortiguación –y, ¡vaya que si era duro, durísimo!- le dolía también. Total, que, cada día, disfrutaba de múltiples motivos para darse cuenta de que tenía espalda. Y trabajo. De modo que no podía lamentarse, o no podía lamentarse demasiado.

Con un poco de suerte, los pedidos que le quedaban aún por repartir no le llevarían mucho tiempo; uno más, y ya podría alejarse del centro de la ciudad, donde todo era estrés conduciendo, y, sobre todo, aparcando, siempre ojo avizor esquivando a los Municipales -¡Joder con los municipales! Ni un poquito de sensibilidad tienen con los que estamos trabajando. Más vale que vinieran cuando los llamas; que llamas al 112 porque hay una pelea en la calle y parece que el aviso es para que no aparezcan, que da tiempo a que se maten…, y ahora, también ese maldito coche que va por ahí con la cámara sacando fotos a los que están en doble fila… siempre jodiendo al que trabaja… ¡En este país, siempre se jode al que trabaja. Así nos va!-.

Ya estaba en la calle donde debía hacer la entrega y, junto a uno de los garajes, había un hueco, insuficiente para aparcar, pero suficientemente amplio como para permitir que sólo el morro de la furgoneta invadiera la entrada.

-Malo será que, justo ahora, tengan que entrar o salir. No tardo nada -pensó-, si me apuran, hasta caben –y miró de reojo el hueco que quedaba libre, como calculando la medida-. Salió precipitadamente del habitáculo del conductor para cargar el paquete. Recogió la caja de cartón, perfectamente embalada, y comprobó el nombre del destinatario y la dirección. Tan solo el logotipo del remitente orientaba sobre el contenido, la imagen comercial de la franquicia de material deportivo le hizo pensar en la necesidad que tenía él de ir al gimnasio en lugar de cargar con aquel paquete que, como mínimo debía de pesar 10 ó 12 kilos.

–Menos mal que hay ascensor. Qué coño habrán pedido, para que pese tanto…

Que el ascensor estuviera estropeado era, sin duda, un contratiempo, pero, últimamente, las cosas no eran demasiado fáciles, de modo que había llegado al extremo de desconfiar cuando algo salía bien desde el principio. Tragó saliva y, sin permitirse maldecir su suerte, se encaminó escaleras arriba, hacia el quinto piso de un edificio de cinco pisos más ático. El ímpetu de la subida se fue atemperando de manera directamente proporcional al sudor que le corría por la frente, y al puñal que se le venía clavando a la altura del cinturón y que amenazaba con partirlo en dos. Delante de la puerta, esperó un momento para coger resuello y enderezar la figura, y haciendo un nido entre el cuerpo, el muslo y el brazo izquierdos para acoger el paquete, tocó el timbre con la otra mano. Esperó mientras escuchaba acercarse unos pasos desde el interior de la vivienda, que cesaron justo cuando la tapa de la mirilla dejó pasar algo de luz, incluso le pareció oír una respiración detrás de la puerta. Si no fuera porque aquel jodido paquete pesaba demasiado, y el dolor de espalda le estaba matando, hasta se le habría pasado por la cabeza posar sonriente mientras le examinaban al otro lado, pero no estaba de humor. La mujer que apareció lo hizo protegiéndose un poco tras la hoja de la puerta entreabierta. No esperaba ver a una anciana de pelo blanco, como las abuelas de los cuentos, -en el buzón solo había dos nombres, los dos de mujer y con los mismos apellidos, y había pensado en dos hermanas jóvenes y deportistas-, que le sonreía abiertamente y, con un gesto de la mano, le invitaba a pasar y dejar la carga que llevaba. Todavía con dudas, preguntó por el nombre del destinatario, que la anciana confirmó como suyo. Estuvo tentado de preguntar, pero se contuvo, al fin y al cabo, uno debía ser un profesional en todas las circunstancias, y lo suyo era cargar, repartir y callar. Mientras la mujer firmaba la entrega, la escuchó pedirle disculpas por el trastorno involuntario del ascensor.

-¿Quién era?- preguntó otra voz vieja de mujer desde el interior de la vivienda. La puerta se cerró dejándole en el descansillo, por lo que no le pareció una intromisión esperar desde allí a oír la contestación.

-¡Las mancuernas que me compré por Internet! El pobre hombre ha tenido que subir andando…

“¿Me compré?. ¡Me compré…!” se repitió a sí mismo mientras bajaba por las escaleras. “Ha dicho, me compré…”. Si no fuera por ese dolor de espalda que lo estaba matando, hasta se habría reído. Se habría reído a carcajadas.