Tardes de estío

Las tardes de solanera

me recuerdan otras tardes

de mi infancia,

esas de vacaciones en la escuela,

sin nada que poder hacer,

sin poder salir a jugar

porque el sol deshacía la sesera,

obligada a una siesta

que no era descanso, ni sosiego,

porque los niños tienen ansia de vida

y nunca tienen sueño,

ni siquiera,

cuando caen rendidos y sueñan…

Ahora, que necesito la siesta

como el picapedrero

precisa de un descanso,

que escapo del sol

como de un fuego devastador,

ahora, que el día es un camino

demasiado largo

para hacerlo de una tirada,

me siento a descansar

y rebobino atrás, muy atrás,

hasta la mirada de niña sobre el mundo,

sobre el horizonte aquel

sin nombre ni guía de llegada y

bajo el peso de todas las fechas que viví

acierto a ver aún los ojos vivarachos

de aquella muchacha

que sigo siendo yo,

que todo lo mira

como si el mundo fuera nuevo cada día,

como si todos los anhelos

batieran alas para llegar a las nubes

y dibujar en el cielo azul

los sueños de mi infancia,

los que aún perduran

y los que quedarán como

pájaros huérfanos

cuando yo me vaya…

En el estío

El sol es un brasero ardiendo que hiere los ojos y la piel, los perros acezan buscando la sombra, la boca abierta y el aleteo del pellejo en la barriga, sólo las chicharras, incansables, siguen aserrando el aire con ese chirrido metálico que ocupa toda mi cabeza, a punto de estallar. Ya ni siquiera puedo pensar, mi cerebro se ha licuado por el calor y se derrama en gotas de sudor sobre mi cara. En días así, decía mi madre, sólo andan por la calle los locos y los asesinos.

Sólo yo camino por la calle, bajo este sol injusto que todo lo arrasa, la mano derecha en el bolsillo, agarrando el mango del cuchillo que cuelga dentro de la pernera del pantalón, sólo yo, sólo yo tengo algo que hacer ahora, además de ese hijo puta que me espera sin saberlo. Sólo yo; y nunca he estado más cuerdo que en este momento.